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China  en  busca  del  destino  que  le pertenece

“- ¿Crees que un hombre puede cambiar su destino?” - “Creo que un hombre hace lo que puede hasta que su destino le sea revelado”, respondió un samurai antes de entrar en la última batalla de su vida, porque él, antes de cerrar sus ojos, acertó a ver los cerezos en flor que parecieron muertos durante el invierno. Esas flores estaban formadas por todo lo que se había convertido en materia, también por las flores que  durante la primavera pasada tampoco eran las mismas pero contenían todo lo anterior transformado. Nada muere para siempre. Los mensajeros de ese supuesto “destino” son los acontecimientos diarios, lo que les sucede a los hombres que viven en sociedad. No existe un Destino con mayúsculas, pues por el hecho de fijarnos un destino, nos haría irresponsables. Y el hombre tiene que ser responsable, al menos, ante sí mismo.
Para que los árboles de la actualidad recogida en los medios no nos impidan contemplar el bosque de los acontecimientos que actúan a escala universal, es imprescindible acercarnos a China, país que protagonizará el futuro inmediato pues conformará la historia sin que podamos atribuir los cambios a avatares del destino. Esa historia ya se está tejiendo y es preciso adentrarnos en su urdimbre, en su cañamazo y en sus tramas para poder “llegar un cuarto de hora antes”, como explicó el almirante Nelson sus éxitos militares.
Los países más desarrollados de Occidente están  reproduciendo los esquemas de todos los imperios que han existido en la historia de la humanidad. Hasta hace unos años, en Occidente se sostenía que Rusia y China estaban condenadas a la desaparición, confundiendo un régimen político con un país y con su auténtica historia.
Los chinos se vanaglorian de tener más de 5.000 años de historia, algo mitificados, sí, pero que son una realidad incontestable y que no es prudente ignorar cuando EEUU no supera los 300 años de desarrollo. La China actual no hace más que recuperar la posición de centralidad económica que tenía a comienzos del siglo XIX cuando era  la primera potencia mundial manufacturera. Lo admirable era que ocupaba esa posición desde hacía más de nueve siglos. O sea, cuando ni estaba descubierta América, ni había comenzado la conquista y explotación de África, ni habían comenzado las bárbaras Cruzadas contra “los infieles”. En 1776, Adam Smith, el padre del Liberalismo y autor de La riqueza de las naciones, había escrito que China era “un país más rico que todos los de Europa juntos”. Si tenemos en cuenta que, antes de 1880, las relaciones comerciales entre los chinos, japoneses, javaneses y siameses, eran superiores a todas las intra europeas podrían darse cuenta los estrategas modernos del error de considerar al maoísmo como la tumba de la historia de China.
Quizás el comunismo en China no sea más que un gran sarpullido, como una catarsis que no alcanzará la duración de cualquiera de las grandes dinastías. Otro avatar de la antigua China imperial y burocrática.
Escribió T.S. Eliot: “No pueden los humanos soportar demasiada realidad”. Y es que en términos tecnológicos China estaba en una posición dominante antes y después del famoso Renacimiento europeo. Fueron la Revolución Industrial y la expansión colonial del siglo XIX los que desplazaron a Asia del concierto económico mundial, empobreciéndola, ruralizándola y desindustrializándola, como señala Manuel Ollé, por medio de la imposición de las reglas del comercio libre que obligaba a los países colonizados a abrir sus fronteras a los productos occidentales sin contrapartida alguna.
Es suicida que los occidentales ignoren las pautas culturales, históricas y las características específicas de vivir, pensar y organizarse de un pueblo que sin duda han influido en su espectacular desarrollo de las dos últimas décadas. En este período, más de cuatrocientos millones de chinos han visto transformada su situación. Desde 1978, más de 25 años, ha habido un crecimiento sostenido superior al 9% anual.
No hace mucho, el actual presidente de China dijo que China sabrá encontrar en sus tradiciones culturales un nuevo basamento filosófico apoyado en la sabiduría del Taoísmo y en las formas de gobierno inspiradas en Confucio, que, al parecer, pueden servir como una opción distinta a la preconizada por los occidentales. El sistema comunista ha sido un enorme fracaso y no ha cumplido ninguno de sus postulados, pero ha podido servir para olvidar las anquilosadas estructuras de la última dinastía y de la casi desaprovechada revolución del gran Sun Yatsen que la derrocó. Dicen algunos que las viejas costumbres y creencias vuelven a aparecer por todas partes y sería bueno identificarlas para que su lado destructivo no vuelva a repetirse. Pero ahí están el impacto de Internet y de las nuevas tecnologías, la expansión financiera y económica para asegurarse el suministro de energía y de materias primas que podrán servir de conductores para la sabiduría milenaria del Imperio del Centro.

José Carlos García Fajardo
Profesor de Pensamiento Político y Social (UCM)
Director del CCS
fajardo@ccinf.ucm.es