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Ejércitos en son de paz

“¡Paren, paren de una maldita vez este convoy! ¿Se puede saber qué hacen ustedes aquí?” preguntó con voz sonora, penetrante, el oficial de las Fuerzas Armadas de las Islas Fidji encargado de supervisar la tregua en la frontera israelo-libanesa. “¿Y usted, capitán? ¿Qué demonios hace en estas latitudes?”, respondió el comandante de la columna de tanques israelíes, poco propenso a hacer caso de la amonestación de los “cascos azules”. La columna de tanques volvió a ponerse en marcha, siguiendo la carretera que llevaba a Beirut.

Sucedió allá, en el verano de 1982, durante las primeras horas de la operación “Paz en Galilea”, operativo bélico ideado y dirigido por el entonces Ministro de Defensa Israelí, Ariel Sharon. El contingente de “cascos azules” de las Naciones Unidas, en misión en la zona fronteriza desde 1978, fue incapaz de frenar la invasión de las tropas hebreas; su mandato se limitaba a un simple operativo de mantenimiento del orden, que prohibía terminantemente el uso de las armas. Algo muy parecido había sucedido en el desierto de Sinaí en 1967, cuando los observadores de la ONU tuvieron que abandonar los puestos de vigilancia ante la ofensiva de las unidades de Tsáhal (ejercito israelí).

Desde 1948, fecha en la que se crearon las primeras unidades de observadores militares de las Naciones Unidas, hasta mediados de 2005, los “cascos azules” participaron en 60 misiones de mantenimiento de la paz, que costaron a la organización de Manhattan la friolera de 40.480 millones de dólares. En los operativos supervisados por la Secretaría General de la ONU tomaron parte alrededor de 67.000 militares y policías procedentes de un centenar de países.

Las operaciones de interposición lograron en alguna ocasión acabar con la violencia. Sin embargo, en la mayoría de los casos, la simple presencia de la fuerza internacional no fue capaz de obstaculizar la ofensiva de los ejércitos profesionales o los movimientos armados que llevaban a cabo operaciones de guerrilla. Los militares europeos destacados en Bosnia aún recuerdan la frustración provocada por los ataques y las escaramuzas de las tropas serbias, poco dispuestas a respetar las reglas de juego de la guerra moderna o de obedecer las órdenes de los oficiales de la ONU/OTAN.

Pero, ¿en qué consisten las cacareadas reglas de juego? Los objetivos de los “cascos azules” empezaron a cambiar a partir de 1992, año en el cual las Naciones Unidas autorizaron al contingente destacado en Somalia el uso de las armas de fuego. Por vez primera, los “cascos azules” pudieron actuar como verdaderos soldados; por vez primera, los medios de comunicación y las ONG internacionales detectaron y denunciaron los abusos y actos de violencia perpetrados por la hasta entonces emblemática fuerza de paz de la ONU.

Conviene recordar que, tras la caída del el “muro de Berlín” y la atomización de la URSS, la faz del mundo estaba cambiando. Paralelamente, la ayuda humanitaria empezaba a militarizarse. El cambio (o ausencia) de valores iba parejo con una auténtica perversión del lenguaje. De hecho, los Ministerios de la Guerra acabaron convirtiéndose en Ministerios de Defensa, la intervención de contingentes armados en los nuevos conflictos regionales recibió el nombre de “injerencia humanitaria”.

Pero no se trataba de meras coincidencias; hacía tiempo que los militares se habían adueñado de una (pequeña) parcela del Departamento de Operaciones de Mantenimiento de la Paz del Palacio de Cristal de Manhattan. Hacía tiempo que se barajaba la posibilidad de una mayor participación de oficiales de Estado Mayor en los operativos de ayuda humanitaria. Esta opción, sugerida por algunos países industrializados, ganó terreno durante los primeros intentos de cambio de las estructuras de la ONU, cuando la respetable (y respetada) institución internacional, creada para preservar la paz mundial, decidió recurrir a los servicios de los estrategas militares y los dineros de las empresas multinacionales. Con razón las arcas de la ONU estaban vacías. Unos gestos desesperados, que fueron acogidos con satisfacción por los gobernantes de países dispuestos a defender manu militari sus intereses económicos y energéticos.

La presencia de tropas de la OTAN en Afganistán o, más recientemente, de integrantes de la Fuerza de Intervención Rápida en Pakistán, forma parte del nuevo y ambiguo enfoque de “operaciones humanitarias” llevadas a cabo por hombres y mujeres de uniforme. Pero ni que decir tiene que la militarización de la ayuda internacional no constituye la panacea de las relaciones Norte-Sur. Al contrario, cabe suponer que los operativos de esta índole acabarán provocando roces entre el “primer” y el “tercer” mundo. Y ello, independientemente de las buenas intenciones de los “soldados-agentes-humanitarios” que, pese a la gigantesca perversión del lenguaje y de las ideas impuesta por los poderes fácticos de Occidente, se limitan a cumplir con su deber.

 

Adrián Mac Liman

Escritor y periodista, miembro del Grupo de Estudios

Mediterráneos de la Universidad de La Sorbona (París)