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La ONU contra Irán

“No hay que perder de vista que a Irán, como a cualquier país de la zona... ¿por qué se le va a negar el derecho a tener, incluso me atrevería a decir (sic), armamento nuclear, cuando está rodeado de países que lo tienen?”, declaraba  el embajador español Máximo Cajal a Radio Nacional,  relación con el conflicto internacional creado por la voluntad del Gobierno iraní de disponer de los medios necesarios para el enriquecimiento de uranio.
En ABC.es se leía que esa opinión, según el propio Cajal, “quizás no guste desde el punto de vista de la geopolítica occidental”, y que la presión internacional aplicada contra Irán “choca con la realidad de la India, de Pakistán, de Israel...”, países del mismo círculo geopolítico que sí poseen armas nucleares. Pero donde Cajal puso el dedo en la llaga fue al afirmar que la invasión y ocupación de Iraq “han provocado un vacío en la zona que ha ocupado, sin mayor problema, Irán, con la presencia chií en la región”. ¡Ahí es nada: atribuir públicamente a un error estratégico de EEUU el creciente y preocupante peso político de Irán junto a la mayor reserva de hidrocarburos del mundo!
Pero no es sólo el embajador Cajal quien con claridad y sin contemplaciones analiza la cuestión que ahora complica más la política exterior de EEUU y sus países satélites. Desde Nueva Delhi, un profesor de estudios estratégicos del Center for Policy Research escribió el miércoles pasado: “Nada muestra mejor cómo los esfuerzos mundiales para frenar la proliferación nuclear están a expensas de la política internacional, como las distintas reacciones del Consejo de Seguridad de la ONU ante los dos últimos casos. Irán ha sufrido un diktat excesivamente severo mientras Pakistán ha sido tratado con excepcional indulgencia, a pesar del descubrimiento de un gran mercado negro nuclear, a cargo de científicos y funcionarios civiles y militares de este país”.
El frecuente y nefasto uso por la ONU de dos pesos y dos medidas se percibe al saber que el Consejo de Seguridad, al aprobar la resolución contra Irán que ha entrado en vigor el 1 de septiembre, carecía de pruebas concretas y se basaba sólo en conjeturas y sospechas por razonables que fuesen. Mientras, el Gobierno de Pakistán ha admitido que la mafia nuclear allí descubierta había estado transfiriendo durante 16 años información secreta (equipos de enriquecimiento de uranio y proyectos para construir armas) a Irán, Libia y Corea del Norte. Se da así la paradoja de que el país exportador —Pakistán, socio y aliado de Bush en su neurótica guerra universal contra el terrorismo, evita la condena internacional, mientras que el importador —Irán— sufre de pleno sus efectos.
Nada de esto pretende quitar importancia al hecho de que Irán aspire a poseer armas nucleares, agravado porque su programa se descubrió por la delación de un disidente iraní en el 2002. Pero nadie puede reprochar a Irán el secretismo de sus planes, cuando esto ha sido práctica común, no sólo en Israel, sino también en otras potencias occidentales, como Francia. A fuerza de escucharlo hasta la saciedad, empieza a parecer como si las armas nucleares de unos no fuesen dañinas y las de otros sí. Convendría recordar la opinión de los ciudadanos japoneses que sufrieron sus efectos en la IIª Guerra mundial con los bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki.
La peor consecuencia de la escasa imparcialidad de la ONU, al poner en la picota a Irán, es la de reforzar el apoyo interno al régimen de Teherán y, en el peor de los casos, provocar su salida del Tratado de No Proliferación Nuclear.
Poco le costaría al Presidente de Irán, Ahmadineyad, adaptar a sus actuales circunstancias políticas al discurso que pronunció Franco tras la condena de la ONU a su régimen político, uno de cuyos fragmentos recogía así la prensa española del 9 de diciembre de 1946: “La situación del mundo y sus vergüenzas llenan una vez más de contenido a nuestra gloriosa Cruzada. Hay que pensar lo que hubiera sido sin ella en estos tiempos calamitosos de Europa. Unamos a la gran fuerza de nuestra razón la fortaleza de nuestra unidad. Con ellas y la protección de Dios nada ni nadie podrá malograr nuestra victoria”.
¿Nada saben de esto en la ONU? ¿Están tan ocupados con los errores y las dudas del presente que olvidan los del pasado?

Alberto Piris

General de Artillería en la Reserva
Analista del Centro de Investigación para la Paz (FUHEM)

ccs@solidarios.org.es