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Refugiados, mares y muros

Entre los diez grandes problemas internacionales, nueve son tratados de manera continua, desde el cambio climático a la pobreza extrema. Pero hay uno del que apenas se habla: los refugiados y desplazados. Quizás lo absorbe el debate migratorio. Los refugiados son personas que huyen de guerras y persecuciones políticas, religiosas, étnicas o por su orientación sexual.
Con el crecimiento demográfico aumenta también el número de personas que se embarcan en un proceso migratorio: 191 millones en 2005 frente a los 99 millones de 1980. Lejos de disminuir, las migraciones internacionales aumentan y aumentarán en el futuro.
Sin embargo, el número de refugiados disminuye. Hay 9,2 millones de refugiados en el mundo, la cifra más baja en los últimos 25 años. Más del 90% viven en países empobrecidos; un 60% son refugiados de larga duración: sudaneses, somalíes, o los 160.000 saharauis que desde 1975 sobreviven en Tindouf, en el Sáhara argelino. Cinco millones de palestinos llevan tres generaciones en el exilio.
Las causas no han cambiado: hoy existen conflictos que provocan masivos desplazamientos forzosos; las violaciones de derechos humanos siguen y los regímenes sin credibilidad democrática persisten, en buena medida gracias al apoyo político de algunos países industrializados, y al respaldo económico (petróleo, minerales) de empresas multinacionales.
Los países ricos, obsesionados por reforzar su seguridad después del 11-S, frenan la llegada de inmigrantes “sospechosos” en detrimento del reconocimiento del derecho de asilo que garantiza la vida de muchos. Cada vez son más los países que cierran las puertas.
Al descenso de refugiados se une el aumento de desplazados internos. En 2006, eran 25 millones los desplazados por causa de los conflictos que no pudieron cruzar las fronteras. Un caso crítico es Iraq. A menudo son menos visibles ya que los medios de comunicación y las organizaciones humanitarias tienen menos acceso a ellos por razones de seguridad. No existen organismos internacionales que tengan el mandato de protegerles.
Dos son los principales desafíos ante la crisis del derecho de asilo. El primero de carácter legal, referido a la definición misma de refugiado contemplada en la Convención de Ginebra de 1951. ¿Sigue respondiendo a la realidad después de 56 años? Cada vez hay más personas necesitadas de protección internacional cuyas causas de desarraigo no aparecen explícitamente en la Convención de 1951. Por ello, se encuentran en una grave situación de desprotección. Un ejemplo, las víctimas de los desastres naturales y del cambio climático. Más de 1.000 millones de personas viven bajo la doble limitación de la sequía creciente y la inestabilidad de los precios agrícolas, lo que agrava su pobreza. Si el proceso continúa, en 25 años más de 2.000 millones de africanos, asiáticos y latinoamericanos tendrán que dejar sus tierras.
El segundo desafío es político-policial. La tendencia a frenar los flujos migratorios en las fronteras de la Unión Europea (UE) a través de acuerdos con países terceros genera nuevos sufrimientos y provoca un descenso en las solicitudes de asilo en toda Europa. Las fronteras europeas son cada vez más impenetrables: algunas visibles como los muros de seis metros de doble alambrada en Ceuta y Melilla; otras menos visibles en el Atlántico. Miles de africanos que escapan de la miseria o la guerra quedan atrapados en Marruecos, Argelia o Libia. Allí los derechos de los refugiados no se garantizan, a pesar de que algunos países son firmantes de la Convención de Ginebra.
Si se blindan las fronteras, ¿cómo llegarán quienes necesitan protección internacional porque huyen de persecuciones o guerras y carecen de pasaporte porque su Gobierno es su agresor o les pide dinero a cambio?
La UE no puede desentenderse de lo que ocurre detrás de sus fronteras. Hacen falta respuestas basadas en la inteligencia, el realismo y la justicia social. Para ello, sería interesante actualizar la definición de refugiado de 1951; activar el mecanismo de protección temporal para los desplazados de guerra; garantizar el acceso al derecho de asilo a aquellos que son víctimas del cierre de fronteras, y, sobre todo, actuar sobre las causas que producen refugiados y desplazamientos masivos: la miseria, la opresión y las guerras.

Amaya Valcárcel
Secretaria General de la CEAR
ccs@solidarios.org.es