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Las cuitas de la OMC

 

La Cumbre de la Organización Mundial del Comercio (OMC) celebrada en Hong Kong ha dejado cinco ideas que reflejan la percepción que los movimientos decididos a plantar cara a la globalización capitalista postulan en relación con la OMC.

La primera de esas ideas subraya que el propósito fundamental de la organización es gestar una suerte de paraíso fiscal de escala planetaria. Conforme a este proyecto, los capitales habrán de moverse a lo largo y ancho del globo, sin ninguna cortapisa, arrinconando progresivamente a los poderes políticos tradicionales y desentendiéndose de cualquier consideración de cariz social o medioambiental. Esta apuesta, tan desmesurada, ha empezado a inquietar a algunos que en su momento no dudaron en refrendarla. Hoy, están recelosos ante el riesgo de que al amparo de ese paraíso fiscal de dimensiones planetarias lleve a un caos incontrolable. Hasta hoy las instancias directoras de la OMC han preferido hacer oídos sordos a los riesgos.

Para hacer las cosas aún más lamentables, de un tiempo a esta parte hemos tenido oportunidades sobradas de comprobar cómo los países ricos son, paradójicamente, los más reacios a cancelar las fórmulas de protección con que obsequian a muchos de sus productos. Al tiempo, demandan de los Estados pobres la desaparición de cualquier tipo de mecanismo protector. Se manifiestan renuentes a asumir, en sus propias economías, las reglas correspondientes. Tanto Estados Unidos como la Unión Europea lo que realmente desean es imprimirle una nueva vuelta de tuerca a su tradicional empeño de expoliar los recursos de los más pobres.

La tercera observación, las miles de organizaciones y con ellas un buen puñado de países pobres, como es el caso de los que se expresaron en este sentido en Cancún en septiembre de 2003 que aparentemente contestan el desorden establecido y que acaban por acatar, acríticamente, muchas aberraciones. Algunas están empeñadas en reclamar, sin más, que el libre comercio cobre cuerpo en plenitud, aferradas a la propuesta primigenia de la OMC. Es urgente que se entienda que el libre comercio sólo interesa a quien tiene algo goloso que vender y a quien tiene recursos para comprar. Como quiera que la mayoría de los países pobres no satisface ninguna de estas dos condiciones, es obligado respaldar otras políticas, diferentes, para resolver sus problemas. La respetable demanda de que los países del Norte cancelen sus medidas proteccionistas no es en modo alguno suficiente para resolver los problemas del Sur.

Una cuarta apreciación: al calor de la cumbre de la OMC en Hong Kong ha vuelto a revelarse, con fuerza, la retahíla de que los movimientos que contestan la globalización capitalista se entregan a una violencia ciega. En esos movimientos se han hecho valer grupos que han protagonizado actos de violencia que en ningún momento se ha dirigido contra las personas. Esos actos tienen un relieve absolutamente marginal si se comparan con la violencia estructural que se ejerce en nuestros sistemas.

La quinta aseveración que la reunión de Hong Kong, una perla novedosa, en labios de Pascal Lamy, director general de la OMC. A los ojos de Lamy, y por lo que parece, quienes hemos decidido protestar ante tanta ignominia lo hacemos en virtud de un deleznable aferramiento a nuestros privilegios de siempre: nuestra insolidaridad se revelaría de la mano del firme designio de preservar sistemas sociales razonablemente avanzados, como los que existirían en buena parte de la UE. No puede uno resistirse a la tentación de replicar con energía: semejante acusación, sesgada y torticera, opera como una inteligente cortina de humo para ocultar lo que se halla por detrás de los esfuerzos de una OMC empeñada en desmantelar, sí, nuestros Estados del bienestar, pero no para levantar las economías depauperadas de los países más pobres, sino para engrosar las cuentas corrientes de los de siempre. Y que no se engañe Lamy, si hay algo que singulariza a los movimientos antiglobalización en el Norte desarrollado es que lejos de reclamar derechos para sus integrantes, los exigen en provecho de quienes, en el Tercer Mundo, carecen de todo.

 

Carlos Taibo

Profesor de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid

ccs@solidarios.org.es