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Alarma versus información

 

De nuevo, una enfermedad transmisible al hombre, una zoonosis, devuelve a la actualidad la trascendencia de la vigilancia sanitaria sobre los animales. La gripe aviar es una vieja conocida de la sanidad animal, pues sus primeras descripciones datan de hace más de cien años, en Italia. Desde entonces, ha habido numerosos brotes en todo el mundo afectando a muy diversas especies de aves.

Sin embargo, su repercusión en la opinión pública deriva de un hecho trascendental. El virus responsable es capaz, en virtud de su gran capacidad de variabilidad antigénica y genética, de recombinarse y producir nuevas formas víricas con características biológicas modificadas incluida la capacidad de infectar a hospedadores de otras especies –la humana entre ellas- y de lograr transmitirse entre individuos de esta nueva especie. En definitiva, amplifica su capacidad infectiva aumentando el número de hospedadores potenciales.

En dicho cambio la capacidad patogénica del virus también se puede modificar, de modo que en ocasiones adquiere una virulencia mayor y llega a ser letal, y por tanto tendríamos un motivo cierto de inquietud. Sin embargo, y hasta ahora, la situación en que nos encontramos no ha sobrepasado el ámbito estricto de la sanidad animal. Es un hecho que los brotes confirmados recientemente en el Este de Europa (Turquía, Rumania, Grecia) y los numerosos casos sospechosos hacen temer una difusión hacia el Oeste. Parece ser una mera cuestión de tiempo que alcance otras regiones.

Es un hecho que cuanto mayor sea el número de animales infectados, mayores probabilidades de contagio para las personas en contacto con ellos. Este contacto puede traducirse, como ha ocurrido en el brote asiático, en el desarrollo de enfermedad en las personas, con un porcentaje de letalidad muy elevado (cercano al 55%). Y un último hecho: un mayor número de aves infectadas aumenta también la probabilidad de que el virus aviar pueda adquirir características nuevas cuando se produce una coinfección con virus gripe humano. Eso fue la gripe de 1918, “la española”.

Hasta aquí, la posible alarma si todo lo anterior se presenta de forma catastrofista y se ofrece a la opinión pública miedo infundado y no información contrastada y completa. La alarma injustificada sólo beneficia a unos pocos, que obtienen réditos de ella. En cambio, perjudica a la sociedad general y, en particular a la credibilidad de la clase científica y académica. Conviene, pues, conocer toda la información, sin alarmismos. El riesgo cero no existe a tenor de lo expuesto, pero es extremadamente bajo.

Es muy baja la proporción de personas enfermas por el virus aviar en el brote asiático que dura ya año y medio (120 personas frente a decenas de millones de animales infectados), y ello a pesar de unas deplorables condiciones de bioseguridad en granjas y mercados. La capacidad de atravesar la barrera de especie para el virus aviar es limitada y existen medidas que se pueden tomar para prevenir ese bajo riesgo.

La actitud de las autoridades sanitarias de máxima precaución tiene pleno sentido cuando se trata de la salud pública. El acopio de antivirales (qué buen negocio para el fabricante), la intensificación de las campañas de vacunación en la población y la preparación de estrategias de respuesta vacunal temprana ante un (poco) probable brote de gripe aviar en personas, son cuestiones necesarias en materia de Salud Pública. Sin embargo, el paso previo, plenamente en vigor, es la Sanidad Animal. Estamos ante un ingente problema –sólo- de Sanidad Animal. Las medidas adoptadas son fruto de la vasta experiencia acumulada. El cierre de fronteras a productos avícolas de zonas infectadas es, sin duda eficaz, pero siempre y cuando se acompañe de otras medidas, como la vigilancia sanitaria de las aves migratorias (actrices principales en esta trama) o la práctica exhaustiva de medidas de bioseguridad en granjas avícolas.

La industria avícola avanzada adopta medidas de bioseguridad a fin de evitar la entrada de enfermedades en las granjas. Son planes de actuación orientados a proteger a la población humana del contagio a través de la protección y vigilancia ejercidas sobre los animales susceptibles.

Una información rigurosa nos debe alejar de la alarma y llevarnos a la necesaria previsión basada en el conocimiento.

 

Víctor Briones, C.Porrero y S. Téllez

Facultad de Veterinaria de la UCM

ccs@solidarios.org.es