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  Análisis del genocidio indio en EE.UU.
La Soberbia del Hombre Blanco
Jorge Abad Pérez*

Lo que los euroamericanos llevaron a cabo desde su llegada a Norteamérica, y sobre todo durante los siglos XVIII y XIX, fue un verdadero exterminio indio. Desde que el primer europeo puso su pie en aquellas tierras la máxima preocupación de los habitantes nativos pasó a ser la de la propia supervivencia. Las ansias continuas de expansión, de nuevas tierras en las que poder incrementar la producción agrícola y ganadera, el descubrimiento de yacimientos de oro y de otros minerales preciosos y -no hay que olvidarlo- el desprecio hacia "una raza inferior", unido a la convicción religiosa del derecho de los euroamericanos a extender sus posesiones de océano a océano, derivó en una situación terriblemente dramática para unos indios que vieron, a lo largo de más de cuatro siglos, cómo sus tierras, costumbres, ritos, ropajes, y hasta sus propias vidas, iban siendo irremediablemente arrasadas por la soberbia del hombre blanco.

Puede hablarse sin lugar a dudas de genocidio indio. La preocupación federal estadounidense sólo llegó -hacia el año 1900- cuando éste ya se había consumado. Ya la Declaración de Independencia de los trece Estados Unidos de América hablaba de los "despiadados indios salvajes, cuya conocida regla de guerra es una destrucción indiscriminada de todas las edades, sexos y condiciones". La hipócrita justificación de unos nativos salvajes y sedientos de sangre sirvió para que los estadounidenses redujeran a aquellos casi diez millones de indígenas a principios del siglo XVII (con ya una breve tradición de contacto con el hombre europeo) a poco menos de un cuarto de millón a finales del siglo XIX. Hace tan solo un siglo, la población india se situaba en su punto demográfico más bajo, con algo menos de 250.000 personas. El censo de 1990 habla de casi dos millones en todo el país.

Los virus exóticos que trajeron a América los europeos y africanos limpiaron el terreno que luego se encargarían de rastrillar los fusiles. Los indios fueron aniquilados, trasladados, despojados, robados, alcoholizados, confinados en ridículas reservas que muchas veces eran invadidas y arrasadas. Con los indios el hombre blanco ha usado las técnicas de tortura más crueles: mujeres violadas, niños asesinados, campamentos destruidos y ganados muertos a balazos. Sus recursos, tierras y bisontes, les fueron también despojados. Supo además aprovecharse muy bien de las diferencias tribales para que mutuamente, y sin un solo soldado blanco caído en combate, se eliminaran. Cuando no contra otras tribus, los estadounidenses usaron a los indios como avanzadilla, o escudo humano, frente a potencias enemigas de sus intereses.

El hombre blanco intentó en todo este proceso robar a los indios su cultura, no para asimilarla, sino para destruirla. Pero no lo conseguió. Les involucró en un sistema de mercado, sumergiéndoles muy hábilmente en una situación de dependencia y debilidad. Llegó el exterminio físico, pero la cultura del tótem pervivió entre los pocos cientos de indios relegados a las reservas. Y todo, a pesar de los intentos blancos de civilizarlos: de imponerles sus instituciones y sus formas de organización política, su cosmovisión, su idioma, sus costumbres. Los indios no pasaron por eso, y aunque diezmados, quisieron conservar su propia identidad.

Ahora, cuando se vive en Estados Unidos un cierto renacimiento indio (aunque quizá desgraciadamente promovido por el estereotipo romántico del indio y por la moda hacia lo exótico) es un momento apropiado para que el Congreso estadounidense reflexione sobre el papel que le ha tocado jugar en esta historia. En trescientos años el hombre blanco fue responsable de la muerte de más de nueve millones y medio de indios en los territorios que hoy conforman los Estados Unidos. Alemania ha vivido avergonzada durante la segunda mitad del siglo XX, después de que se conociera la barbarie nazi contra los judíos en la Segunda Guerra Mundial. Incluso la Iglesia Católica, tan reacia a este tipo de actos, ha reconocido más o menos abiertamente su responsabilidad en el genocidio judío (sólo en el judío), pidiendo a su Dios el perdón. Hoy, y en realidad desde su asunción del liderazgo mundial (es decir, durante las tres cuartas partes del siglo XX), con American way of life incluido, Estados Unidos pasa por ser el país de las libertades. A pesar de todo, el Congreso no ha tenido ni una palabra de perdón para los descendientes de las tribus a las que primero robaron la tierra y luego asesinaron.

Tanto el Congreso de los Estados Unidos como las iglesias Católica, Protestante y Mormona han de reconocer públicamente que los indios son las únicas víctimas y verdaderos mártires de la Historia de un país que el hombre blanco ha escrito a su conveniencia y antojo.

*Periodista