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Naciones Unidas: la reforma frustrada

 

En la década de los 60, cuando un joven y apuesto asesor diplomático le entregó al entonces presidente de la República Francesa, Charles de Gaulle, un detallado informe sobre el impacto de la política exterior gala en los organismos internacionales, el veterano estadista se limitó a echar un rápido vistazo a la portada del documento. “Las Naciones Unidas… ah, esa cosa”, dijo el viejo general. Decididamente, de Gaulle no era partidario de la diplomacia multilateral. Y tampoco de los foros internacionales controlados por británicos y norteamericanos, sus ex aliados de la Segunda Guerra Mundial, que no escatimaron esfuerzos en ningunear al “Frenchie” (el francés) durante su exilio londinense. La desconfianza del presidente galo culminó con la retirada de Francia de la estructura militar de la OTAN. En aquel entonces, de Gaulle tenía otras prioridades; se trataba de tener manos libres para llevar a cabo el programa nuclear francés, fabricar la bomba atómica que iba a consagrar la grandeur de la France . En este contexto, las Naciones Unidas no dejaban de ser… “esa cosa”.

La Organización de las Naciones Unidas (ONU) empezó su andadura en el otoño de 1945. Constituida para suceder a la Sociedad de las Naciones, la ONU se fijó como metas el mantenimiento de la paz y la seguridad internacionales de conformidad con los principios de la justicia y del derecho internacional, la defensa de los derechos humanos y las libertades fundamentales, la amistad entre los pueblos y la libre determinación de las naciones, la solución de los problemas de carácter económico, social, cultural y humanitario. Todo un programa basado en la euforia y en la innegable buena fe de los vencedores de la gran contienda que acabó con los imperios coloniales, con las estructuras obsoletas de un letárgico Viejo Continente.

Los múltiples objetivos que se había fijado la ONU exigían la creación de numerosos organismos subsidiarios. En poco tiempo, presenciamos una auténtica proliferación de agencias especializadas (FAO, UNESCO, OMS, UIT, UNCTAD, etc.) y de comités y subcomités de trabajo dedicados a elaborar informes y propuestas que, en la mayoría de los casos, no llegaban a materializarse. Se trataba de operativos sumamente costosos, que acababan provocando “agujeros” en el presupuesto de la organización. A la hora de la verdad, los auditores, desalmados expertos en “números” incapaces de evaluar el alcance de los éxitos reales o ficticios de la Organización, no dudaron en tildar a la Secretaría de la ONU de incapaz, ineficiente y corrupta. Acusaciones éstas que ocultaban los poco generosos designios de las grandes potencias o, mejor dicho, de “la” gran potencia mundial, cansada de ver en la rigurosidad de la ONU un obstáculo para la aplicación de su política imperial. Los dos últimos Secretarios Generales de la Organización, Boutros Boutros Ghali y Kofi Annan, experimentaron en sus carnes las presiones ejercidas tanto por la Casa Blanca como el Departamento de Estado norteamericano.

En 1995, durante las celebraciones del 50 aniversario de la fundación de la ONU, la Asamblea General acordó crear un Comité encargado de estudiar la reforma de las estructuras de la Organización, haciendo especial hincapié en la gestión del presupuesto, la transparencia administrativa, la eficacia del personal contratado por el Secretario General y, por último aunque no menos importante, la lucha contra la corrupción. Sin olvidar, claro está, otros aspectos relacionados con la evolución de las relaciones internacionales, que exige la ampliación del número de miembros permanentes del Consejo de Seguridad, principal órgano político de la ONU. Entre los candidatos para los escaños permanentes figuran dos potencias industriales: Alemania y Japón, así como varios Estados del mundo en desarrollo: India, Brasil, México y Sudáfrica. Curiosamente, el entusiasmo de los postulantes no ha sido compartido por los grandes de este mundo. El acuerdo de mínimos alcanzado escasas horas antes de la inauguración del actual período de sesiones de la Asamblea General pone de manifiesto los recelos de quienes se empeñan en controlar los destinos de la ONU.

Para los Estados Unidos y sus aliados, la nueva ONU debe convertirse en un organismo capaz de afrontar los retos del siglo XXI, creando mecanismos capaces de agilizar las llamadas “intervenciones humanitarias” (léase armadas) y/o de gestionar la ayuda en caso de catástrofes naturales. Ello abre la puerta al incremento de la presencia militar y empresarial en el Palacio de Cristal de Manhattan. Nada nuevo bajo el sol, puesto que la ONU se ha hecho a la idea de que “conviene” colaborar con el estamento castrense y la generosa empresa privada.

También figuran en la lista de prioridades de la Secretaría la lucha contra el tráfico de estupefacientes y el blanqueo de dinero procedente de actividades criminales, así como la elaboración de una normativa jurídica destinada a apoyar el combate contra el terrorismo.

Los Estados Unidos han hecho hincapié en la necesidad de limitar las actividades a favor de los derechos humanos, así como el alcance de los dictámenes del Tribunal Penal Internacional, que no podrá perseguir a los militares norteamericanos (y aliados) que participan en operaciones de mantenimiento de la paz (Bosnia, Kosovo, Iraq…)

En resumidas cuentas, el simulacro de reforma aprobado por la Asamblea General sólo servirá para convertir a las Naciones Unidas en un mero reflejo del mundo en que vivimos.

 

Adrián Mac Liman

Escritor y periodista, miembro del Grupo de Estudios

Mediterráneos de la Universidad de La Sorbona (París)

ccs@solidarios.org.es