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Poder diluido en una sociedad de pantallas y espectáculos

 

En apenas 20 años todo el mundo occidental ha llevado a cabo una transformación radical, un salto de era en la evolución histórica. Los medios de comunicación han sido uno de los factores básicos de dicha transformación.

En la actualidad y en torno a las pantallas (televisión, ordenador y móvil) ha quedado organizado un poderoso sector de información y comunicación en el que convergen viejas industrias culturales y medios convencionales con nuevos formatos y medios. Se trata de un hipersector de Información + Comunicación (InfCom) de acelerado crecimiento y que supone en los países europeos más del 3% del PIB. Nadie puede dudar el evidente peso de las pantallas en la vida individual y colectiva.

Las pantallas se han convertido en puntos de venta individualizados y terminales de distribución de consumo y política. La televisión primero, el ordenador después y el móvil más tarde cumplen el sueño de la mercadotecnia porque permiten el acceso directo y muy personalizado a todo tipo de usuarios, consumidores y votantes y permiten una relación directa con todos los segmentos de mercado.

El individuo es visto como una fuente decidida del poder político y como un factor dominante en las estrategias corporativas. Si el 90% de la población vive en y con las pantallas significa que la sociedad se mueve en mundos individualizados en los que cada cual puede ser emisor y receptor al mismo tiempo. Son mundos organizados por sumandos casi individuales con un mínimo común denominador cada vez más ancho e indefinido (lo llaman sociedad soft ).

El mercado ya no es de masas. Durante más de cien años las gentes eran socialistas o comunistas o democristianos o fascistas. Las masas quedaban supeditadas a un racional y duro interés colectivo uniformado y unívoco que culminó, en una primera versión, en el estalinismo y el nacionalsocialismo y, en una segunda, con mucho más éxito en el consumo masivo. Pero la realidad rompió los moldes. Resultó que esas “masas” no tenían ni los mismos intereses ni los mismos sueños que sus programadores. Cada individuo se comportaba como varios individuos en uno y era capaz de reaccionar de forma diferente según el momento del día, el lugar o la situación. No tenía por qué ser socialista o conservador todo el tiempo y podía variar de intereses y gustos según el entorno. El individuo medio es hoy socialista-liberal-conservador, todo en uno.

Vivimos un estadio político donde han cambiado los fundamentos mismos de la democracia: la legitimización del poder y la justificación del poder. ¿Qué representación puede tener hoy un parlamentario o un gobierno elegido cada cuatro años frente a un periodista, conductor de programas o grupo mediático que diariamente se somete a la aquiescencia de sus seguidores y diariamente recibe mediante la audiencia o mediante sondeos y encuestas la opinión mutante de la calle y puede con ello actualizar los intereses y voluntades de esa mayoría? ¿Qué es hoy un político o un líder económico sin presencia mediática, marca, símbolos, referentes, factores corporativos?

La omnipresencia de los medios en la realidad pública y en el espacio público hace imposible una toma de decisiones que responda a una lógica directa. Es imposible ejecutar decisiones por muy sagradas que se consideren sin tener en cuenta a agentes sociales de todo tipo interesados en el objeto mismo de tales decisiones. Estamos en un estadio superior de la democracia occidental, de Poder Diluido. Una mentalidad nueva según la cual los ciudadanos son conscientes de que tienen en sus manos, de alguna manera, sus propios destinos, de que tienen capacidad de acción a través de los medios de comunicación y de que la democracia existe sobre todo como capacidad de protesta, de acción social, de influencia de la calle. Manda aquel que consigue abrir los telediarios. No importa ser una minoría. Importa tener presencia mediática.

La presencia y la capacidad de los medios va acompañada naturalmente del desarrollo de técnicas novísimas de persuasión, promoción y marketing, conocidas como “spin” (agitar) o “basura”. Están pensadas para públicos “sordos”, para gentes que “no oyen, no escuchan, no entienden y no les interesa”. Por eso, el derecho a estar suficiente y objetivamente informados será el principio y la libertad prioritaria por el que la sociedad civil luchará en las próximas décadas.

En una realidad como la descrita, los Estados están obligados a recuperar prestigio y capacidad de acción. Deben impedir la información manipulada, a asegurar la pervivencia del poder diluido, garantizar la distribución del conocimiento y resguardar su valor.

Los medios de comunicación han reorganizado la sociedad. Definen una era histórica que nace y que es, por encima de cualquier otra apreciación, una sociedad y era mediática, de pantallas y espectáculo.

 

Jesús Timoteo Álvarez

Catedrático de Periodismo en la Universidad Complutense de Madrid (UCM)

ccs@solidarios.org.es