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La seguridad en venta

La inestabilidad de Afganistán e Iraq ha favorecido los intereses de las empresas de seguridad privadas. La Embajada de Estados Unidos en Kabul gasta un 25% de su presupuesto en los servicios de protección prestados por una empresa americana. Otra empresa de Estados Unidos es responsable del entrenamiento de parte de la policía afgana y se encargó de llevar a cabo el programa de erradicación del cultivo de opio.       
Un informe de Corpwatch refleja cómo las empresas de seguridad privada están entre las que más beneficios han obtenido de la guerra en Afganistán y de sus consecuencias. Sus empleados pueden ganar más de 1.000 dólares diarios y los vehículos blindados que conducen valen 120.000.
La seguridad privada ha suscitado críticas. En Afganistán la conveniencia de regular este sector fue patente al conocerse que un militar había creado una prisión donde interrogar y torturar a afganos que creía sospechosos de colaborar con los talibanes. La falta de control también permitió que un supervisor de una compañía de seguridad regresase impune a Estados Unidos después de disparar y matar a un intérprete afgano tras una discusión. No está claro si estas empresas están sujetas a la jurisdicción local o a la militar estadounidense.
Otras críticas se centran en la calidad de los servicios de seguridad prestados. La causa es la falta de equipamiento y de preparación básica, así como los problemas de corrupción que hacen peligrar la formación de las fuerzas de policía afganas. Hasta 2005, Estados Unidos dedicó 804 millones de dólares a este fin. Para la erradicación de los cultivos de opio se invirtieron 150 millones, pero sólo se destruyeron 220 hectáreas de las 15.000 planeadas.
Ante estos desfases entre el dinero invertido y los resultados no es de extrañar que un oficial del Ministerio de Interior afgano afirmase que el dinero que “los americanos envían de ayuda a los afganos regresa directamente a los bolsillos de las empresas estadounidenses”. Estados Unidos habrá gastado al final de 2006 más de 810.000 millones por las guerras de Afganistán e Iraq y sus consecuencias. Estos costes se transforman en elevados beneficios para numerosas empresas que prestan servicios militares, de banca o de planificación urbana.
Jean Mazurelle, Director del Banco Mundial en Kabul, estima que el 40% de la ayuda se derrocha. “Está habiendo un saqueo, la mayor parte por empresas privadas”, reconoce.
El gasto también es ineficaz en el caso de otros sectores. En Afganistán se contrató la construcción de 81 clínicas, además de escuelas, presas y carreteras, a cambio de 665 millones de dólares. Pero Corpwatch informa de las deficiencias del primer centro que habría de servir de modelo para el resto de las clínicas. La inversión de la Agencia estadounidense para el Desarrollo Internacional (USAID) ha permitido una mejor cobertura sanitaria para más de 7 millones de afganos, construir una carretera entre Kabul y Kandahar, formar a 100.000 profesores y llevar a la escuela a 5 millones de niños en 2005. Pero otras cifras no son tan alentadoras. Un 15% de la población pasa hambre. Hay un 80% de analfabetismo entre las mujeres. Y el 20% de los niños mueren antes de los 5 años.
La corresponsal de El País en Oriente Medio, Ángeles Espinosa, afirma que cada aniversario de la guerra de Iraq olvidamos una cosa. En el primero fue la prosperidad; en el segundo, la democracia; y en el tercero, el pasado marzo, “ese actor incierto que es la comunidad”. Bagdad tiene menos horas de electricidad diarias, la producción de carburantes se ha reducido a la mitad y ha decrecido el número de iraquíes con acceso a agua potable y servicios de alcantarillado. Si las condiciones sociales empeoran, Iraq será más inestable. Toda una oportunidad para las empresas de seguridad privadas.
De ahí que tantos ciudadanos de los países de la Unión Europea cuyos Gobiernos han enviado fuerzas militares a Afganistán, bajo la cobertura de la OTAN, se pregunten por qué tenemos que exponer a nuestros soldados y gastar las enormes cantidades de dinero que pagamos todos los contribuyentes. El desconcierto en Afganistán es un tema en el cual los intereses de EEUU para controlar ese espacio necesario para sacar al Índico las riquezas petrolíferas de las antiguas repúblicas de la URSS les llevó a una política suicida. Primero, financiaron y conspiraron con los fundamentalistas islámicos para que, desde Pakistán, desalojaran el régimen prosoviético de Afganistán. Después, esos talibanes se aferraron al poder e instauraron un régimen ocioso y contrario a los intereses de las compañías de EEUU. Hubo que desalojarlos en nombre de la democracia, del libre mercado y de la libertad. Sucedió lo mismo, los señores de la guerra aprovecharon la paz impuesta por las armas de Occidente para incrementar sus negocios de opio. Ahora EEUU quiere retirar gran parte de sus contingentes porque los necesita en Oriente Medio, y han logrado que fuerzas europeas los vayan sustituyendo para seguir su política de seguridad impuesta en el mundo. No todos están conformes y los tildarán de antinorteamericanos, como siempre.  

Jorge Planelló

Periodista

ccs@solidarios.org.es