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Irán: de dos males, el peor

A esta conclusión parecen haber llegado los politólogos transatlánticos al analizar, con sumo detenimiento y una buena dosis de inquietud, los resultados de la reciente elección presidencial iraní, que se tornó en un auténtico plebiscito a favor de la corriente más radical del jomeynismo. Un cuarto de siglo después del inicio de la “revolución islámica” liderada por el ayatolá Ruolah Jomeyni, la llegada al poder del hasta ahora alcalde de Teherán, Mahmud Ahmadinejad, se interpreta como un salto atrás de la sociedad persa, de un pueblo que tuvo que amoldarse a las rígidas normas de conducta impuestas por la jerarquía chiíta, por un establishment religioso poco propenso a comulgar con los valores de Occidente.

El propio Jomeyni, que contó con el apoyo de Francia y los Estados Unidos en su combate contra el Shá Reza Pahlavi, se apresuró, tras su llegada al poder, a cancelar los importantes acuerdos comerciales y de cooperación tecnológica firmados por el emperador. Francia perdió centenares de millones de dólares, mientras que el “gran Satán” norteamericano, que encarnaba la llamada decadencia del mundo occidental y el “odio al Islam” tuvo derecho a otra humillación: el secuestro, durante 444 días del personal de su representación diplomática en Teherán. Jomeyni supo capitalizar la derrota moral de los países industrializados: París cedió ante las presiones ejercidas por los clérigos chiítas; Washington tuvo que negociar, casi de rodillas, la liberación de sus rehenes. Finalmente, el ayatolá acabó convirtiéndose en un respetable, cuando no temible, líder islámico.
Occidente volvió a equivocarse al apostar, en las elecciones celebradas el pasado fin de semana, por el “reformador” Alí Akbar Hashemi Rasfanyani, ex presidente de la República Islámica y favorito de las compañías petrolíferas. Rasfanyani, que antes de los comicios tenía fama de duro, pasó a ser una especie de “mal menor” frente a Ahmadinejad, antiguo militante de las organizaciones juveniles extremistas, que no duda en autodenominarse “el barrendero de las calles de la nación iraní”. 

¿Barrendero? Barrer las calles de Irán implica, en este caso concreto, el deseo (muy sincero) de corregir los errores cometidos por los políticos vinculados a la jerarquía chiíta. Pero el nuevo Presidente no tiene intención alguna de declarar la guerra al establishment religioso; al contrario, pretende escudarse en los ayatolás radicales para lanzar su cacareada “revolución islámica mundial”, meta del propio Jomeyni en la década de los 80.

Barrer las calles de Irán supone acabar con el paro, que afecta a más del 40 por ciento de la población activa, luchar contra la escasez de viviendas, facilitando el acceso a la propiedad a las capas más desfavorecidas de la población, dinamizar el sistemas de créditos baratos, favorecer a los más necesitados, a quienes  permanecen en las calles de este gran país que cuenta con una importante baza para su desarrollo: el oro negro. Ni que decir tiene que el slogan populista “El petróleo, para los iraníes” levanta ampollas en los lujosos despachos de las petroleras internacionales. Algunos recuerdan las dramáticas repercusiones de la nacionalización, allá por la década de los 50, de la Iranian Petroleum Company, que desembocó en un aparatoso golpe de Estado contra el Gobierno del nacionalista Mohamed Mosadeq. En aquel entonces, los servicios secretos británicos y norteamericanos lograron devolver a Irán a la “justa vía”. Sin embargo, hoy en día la situación es mucho más compleja.

A finales del verano de 2004, la entonces responsable de Seguridad Nacional de la Administración Bush, Condoleezza Rice, advirtió sobre la necesidad de contar con el apoyo de Europa a la hora de idear medidas de retorsión contra uno de los integrantes del llamado “eje del mal” que se había lanzado a una peligrosa carrera nuclear. Se trataba de… Irán. La UE logró frenar el impulso bélico de Washington entablando el diálogo con Teherán sobre los fines de su programa nuclear. Los iraníes, que llevaban tiempo persuadidos de que Washington aprovecharía cualquier pretexto para invadirlos, no dudaron en aceptar la oferta de Bruselas. Huelga decir que los norteamericanos siempre dudaron de la “buena fe” de las autoridades persas. Por su parte, Israel se dedicaba a echar leña al fuego, incitando reiterada y sistemáticamente al gran aliado estadounidense a deshacerse del peligro nuclear iraní.
Mientras el nuevo presidente iraní procura mantener un discurso moderado, subrayando el hecho de que Teherán tiene derecho a disponer de la tecnología nuclear para fines pacíficos, el ejército y la aviación persas ponen en marcha operativos de defensa destinados a proteger las aún embrionarias instalaciones nucleares, recordando tal vez el aparatoso ataque llevado a cabo en 1981 por la fuerza aérea israelí contra la central nuclear (franco)iraquí de Osirak. Y ello, por la sencilla razón de que los iraníes no creen en la inminente llegada de la “primavera árabe”, que consideran, vaya usted a saber por qué,  un mero invento de la propaganda del “gran Satán”.  

 

Adrián Mac Liman
Escritor y periodista, miembro del Grupo de Estudios
Mediterráneos de la Universidad de La Sorbona (París)
ccs@solidarios.org.es