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Añadir al agravio escarnio

 

Cada dos segundos muere un niño de hambre o por enfermedades relacionadas a ella, según la FAO. A ese ritmo, el hambre habrá matado a más de 110 millones de pequeños para el 2013, año que han escogido los países de la OCDE para implementar algunos de los compromisos asumidos en la Cumbre de Desarrollo celebrada en Hong Kong.

Quizá esta cumbre haya sido la última. No sólo ha faltado el compromiso y la solidaridad hacia los países más desfavorecidos. Pedirles que esperen hasta el 2013 es invitarlos a buscar otras formas para sobrevivir que no sean estos foros que siempre terminan en discusiones de sordos. Sus gobiernos hacen poco, cierto. Pero los seres humanos en necesidad de supervivencia diaria no tienen ni tiempo para detenerse a pensar quién les ha de devolver lo que se les ha arrebatado.

Resulta cínico que muchos países esgriman la bandera del libre comercio mientras subvencionan la producción de productos imprescindibles para las economías más frágiles y menos diversificadas. Esos países no son culpables del monocultivo que impusieron los colonizadores que llegaron con la Biblia y se quedaron con sus tierras cuando antes contaban con modelos de desarrollo endógeno y sostenible.

Mientras se posterguen los acuerdos más importantes para un comercio más justo, muchos pueblos seguirán girando en una espiral de deuda externa y de pobreza. Estas condiciones empujan a la gente hacia donde están los recursos. Primero a las grandes metrópolis de sus propios países: Bombay, Shangai, Kinshasa, Buenos Aires, La Paz, Quito, Sao Paulo, México D.F. y Río de Janeiro. Después a los países del Norte porque se han agotado los recursos en esas grandes ciudades y la vida ahí se ha vuelto insostenible.

No, las cumbres no pueden ser el camino si siempre nos rebobinan la misma película. Se asumen compromisos a medias, se aplazan acuerdos vitales en materias de comercio y se guardan excepciones “convenientes”. No vaya a ser que un país “subdesarrollado” se convierta en el productor de algodón más importante del mundo.

Por eso han decidido subvencionar la producción y el envío de esos productos a los países del Sur. Parece como si las tierras menos ricas de los países del Norte favorecieran los productos que tradicionalmente crecen en los trópicos. Los hombres han usado la tecnología para producir de manera masiva productos de baja calidad que invaden los mercados del resto del mundo.

Antes justificaban las injusticias con “la carga del hombre blanco” que debía, por mandato de Dios, civilizar a los salvajes. Conviene recordar la historia, leer a Livingston y a todos los blancos que cuentan la historia de la colonización desde su punto de vista etnocéntrico.

Hoy la excusa para el neocolonialismo cultural y comercial ya no son la cruz, los Evangelios, ni la superioridad racial. La OMC, el Banco Mundial y el FMI, instituciones creadas supuestamente para el “desarrollo” de los pueblos pero controladas por EEUU y el G-8, imponen el modelo neoliberal regido por la ley del más fuerte y miran hacia otro lado cuando se trata de condonar deudas externas pagadas ya con creces. El fin es el mismo: expoliar las materias primas y colocar en el mercado los excedentes de producción.

Muchas empresas transnacionales se encuentran fuera de la ley internacional y, al tener un PIB más grande que el de muchos países, amenazan su soberanía y resulta más difícil que los gobiernos defiendan a sus pueblos de la depredación.

Muchas personas del mundo “desarrollado” se sienten amenazadas por el flujo migratorio, culpan a los inmigrantes y los cazan en las fronteras de Arizona. No exigen a sus gobiernos que tomen medidas para crear un modelo de comercio más justo. Temen a lo desconocido y a los cambios. Prefieren vivir sedados con un consumismo feroz, injusto, insostenible y destructivo que los desarraiga y los aliena. A ellos y a muchos pueblos.

Así es como el gobierno estadounidense ha decidido alzar una valla a lo largo de 1.200 kilómetros de los casi 3.000 que hay de frontera entre México y EEUU. La nueva ley migratoria considerará como delincuentes a los inmigrantes que trabajen de manera ilegal. Quizá se considerará afortunado quien sea deportado en lugar de terminar encarcelado en el extranjero por haberse atrevido a ejercer el derecho que tienen todos los hombres: a sobrevivir y, lo más importante, a buscar la felicidad.

 

Carlos Miguélez

Periodista

cmiguelez@solidarios.org.es