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Lo que silencian los medios de comunicación:
Cuando los niños van a la guerra

  • Incluso cuando una guerra recibe gran cobertura por parte de la prensa, los niños que se ven afectados por ella suelen ser los que menos atención reciben. La tragedia de los niños soldado queda oculta a plena luz del día.

 

Jimmie Briggs*

Hace unos años, en la portada de un ejemplar del New York Times encontré una imagen que me resultó extrañamente familiar. En una fotografía a todo color se veía a un pistolero liberiano de rodillas en la calle de una ciudad, rugiendo de rabia mientras apuntaba con un rifle automático al fotógrafo que estaba tomando la imagen. Pero, más espeluznante que el arma que empuñaba era lo que llevaba a la espalda: una mochila rosa con forma de oso de peluche.

La participación de niños en conflictos armados en todo el planeta es un reto importante para los gobiernos, las fuerzas de pacificación y de mantenimiento de la paz y las organizaciones humanitarias, aunque sigue siendo un fenómeno prácticamente invisible.

La juventud es atractiva para muchos militares en todo el mundo, ya que resulta fácil adiestrar a un joven para que cumpla las órdenes más repulsivas, pueden manejar la mayor parte de las actuales armas ligereas y es fácil reclutarlos cuando la población masculina adulta empieza a escasear. La triste realidad es que, en determinadas circunstancias, los niños son capaces de llevar a cabo los actos más atroces.

 


Francoise y el genocidio en Ruanda

La vida está llena de decisiones por tomar, y con la edad cada vez son más complejas, como lo son también sus consecuencias. Pero poca gente se ve obligada a tomar decisiones de vida o muerte, mucho menos en la infancia. Sin embargo, durante la primavera de 1994 Francois Minan, un joven de dieciséis años, tuvo que tomar una decisión que en otro lugar del mundo que no fuera Ruanda habría resultado inimaginable. La experiencia de Francoise y su familia aquel fatídico día se repitió trágicamente miles de veces a lo largo y ancho de este país centroafricano.

Francoise vivía con sus padres, John y Valerie, en una pequeña parcela en la ladera de una colina de la montañosa región de Gitarama. Como muchos adolescentes de la zona, Francoise había dejado los estudios al acabar la primaria y se había puesto a trabajar con su padre y el resto de su numerosa familia cultivando tapioca, alubias y ñame. La mañana del 11 de mayo otro joven del barrio de Bugoba, también en Gitarama, llegó a casa de Francoise al frente de una pandilla de adolescentes. El chico que se llamaba Uwimana, ordenó a Valerie que fuera a buscar a Francoise y a sus cuatro nietos y que lo siguieran. Los cuatro chiquillos eran hijos de la hermana mayor de Francoise, Mukakabera.

Asustados, Francoise, su madre y los cuatro pequeños siguieron a Uwimana colina arriba. Por fin llegaron a una fosa poco profunda, donde obligaron a Francoise y a su madre a tomar una decisión desgarradora.

- Si nos das cinco mil francos, mataremos a los hijos de tu hija- dijo Uwimana. Si no, Francoise lo hará por nosotros.

- Mi hijo no es un asesino- contestó la mujer.
- Pues le enseñaremos a serlo- se limitó a contestar el joven.
Valerie dio media vuelta y horrorizada se puso en camino hacia su casa. Entonces los secuestradores dijeron a Francoise dos cosas: narcóticos para embotarle la mente y los sentidos, y una azada para que matara a sus aterrorizados sobrinos. Francoise Minan era hijo de madre tutti y padre hutu. Desde hacía algo más de mes los hutus estaban masacrando a los tutsis por todo el país, por lo que Francoise tenía que demostrar con qué bando estaba.  Habían asesinado ya a su hermana y a su novia tutti. Ahora les tocaba el turno a sus sobrinos. Francoise miró la fosa, donde se amontonaban los cadáveres de vecinos y parientes a los que conocía toda la vida y quedó paralizado. Uno de los esbirros de Uwimana empezó a pegarle con una vara hasta que Francoise cogió por fin la azada, aplastó con ella el cráneo de sus sobrinos y luego arrojó sus cuerpos inermes a la fosa con su madre. Nunca olvidaría su atónita mirada mientras les asestaba un golpe tras otro.        

A diferencia de Sudáfrica, que decidió formar una Comisión de la Verdad y la Reconciliación para que documentara las atrocidades cometidas en la época del apartheid y permitió que sus autores se liberaran del juicio si confesaban públicamente sus crímenes, los ruandeses estaban decididos a juzgar a todo aquel que haya desempeñado el papel más insignificante en el genocidio. Eso hace que por primera vez en la historia se acuse a menores de genocidio. Probablemente Francoise Minani ha sido el primer menor del mundo juzgado por este delito.     
 
Infancias violentas en Colombia

La primera vez que entró en combate el aire estaba cargado del espeso humo de las explosiones de mortero y granada, pero él apenas se dio cuenta. El fuego continuo de las ametralladoras M60 sonaba como caótica sinfonía. “Vi muchos compañeros muertos o heridos, recuerda Luis, que disparaba a ciegas en medio del caos reinante. “Cuando haz entrado en combate, la sangre se te calienta”, me contó., y “ya no sientes frío”.

