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  La exclusión de los pueblos indígenas y su patrimonio cultural
Culturas Indígenas
Araceli Caballero*

No existen pueblos puros ni culturas puras. El propio concepto de raza está desechado por los científicos como categoría válida. Todos somos mestizos, comemos comidas mestizas, escuchamos canciones mestizas y hablamos lenguajes mestizos. El 'civilizado' Occidente se ha construido asimilando las culturas de pueblos indígenas hoy en peligro. Sin los remedios descubiertos y utilizados por ellos no tendríamos algo tan simple y tan útil como la aspirina o la quinina. Según la ONU, hay unos 300 millones de indígenas repartidos por un centenar de países de los cinco continentes. Pertenecen a unos 5.000 pueblos diferentes, con sus respectivas lenguas, sistemas de relación y creencias. Ello significa que este exiguo 6% de la población aporta ni más ni menos que el 90% de la diversidad cultural del mundo. Nos aportan riqueza humana y cultural pero los valores que representan chocan directamente con los predominantes del Norte, confrontación de la que suelen salir derrotados.

Desde el punto de vista de la influencia, del acceso al poder y a los bienes materiales están siempre en minoría, hasta en países como Guatemala y Bolivia donde son más del 50% de la población. Las cifras absolutas son muy dispares. En China o en la India, los dos países más poblados del mundo, el porcentaje es pequeño pero las cifras no: en la India, 55 millones de distintos pueblos adivasis (aborígenes) viven en duras condiciones, excluidos hasta del sistema de castas; en China más de 50 pueblos indígenas, con 86 millones de personas, forman el 7% de la población. Al menos 3 millones viven en Norteamérica y más de 30 en América Latina. Los expertos consideran que en África hay 35 millones de indígenas, que pertenecen a pueblos que viven según esquemas sociopolíticos y económicos de épocas anteriores a la colonización. En Australia viven alrededor de 250.000 aborígenes, 300.000 maoríes en Nueva Zelanda y 100.000 esquimales en distintas zonas cercanas al Polo Norte.

El antropólogo brasileño Darcy Ribeiro estima que la mitad de los indígenas de América, Australia y las islas del Pacífico desapareció durante la colonización, víctima de los virus y bacterias llegados de Europa. El tráfico de esclavos procedentes de África, que afectó a una cifra de entre 30 y 100 millones de personas, también causó estragos.

Pero las pesadillas para los pueblos indígenas no son cosas del pasado. La esperanza de vida de los indios mayas es 11 años inferior a la de la minoría de origen europeo; entre los aborígenes australianos la diferencia es de 20 años. La tasa de mortalidad entre los indios norteamericanos duplica la de EE.UU. y Canadá. Estas diferencias también se refieren al paro: en Nueva Zelanda es cuatro veces superior a la media nacional, y en Australia los trabajos son los peores y la media de permanencia, menor. En los EE.UU. Los niños indios tienen dos veces más de probabilidades de abandonar la escuela que los otros niños y los aborígenes de Australia tienen 45 veces más probabilidades de ir a la cárcel que los blancos. Las amenazas a sus culturas, además, llega a cobrarse víctimas en el sentido más estricto. La tasa de suicidios en Australia entre los indígenas es 6 veces superior a la media de la población. Survival International denuncia que entre los Inuu, los esquimales del próspero Canadá, los niños de entre 10 y 15 años se están suicidando en grupo "ante la falta de esperanzas de futuro".

Naciones Unidas estima que unos 50 millones de indígenas están seriamente amenazados por la destrucción de las zonas húmedas, especialmente en el sureste asiático. En el Amazonas entre 1988 y 89 murieron más de 1.500 yanomamis, el 15% del total.

La privación de derechos también afecta por supuesto a los económicos: la ONU calcula que los productos farmacéuticos derivados de plantas medicinales descubiertas por los distintos pueblos indígenas suponen cada año más de 43.000 millones de dólares; rara vez los pueblos descubridores reciben el menor beneficio. En la India, casi la mitad de la producción mineral procede de territorios indígenas; en EE.UU. el 40% de las reservas de uranio están en tierras indias, de modo que, tras los intrépidos buscadores de oro (ahora ocupados en invadir la Amazonia y envenenar sus ríos con mercurio) llegan los soberbios recolectores de uranio; grandes presas hidroeléctricas (como la muy polémica de Narmada, en la India) anegan los espacios habitados por estas personas. Los pueblos que habitan estos lugares no sólo no suelen recibir beneficios apreciables, sino que con frecuencia son desplazados sin percibir indemnización y sin que se les haya pedido opinión al respecto.

Sin embargo algo ha cambiado en los últimos tiempos. Desde 1980 han nacido en todo el mundo más de 1.000 asociaciones de pueblos indígenas. Cuando tanto se habla de globalización hay que reivindicar que no se haga a costa del predominio de unos grupos humanos sobre otros, de unas culturas sobre otras, sino con la aportación de todos y sin perder la variedad que nos hace distintos pero capaces de dialogar.

*Periodista de la ONG Manos Unidas