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Transeúntes sin camino

 

Como cada noche, hacia las nueve, Pablo deambula en busca de un lugar para descansar mientras los comercios cierran sus puertas. Se detiene ante un gran contenedor de basura; busca y rebusca. La noche es cerrada y la lluvia muere en las aceras. Nadie tiene un segundo para nadie. Poca gente queda por la calle. Pablo aparca su carrito en una esquina, coloca los cartones secos recién encontrados e intenta protegerse del frío. Lo demás es silencio.

Pablo es una persona sin hogar. Pablo es uno de los miles de transeúntes que toman las calles cuando las ciudades duermen. El fenómeno de las personas sin hogar está vinculado a la pobreza y la soledad. Sin hogar no es lo mismo que sin techo, ni lo mismo que transeúnte, pobre o mendigo. Sin hogar significa sin vivienda, pero, sobre todo, designa esa ausencia permanente de tener a alguien que te acompañe, que te espere y te comprenda. Son personas sin referencias afectivas ni calor humano.

Según cifras de la ONU, en todo el mundo hay más de 1.000 millones de personas que carecen de una vivienda digna y 100 millones no tienen un lugar en donde dormir. Las cifras son motivo de alarma. Las personas sin hogar son la consecuencia más directa de la injusticia social.

No es un fenómeno propio del Tercer Mundo sino del que se conoce como Cuarto Mundo, que comparte espacio geográfico con el Primero. Los países en teoría más prósperos son formidables productores de bolsas de pobreza. Es paradójico y preocupante que estados con una fuerte red de recursos sociales como Francia, Gran Bretaña, Alemania y Estados Unidos posean las mayores tasas de personas sin hogar del mundo occidental. La miseria, ya no la pobreza, está a la vuelta de la esquina de cualquier ciudad importante. En Nueva York, es fácil ver tantas limusinas como desheredados tirados por las calles. Es la opulencia de los extremos.

La lógica neoliberal, en la que sólo vale el que produce, va dejando un ejército silencioso de desterrados por los parques y los callejones de las ciudades. Son aquellos que no se han atenido a las duras disciplinas del mercado. Miembros de grupos sociales débiles que no han sabido, o no han podido, adaptarse a las exigencias del sistema: desempleados, inmigrantes, ancianos, discapacitados, drogadictos o alcohólicos, y de los que la sociedad instalada y opulenta decreta que no han querido integrarse. Excluidos que esperan en los recovecos de las ciudades la llegada de un nuevo día, que nunca viene.

Los transeúntes duermen en los bancos de las calles o en los puentes de las carreteras, mientras que sobreviven al sol caminando por el alambre y el asfalto. Estas personas, sin pasado ni porvenir para los demás, concentran sobre ellas muchas de las lacras de marginación que se producen en nuestra sociedad. Son el conjunto de población más castigado por la falta de vivienda, pero también por el desempleo, la desestructuración familiar, el estigma público, el desarraigo social, la enfermedad, el deterioro de su propia identidad y la falta de acceso a los servicios.

Un primer paso para su recuperación es romper la incomunicación en estas personas. Es una cuestión que nos atañe a todos. Ellos tienen que ser los protagonistas de sus acciones y decisiones, no los objetos de nuestra caridad y de nuestra atención pues nadie puede ser objeto para nadie ya que todos los seres humanos somos sujetos de derechos y de deberes. Otro desafío es acabar con la falta de sensibilidad pública a la hora de asignar partidas presupuestarias para núcleos humanos en riesgo de exclusión. La distribución desigual de la riqueza fomenta la marginación y atenta contra la justicia.

La justicia de Pablo, el transeúnte invisible. También la dignidad de Pablo. Hace tiempo que le acompañan dos perros, la noche y el silencio; cuando el resto del mundo camina sin detenerse.

Fernando Navarro

Periodista

ccs@solidarios.org.es