El miedo es otro tema. Desertar significa la muerte segura a manos de sus superiores de la guerrilla. Para infundirse valor abrió la cápsula de una bala y se tragó la pólvora que había adentro. No funcionó.

Luis pertenecía a las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia) una de las guerrillas más poderosas de  toda Latinoamérica. Los oficiales habían ordenado a varios cientos de guerrilleros, él entre ellos, asediar un puesto de policía rural en el centro de Colombia. La guerrilla se enfrento a un aguerrido batallón de policía con refuerzos del ejército. Luis empezó a disparar con un fusil AK-47. Había pasado ocho meses en un campamento de entrenamiento en medio de la selva, pero nunca había ido al colegio. Era un joven soldado experto en manejar el AK-47, pero sus dedos nunca habían sostenido un lápiz.

“Tenía miedo de que mataran”, me confesó con voz tranquila, con la vista fija en el suelo y sentado con los brazos doblados encima de una desvencijada mesa de madera.

Veinticuatro horas después de empezar el ataque los rebeldes tomaron el cuartelillo de la policía y retuvieron a veintiocho policías como rehenes. La siguiente vez que entró en combate, Luis ya no tenía miedo.

Tenía doce años.

Ida y los Tigres Tamiles de Sri Lanka
 
Mientras los turistas llegaban a Sri Lanka desde todos los rincones del planeta para disfrutar de unas agradables vacaciones, la desgarradora lucha que enfrenta al gobierno budista de Sinhala y a los Tigres para la Liberación de Tamil Eelam-una de las guerrillas más violentas y temidas del mundo- , que reivindican un estado autónomo, ha causado desde 1983 la muerte de más de sesenta mil civiles

Como en el caso de Ruanda y de muchos países en que los niños son protagonistas y víctimas de la guerra, los menores de Sri Lanka han sido objeto de escasa investigación y han recibido muy poca ayuda social. Al poco tiempo de empezar mi viaje me di cuenta de que, aunque no todos los niños que sobreviven a la guerra padecen síndrome de estrés postraumático ni sufren secuelas físicas, la mayoría necesita ayuda para reintegrarse a la sociedad y olvidar sus vivencias en el frente.

Una noche dejé al fotógrafo descansando en el hotel y cogí un trishaw, el típico bicitaxi local, para ir a reunirme en un barrio tranquilo de las afueras de la ciudad con el doctor  Harendra de Silva, una de las principales autoridades mundiales en salud mental de los niños soldado y de las víctimas infantiles de conflictos armados.

Aunque se han realizado numerosos estudios sobre aspectos psicológicos de los niños implicados en conflictos armados, De Silva fue el primero que abordó el maltrato infantil desde la perspectiva del niño, no como fenómeno político.

“En Sri Lanka los niños soldado suelen ocuparse de colocar mina; fabricar bombas e incitar a otros niños a cometer actos suicidas, y eso es lo que les diferencia del resto del mundo”, señaló. “Incitar a un niño al suicidio es una agresión directa”.

La guerra en Sri Lanka ha dejado huérfana y sin hogar a toda una generación de niños tamiles que han acabado convertidos en refugiados en su propio país, a menudo atrapados entre dos ejércitos. 

La necesidad de sentirse seguro desempeña un papel importante en la participación de las mujeres en los Tigres Tamiles. Como en el caso de Ida Carmelita, pertenecer a esta organización puede ser una poderosa arma de disuasión frente a la agresión sexual y la explotación por parte del ejército del gobierno, de grupos paramilitares e incluso de civiles.
Si una mujer pertenece a la población civil o decide dejar el combate, como izo Ida, el riesgo de terminar explotadas es alto.

Durante los cuatro años que Ida pasó en el frente luchando con los Tigres Tamiles vivió con el miedo constante de morir y el horror y el caos del combate. En 1999 Ida dejó a los Tigres.

Ida nunca habló de su experiencia como Tigre con su madre. La joven veterana de guerra quería empezar una nueva vida y esperaba terminar los  estudios que había abandonado en India.  Pero el destino de la guerra apareció.

Me entrevisté personalmente con Sebastiana, su madre, cinco meses después de que Ida hubiera regresado a casa.

Sebastiana relató lo sucedido esa noche como si se tratase del día anterior. “Abrí la puerta y me encontré con dos hombres armados con la cabeza cubierta hasta los ojos. Dijeron que eran del “movimiento”. Cuando les dije que mi hijo no estaba en casa, me abofetearon”.

Desde fuera pude ver cómo uno de ellos arrancaba a Ida la sábana con la que intentaba cubrirse. Luego uno de ellos me arrastró al patio”.

Sebastiana logró huir. Cuando entró nuevamente a su casa se quedó paralizada ante una visión terrible: “mi hijo y mi sobrino habían tapado a Ida con una sábana. Estaba tumbada boca arriba en el suelo de la sala de estar. Aún tenía los ojos abiertos”.

