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  EL ADIOS A KURT COBAIN
Marcos Winocur

¿Cómo se ve a sí mismo cada uno de nosotros? Kurt Cobain -líder del movimiento grunge en el rock de los años noventa, y del recordado conjunto Nirvana- contesta: "Tanto me odio que quiero morir." Kurt optó por la puerta falsa a los 27 años de edad. Un 8 de abril de 1994 fue encontrado su cuerpo sin vida. Como Hemingway, besó la boca de una escopeta, accionando el gatillo con el dedo del pie. El odio hacia sí mismo, ese mirarse en el espejo del asco, resultó devastador. Kurt no ocultaba sus sentimientos. "I hate myself so much I want to die" había sido en efecto el título propuesto para uno de los álbumes de Nirvana, vetado por la compañía disquera. Después, esa misma frase ha podido leerse sobre el pecho o las espaldas de los chavos, fondo negro de playeras.

Kurt Cobain significó la renovación rockera en los noventa, y el éxito, diez millones de copias vendidas del álbum "Never mind" (Nada importa, 1992). Pero dos años después, aquel día de abril, contradiciendo la primavera, lo autodestructivo se impuso: de la letra de sus canciones y del desencajado lamento sin fin de su música, pasó a los hechos.

Y con la cabeza de Kurt volaron los sueños de miles y miles de fans.

¿Por qué ese profundo sentimiento autodestructivo?

Desde luego, no se trata de un caso aislado. En el medio rockero, droga y suicidio tienen reservados dos buenos lugares, uno junto al otro. En cuanto a Kurt, a pesar de las páginas escritas, de un polémico filme, poco sabemos: un mapa para siempre incompleto es con frecuencia el legado de los suicidas.

En su carta de despedida, cita una frase de Neil Young donde late el espíritu de los años sesenta: "Es mejor arder de una vez que consumirse despacio". Así lo hizo Kurt, tal vez la última figura emblemática del rock, comparado por muchos con los monstruos sesentistas: Jim Morrison, Jimi Hendrix, Janis Joplin. Por su talento creativo, desde luego; y por una convergencia: los cuatro, más Bryan Jones de los Rolling, todos murieron presumiblemente por su propia mano y ¡a la edad de 27 años! El mismo Kurt decía: tengo que apurarme para ingresar a tiempo al club. Y así lo hizo, sólo que prefirió despejar dudas y, en lugar de la usual sobredosis que deja margen para la hipótesis de accidente, Kurt optó por apretar el gatillo y dejar explícita misiva.

"Tanto me odio que quiero morir", se diría una frase nacida del costado trágico de la llamada generación X: jóvenes desprovistos de mercado de trabajo y sin rumbo, se dejan vegetar en las urbes donde la droga de consumo salvaje está al alcance de la mano; allí Kurt, prisionero de la heroína, se decidió por la puerta falsa.

No se lo perdonaron los fans, su héroe los abandonaba. Así lo sintió también su compañera, Courtney Love, quien dijo a los varios miles reunidos en Seattle para el adiós a Kurt: sigan su música, no el ejemplo de su vida. Y luego, agregó: grítenle una vez más, como en los conciertos, grítenle "asshole" (pendejo). Y los fans lo hicieron, recordando que su héroe lo reclamaba del público. Sí, odiándose a sí mismo con tanta fuerza, era el modo de flagelarse para Kurt. Una mezcla de insulto y reverencia, así la estrella del rock encontraba su ambigüedad; tanto el halago como el castigo, el amor como el odio... hasta que éste se impuso. Aquel día en Seattle, sin embargo, en esa palabra -asshole- el adiós sonaba más bien como: - Culeeero...

Kurt a los 27 años prefirió ahorrarse las molestias de un largo y polvoso camino, acosado, quizá, por miedo a que la fama le volviera la espalda con la misma velocidad que lo había encumbrado, después de constatar una declinación en la venta de sus discos y a punto de disolver a Nirvana. No sé, puede que cada despertar suyo, luego de fracasar en varias curas de desintoxicación de la heroína, fuera una angustia. Nada conjuró el suicidio, tampoco el amor hacia su hijita, tampoco la adoración de sus fans. A todos dejó huérfanos, y ése fue el reproche: el héroe no había hecho el esfuerzo por sobrevivir y permanecer junto a ellos.

A ocho años de su muerte, nos sumamos a aquel adiós en Seattle, no en el reproche, sí en la tristeza.
Fuente:www.lainsignia.org