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Los Deberes Humanos

 

Si uno se encuentra con un accidente de tráfico en la carretera, tiene la obligación de pararse y socorrer a los posibles heridos. No se trata de una recomendación, si no lo haces estás infringiendo la ley y puedes ser castigado por ello. Del mismo modo, si el accidente nos sucede a nosotros tenemos derecho a ser asistidos porque nuestra vida corre peligro.

Este principio tan básico e incuestionable del deber de asistencia, rebela una de las máximas de la convivencia humana: todo derecho viene acompañado de un deber. Debo pagar impuestos y esto me da derecho a exigir una serie de contraprestaciones sociales.

Desde la aprobación de la Declaración Universal de los Derechos Humanos en 1948 aún no se han desarrollado mecanismos efectivos para su cumplimiento. Parecen una quimera inalcanzable y en todos los países, en diferente medida, se siguen infringiendo impunemente. Esta Declaración nació coja y todavía hoy, más de 50 años después, no tiene un complemento eficaz en el que apoyarse: una Declaración Universal de los Deberes Humanos.

No se trata de una idea nueva, numerosos intelectuales como José Saramago han destacado esta necesidad. Ninguno de los derechos humanos puede subsistir sin la simetría de los deberes que les corresponden. Con la misma vehemencia con que reivindicamos los derechos, reivindiquemos también nuestros deberes.

Esta necesidad se encuentra ya en el Artículo 29 de la Declaración Universal de Derechos Humanos que reconoce que el pleno disfrute y el efectivo cumplimiento de los derechos humanos y libertades fundamentales están íntimamente asociados a los deberes y responsabilidades implícitos en esos derechos.

De este modo, el derecho a la vida tendría que ir de la mano del deber de no tolerar, apoyar o participar en actos que amenacen la vida de los demás, así como de tomar medidas para proteger sus vidas.

Cada derecho comporta la obligación de no estorbar el ejercicio de éste, ni por acción ni por omisión. Alguien que carece de recursos tiene derecho a comer, así que todos aquellos que rehúsan darle comida están impidiendo que coma.

En toda empresa que se quiera emprender con éxito, primero se marcan unos objetivos. Acto seguido, se diseñan las estrategias y se reparten las responsabilidades para llevarlas a cabo. Si no existen esas responsabilidades, los objetivos están avocados al fracaso. De este modo se convierten en quimeras inalcanzables. Y ahí radica la trampa.

Después de décadas de violaciones constantes de los derechos humanos, nos hemos acostumbrado a ellas como una realidad por encima de toda solución. No podemos dejarnos llevar por el pesimismo y el hastío de los fracasos pasados. Ese sería el triunfo de aquellos que no han puesto los medios para remediarlos. La aplicación de los derechos humanos es posible, pero hace falta un compromiso real para ello.

En primer lugar, existe un deber moral y ético que todo Estado, persona e institución pública y privada tiene para con la comunidad y, en segundo lugar, debe existir una responsabilidad que comporte una obligación preceptiva asociada a una serie de acciones concretas.

Sería iluso tratar de construir un puente apilando piedras. El desplome es seguro y el puente no conducirá a ninguna parte. Hace falta un plano que defina su forma, que acomode cada pieza dentro de la construcción para que soporte el peso del resto y viceversa, repartir las tensiones y buscar el equilibrio. Después de crear un armazón seguro, sólo hay que seguir el plano paso a paso.

Los derechos humanos sirven de excusa ideal para su propio infringimiento. Se utilizan para justificar las guerras, la tortura o la muerte de civiles inocentes, sin que por ello se tenga que dar cuenta ante ningún tribunal. También se delinque por omisión al permitir el tráfico de armas con una impunidad inconcebible.

Velar por el cumplimiento de los derechos es una obligación intransferible. Si no existe ese deber, la capacidad de exigir y de castigar la infracción desaparece. Su aplicación queda en manos de la buena voluntad que oscila según los intereses económicos y geoestratégicos de cada momento.

Por eso no nos demoremos más en la elaboración de una Declaración Universal de los Deberes Humanos. Nuestra obligación es exigirla cuanto antes. Ayer ya es tarde.

 

Fran Araújo

Periodista

ccs@solidarios.org.es