La habían violado varias veces, le habían disparado en los genitales y la habían mutilado. Su cuerpo presentaba dieciocho heridas de bala y de mordeduras humanas.

El ejército estaba implicado.

Suele pasar en este país”, explica monseñor Rayappu Joseph. Este asesinato no es ‘diferente’. Es un ser humano que tiene derecho a vivir en este país. Ida se rindió por la vía legal, y las autoridades aceptaron su rendición. El grupo que asesinó a Ida había ya cometido abiertamente otros seis asesinatos del mismo estilo en la isla”, agrega. 

Uganda y las chicas del Saint Mary

La historia del Ejército de Resistencia del Señor, una guerrilla muy conocida y temida en Uganda cuyo líder es un tal Joseph Kony,  está llena de secuestros y de atentados contra la población civil de una crueldad inimaginable.

 Los secuestros de niños empezaron en 1987. Su primer objetivo fue el internado femenino del Sagrado Corazón en la ciudad de Gulu. La mayoría de sus quinientas ochenta aventajadas alumnas eran de las provincias de de Gulu y Kitgum. En el mes de julio de ese mismo año secuestraron a varias chicas en los dormitorios. Un año después habían raptado en plena noche a otras ochenta y ocho. El último secuestro se produjo en 1991, cuando secuestraron a cuarenta y tres estudiantes, dos de los cuales murieron en la refriega.

Los niños que caían en manos del  Ejército de Resistencia del Señor se enfrentaban a cuatro posibles destinos: servir como soldados en su particular proyecto de insurrección; acabar trabajando como porteadores de provisiones o equipos de labranza; ser vendidos a vecinos sudaneses a cambio de armas y víveres, o terminar asesinados para servir de ejemplo y aleccionar a otros rehenes.

La primera vez que viajé a Uganda unos cinco mil niños habían logrado volver a su casa, pero otros tantos miles seguían desaparecidos o habían muerto.

El mayor secuestro de niños cometido por el E.R.S. tuvo lugar en el otoño de 1996 en la escuela de Saint Mary  de Aboke. Raptaron a ciento treinta y nueve niñas. Me entrevisté con la hermana Rachele Fassera en Gulu, cerca de un campo de rehabilitación llamado GUSCO.

Ese día mandaron a las chicas a dormir en el internado. A las 2:15 de la madrugada un vigilante nocturno se acercó a la ventana de la monja para avisarle que de que los rebeldes habían entrado en el recinto.

“En lo primero que pensé fue en las chicas”, me contó. Ella y otra monja, la hermana Alba, se aventuraron en la negra noche y vieron que la puerta de la entrada seguía iluminada, por lo que por un momento pensaron que los rebeldes no habían logrado forzarla. Pero al dirigirse a los dormitorios, se dieron cuenta de que estaban rodeadas. Después de un incidente anterior habían reforzado las puertas de los dormitorios con acero blindado, y las ventanas con barrotes. Las dos mujeres sabían que si en aquel momento se enfrentaban a los rebeldes, las obligarían a abrir las puertas del dormitorio para poder llevarse a las víctimas que quisieran, así que decidieron confiar la salvación de las chicas a los barrotes y a las puertas de acero.

“Llamamos a las hermanas más ancianas y nos tumbamos en el césped, siguió diciendo la hermana Fassera. “Acabábamos de tumbarnos cuando empezamos a oír que los rebeldes aporreaban las puertas. Estábamos ahí tendidas rezando, y de pronto oímos los chillidos de una de las chicas”.

Los agresores incendiaron el bus escolar, que estaba aparcado en el patio. En algún momento los rebeldes se fueron, pero las monjas no se atrevieron a levantarse hasta las primeras luces del alba. Hasta ellas llegó un reducido grupo de alumnas aterrorizadas, las más jóvenes de la escuela. “¿Estáis todas?”, les preguntó la hermana Rachele.

Una de ellas respondió con los ojos anegados en lágrimas: “los rebeldes nos han cogido a todas”.
“No puede usted imaginarse cómo me sentí oí aquello”, me dijo. Por un instante pensó que el E.R.S. había secuestrado a todas sus alumnas. Resultó no haber sido así.

Ella y la hermana Alba fueron a inspeccionar uno de los dormitorios de las mayores. Los rebeldes lo habían confundido con una despensa porque debajo del balcón había maíz. Las ochenta chicas que lo ocupaban habían permanecido en silencio durante todo el ataque y se habían salvado.

Hacia mediodía comenzaron a llegar los padres. ¿Puede imaginarse la escena entre los padres que encontraban a sus hijas y los que no? Desde ese momento empezamos a luchar por recuperar a las demás chicas, y seguimos en ello”.

Poco tiempo después del incidente de Saint Mary las familias de las niñas desaparecidas constituyeron la Concernid Parents Association para luchar por la liberación de sus hijas y sensibilizar a la opinión pública sobre le problema de los niños soldado. 
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* Extraído del libro “Niños soldado: Cuando los niños van a la guerra”. Editorial Océano.