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La democracia bien entendida

Cuando Vladimir Putin invitó a la plana mayor del Movimiento Islámico Palestino (Hamás) a acudir a Moscú para entablar el difícil diálogo sobre la moribunda “Hoja de Ruta” e, implícitamente, sobre sus relaciones futuras con Israel, las autoridades de Tel Aviv se apresuraron a calificar la propuesta del presidente ruso de “puñalada en la espalda”.

Washington no tardó en censurar la iniciativa del “número uno” del Kremlin, recordando a su vez que los ganadores de la consulta celebrada en los Territorios Palestinos a finales de enero pertenecían a una siniestra organización terrorista. La archiconocida tesis forma parte del discurso propagandístico empleado por Israel para sumir Cisjordania y Gaza en el caos y provocar una oleada de descontento popular capaz de marginar al movimiento islámico. ¿Simples elucubraciones de una mente calenturienta? No, en absoluto. A mediados de esta semana, el prestigioso rotativo The New York Times desvelaba la existencia de un plan israelo-americano destinado a neutralizar a Hamás y crear las condiciones para la vuelta de Al Fatah a la palestra. Ficticia o real, la amenaza provocó la ira de los radicales religiosos, dispuestos a defender sus prerrogativas, emanantes de una incontestada victoria electoral.

La llegada al poder de las agrupaciones de corte islámico en Iraq, Irán o Palestina, y/o los espectaculares avances de los partidos religiosos en Egipto, Líbano, Marruecos o Kuwait, no parece ser del agrado de los promotores del pomposamente llamado proyecto para la creación del “Gran Oriente Medio”, que contempla la “democratización” y, por consiguiente, la occidentalización de una amplia zona del mundo musulmán, que va desde Pakistán hasta la orilla oriental del Atlántico. Los promotores de este operativo apenas disimulan su malestar al evaluar el éxito de los partidos islámicos. Más aún; políticos y pensadores occidentales se preguntan si conviene poner en marcha procesos electorales en países que, según ellos, no están preparados para asumir las reglas de juego de la democracia. En resumidas cuentas, todo se limita a una triste constatación: el calificativo de democracia tiene que estar acorde con los intereses, no siempre altruistas, de las potencias “extrarregionales”. En este caso concreto, es obvio que los palestinos, los iraquíes y los iraníes se han “equivocado”. Debían haber escogido a otros líderes, más afines a la cultura y a los intereses de la civilización occidental. Sin embargo…

Los politólogos estadounidenses y los servicios de inteligencia israelíes fueron incapaces de vaticinar la victoria del movimiento islámico. Y ello, por la sencilla razón de hacer caso omiso de las realidades impuestas por la evolución reciente del mundo árabe-islámico, de unas sociedades cansadas de la inoperancia de los partidos políticos tradicionales, incapaces de llevar a cabo auténticas reformas sociales o de abandonar el papel de guardianes de los intereses de una oligarquía autoritaria y corrupta, que se mantiene en el poder merced a sus óptimas relaciones con Washington, Londres u otras capitales occidentales.

Los reiterados fracasos de las agrupaciones laicas, su escasa resistencia ante las presiones ejercidas por los círculos del poder, abonaron el terreno para el auge de los partidos islámicos. En realidad, el debate está falseado: la verdadera pregunta no estriba en la capacidad de las estructuras de Hamás de hacer frente al bloqueo ideado e impuesto por Washington y Tel Aviv, sino de evaluar objetivamente las múltiples razones que allanaron el camino de los movimientos religiosos. La respuesta, reconozcámoslo, es muy compleja. A la política llevada a cabo por Israel se le suma, en este caso concreto, la creciente desconfianza de los árabes frente a los Estados Unidos, el profundo malestar provocado por la ocupación de Iraq, los tambores de guerra que anuncian la inminente ofensiva contra el régimen de Teherán, la radicalización de la postura de la UE frente a los países de Oriente Medio.

En resumidas cuentas, la constatación de que los que es bueno para los árabes (o que los árabes consideran que sería bueno para ellos) no acaba de gustar a Occidente. ¿Etnocentrismo? ¿Intolerancia? ¿Cinismo? La mezcla parece explosiva.

En este contexto, la “puñalada por la espalda” de Vladimir Putin ha de interpretarse como un mero (y modesto) intento de desbloquear la situación, recordando a quien padece amnesia que, a lo largo de la historia, los terroristas acabaron aceptando el diálogo con sus enemigos.

Relegar a Hamás o preparar una intervención armada contra el molesto régimen iraní no favorece los intereses de los EEUU ni de su fiel aliado israelí.

 

Adrián Mac Liman

Escritor y periodista, miembro del Grupo de Estudios

Mediterráneos de la Universidad de La Sorbona (París)

ccs@solidarios.org.es