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El negocio de la esclavitud

Millones de personas padecen hoy un trato de seres inferiores. Una forma de esclavitud es toda aquella en la que se priva a alguien de su dignidad al considerarle un medio para fabricar riqueza, una mercancía que viaja por el mundo, o al explotarle en su trabajo. Es el caso de más de 100.000 mujeres de América Latina engañadas y obligadas a prostituirse con el fin de saldar las deudas contraídas en su viaje a un lugar mejor. O el de los niños vendidos y forzados a trabajar porque son baratos, disciplinados y más dóciles para cierto tipo de actividades. Según la Organización Internacional de Trabajadores, los traficantes de personas destinadas al trabajo forzoso obtienen cada año más de 30.000 millones de dólares en beneficios.

Los más pequeños suelen ser vulnerables ante estas situaciones injustas. En Lituania, por ejemplo, entre un 30% y un 50% de las prostitutas son menores de edad. En el Sureste Asiático, las niñas se prostituyen con el fin de pagar deudas. Las duras condiciones laborales dificultan su proceso de formación, vital para convertirse en personas libres y responsables. La Organización Mundial de Turismo asume el reto de acabar con la demanda de turismo sexual en la zona para que prostituirse no sea una opción. Aunque lo importante es proteger a los menores, de forma que quienes sean responsables garanticen su derecho a la educación.

Según el Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF), 256 millones de niños trabajan en condiciones peligrosas. La mayor parte pasan el día escondidos en las minas, en las plantaciones, o entre las paredes de una casa como sirvientes. Otros cientos de miles son soldados. O bien están atrapados en las redes de tráfico de menores y se les fuerza a prostituirse o se les utiliza como material pornográfico. El tráfico de niños se considera el tercer negocio más lucrativo después del armamento y las drogas.

La discriminación se aprecia en que la mayoría de las víctimas de la trata de personas sean niños y mujeres, tal y como sucedía en siglos anteriores. Las prácticas esclavistas por discriminación racial también siguen presentes. En la Guerra Civil de Sudán la población dinka fue víctima de prácticas esclavistas, violencia física y psíquica y privaciones de libertad a manos de los pastores de las comunidades baggaras.

Es esencial comprender las causas y las consecuencias de ese sistema inhumano que estuvo vivo durante 300 años para dar fin a las formas de esclavitud actuales. Con este fin la UNESCO desarrolla desde hace doce años el proyecto “La Ruta del esclavo”. Sentir como propia la opresión de millones de personas bajo las formas de esclavitud actuales es tan necesario como recordar el comercio de esclavos en la era colonial.

Una buena manera de romper el silencio es aprovechar la oportunidad de convivencia al abrigo del proceso global. En la agenda de la Conferencia de Durban de 2001, en la que la que se declaró la esclavitud como crimen contra la humanidad, había temas como la discriminación por raza, sexo o castas y la inmigración. No era casualidad, pues todos ellos son importantes en nuestro esfuerzo por convivir.

Los intereses económicos son una causa fundamental de la esclavitud y dificultan ese reto de una sociedad justa. La OIT, entre otros, ha denunciado los abusos contra los indonesios que quieren probar fortuna en el extranjero pero no tienen dinero suficiente. Para hacer frente a los gastos acuden a una de las 400 agencias controladas por el Gobierno. Desde allí les obligan a una estancia de varios meses en un campamento de formación donde prestan servicios en duras condiciones. Una persona enferma que quiera volver a su lugar de origen ha de pagar más de 200 dólares para asegurar su regreso. Y la multa para quienes cancelen su contrato es de 400 dólares. Por lo que la deuda no cesa de crecer. Es por ello que es preciso reflexionar sobre este sistema económico en el que la opresión genera riqueza.

 

Jorge Planelló

Periodista

ccs@solidarios.org.es