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¿Hay alguien ahí?

Millones de paredes pintadas por grafiteros anónimos producen un comprensible malestar en muchas personas de buena voluntad. Las interpretan como un atentado a la belleza pero, sobre todo, a la propiedad privada. Cuando un fenómeno se produce en decenas de países, en cientos de miles de ciudades y en muchos millones de fachadas es necesario reflexionar sobre lo que mueve a tantas personas jóvenes a utilizar ese medio de expresión. Gritos de silencio y desde la soledad que no podemos liquidar con un frívolo rechazo. No vaya a sucedernos como a los habitantes del Imperio Romano que no supieron interpretar a tiempo las señales que les enviaban los bárbaros y pagaron las consecuencias echando a perder una inmensa cultura que hubiera podido enriquecerse con una relación más justa con los pueblos de las tierras que habían conquistado sin derecho alguno. Sólo en nombre del poder y de la fuerza.
Estos conceptos hoy son interpretados de distinta manera pero con la misma fuerza por los más de mil millones de seres del planeta que padecen hambre, guerras, marginación y explotación por parte de nosotros, los desarrollados, los ricos, los poderosos que pretendemos imponer una concepción de la vida y unos modelos de desarrollo que chocan con tradiciones y culturas, con modos de vida que no siempre conocemos y respetamos como es debido. Por otra parte, este presunto modelo de desarrollo sólo ha producido riqueza, desarrollo y confort para una parte muy pequeña de la humanidad, y a costa del esfuerzo y de las riquezas naturales de millones de seres en más de la mitad de los países de la tierra. Luego, como habitantes de este Imperio del pensamiento único y de la globalización financiera conviene que “nos demos por enterados” de los mensajes que quizás nos están enviando estos nuevos extranjeros. Darse por enterado es una expresión muy española de difícil traducción a otras lenguas.
El graffiti tiene un valor artístico y es una explosión de color y de formas que expresan caricaturas, paisajes oníricos y escrituras elaboradas. Quizás los analfabetos seamos nosotros por ser incapaces de descodificar esos mensajes al ignorar sus polifacéticos lenguajes.
Una tarde, en Quito, este graffiti me golpeó muy fuerte: “Mantengan prendida una luz, siempre voy a volver”.
Les invito a recorrer una serie de fachadas en las que quizás nos sorprendan estas barbaridades.
“¡Ya basta! Todos somos inocentes.” Ellos, los pobres, también.
“Les propongo legalizar la vida y dejar salir al sol todos los días”. No parece una propuesta desproporcionada, legalizar la vida.
“No permitas que la moral te impida hacer el bien”. Si lo que muchos entienden por moral continua enviando a la desesperación a millones de personas es natural que nos pongamos de parte del bien y de la justicia.
“¿Hasta cuándo estaremos esperando lo que nos pertenece?” Si esto lo leemos en Rilke “es menester que nada extraño nos acontezca fuera de lo que nos pertenece desde siempre”, entonces, nos admira su belleza.
Consideremos estas perlas: “La justicia tarda pero no llega”. “No sé adónde voy, pero sé que debo ir”. “Pobres del mundo unios, última llamada”. Vivimos la resaca de una orgía en la que no participamos”. “¿Hasta cuándo seremos los pacíficos dueños de tanto absurdo?
Pero no se alarmen del todo “Retomaremos la ira hasta volverla esperanza”. A pesar de ser conscientes de que “Jesús no viene por falta de promotor” y, a veces, se desaniman “Olvídense de lo que soñaron sus sueños ya fueron vendidos”. Lo saben. “Somos mártires de una causa perdida, pero seguimos”, ya que, “Cuando habíamos aprendido las respuestas, nos cambiaron las preguntas”. ¿Acaso no nos suenan estos cambios en el sistema para perpetuar las injusticias?  “Nos quieren privatizar hasta la memoria”. “Privatizar, privatizar ¿Quién piensa en redistribuir? Y aportan pruebas: “Quieren iniciar el futuro mientas subastan el presente”. Pero luchan a pesar de esto “Nada y nada. Hasta salir de la nada”. ¡Parece un texto de Qoelet! A veces, les acomete la desesperanza “No nacimos para sobrevivir, nacimos para esperar en vano”, pero insisten y suplican haciéndose eco de nuestras ecológicas campañas “No mate los ideales, son especie en extinción”. Han leído a Brecht y golpean “Hay hombres que luchan un día... ¿y el resto?”. No les falta el humor “La policía me persigue, y yo pintando esta pared”, “Sr. Dueño de esta casa, no es nada personal, pero su pared blanca tiene un no sé qué” y remata en otra fachada “Si esta pared es el límite de su propiedad, déjenos decorar sus limitaciones” porque nos desconciertan con verdades como puños “Nuestra única deuda es con la alegría de los niños”. ¿Qué decir? Y llaman como testigos a las aves del cielo “Menos mal que los pájaros se siguen cagando en las  estatuas” porque, con palabras atribuidas a García Márquez, “Cuando a la mierda le pongan precio, los pobres nacerán sin culo”.
No obstante, la más radical para mi y que me estremece es este grito de soledad que anuncia la desesperación de quienes ya no tienen nada que perder: “¿Hay alguien ahí?”.
José Carlos García Fajardo
Profesor de Pensamiento Político y Social (UCM)
Director del CCS
fajardo@ccinf.ucm.es