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Y ya no quedaba nadie

Discriminados durante años, exterminados por los nazis, ignorados y marginados. Esa es la realidad de más de 12 millones de personas en el mundo: los gitanos, que en su mayoría viven en países europeos. Hoy, el Centro Europeo para los Derechos Humanos Romaníes (ERRC) vuelve a dar la luz de alarma tras la decisión del gobierno alemán de repatriar de manera forzosa a los gitanos de Kosovo que acogió durante la guerra. El ERRC asegura que las expulsiones que realiza Alemania se asientan “sobre una base racista”.

Hablar de racismo en Alemania pone los pelos de punta y hace que recordar el famoso poema de Brecht “Primero cogieron a los comunistas (...) Y cuando finalmente vinieron a por mí,/ ya no quedaba nadie”. Hay que hacer un esfuerzo en no perder la memoria histórica e intentar a apagar los “fueguitos” antes de que el fuego llame a nuestra puerta.

Desde Naciones Unidas se pide calma y explican que no se producirán expulsiones masivas de kosovares, gitanos o albaneses. Los gitanos temen que las amenazas de los radicales albaneses se cumplan y se produzcan agresiones y persecuciones.

Los gitanos son la minoría étnica más marginada y una de las más desconocidas. Los primeros gitanos emigraron de India y Pakistán en el siglo V hacia Persia. Cuatro siglos después ya eran un pueblo. Se asentaron en diferentes lugares y debido a la mezcla de culturas y razas se van formando diferentes ‘naciones' gitanas.

En un principio, lo gitanos no tuvieron problemas en sus asentamientos. Estaban integrados y eran miembros de pleno derecho en sus comunidades. En 1499 España promulgó una ley que prohibía su vestimenta, su lengua y sus costumbres y así empezaron los problemas. En Rumanía, sufrieron la esclavitud hasta mediados del siglo XIX. Sin embargo, es el siglo XX cuando la exclusión y la marginación aumentan. Durante el holocausto se estima que murieron medio millón de gitanos, sin embargo nunca se les pagaron indemnizaciones ni se les rindió homenaje alguno.

Los gitanos representan a una gran minoría, pero más de ocho millones de ellos viven en condiciones de pobreza y con serias dificultades para acceder a los servicios básicos de educación, sanidad y vivienda. Según datos del PNUD, en países como Bulgaria y Serbia la población gitana es cinco veces más pobre que el resto de la población. Siete de cada diez gitanos en Rumanía no tienen acceso al agua potable y sólo el 2% accede a los medicamentos esenciales. En Kosovo y la República Checa muchos de los niños de etnia gitana no acaban los estudios primarios.

Países europeos, o que aspiran a serlo, no deberían aceptar estas condiciones de vida para sus ciudadanos. Países que se alzan como defensores de los derechos sociales, pero que permiten la exclusión de un grupo de sus ciudadanos sólo por tener otro color de piel y diferentes costumbres. Como ejemplo, el 25% de los españoles piensa que los gitanos no son españoles y un 27% de los jóvenes de este país estaría dispuesto a echar a los gitanos de España.

Ladrones, sucios, vagos... son adjetivos con los que aún se califica a los miembros de esta etnia. Sin embargo, las cosas parecen estar cambiando. Los países de Europa del Este han comenzado a poner en marcha medidas para mejorar el acceso a la educación, al empleo, la sanidad y la vivienda, apoyadas por la UE, el PNUD y Banco Mundial.

En otros países, como España, se trabaja en la sensibilización social y la ruptura de estereotipos para evitar que aparezcan brotes de racismo.

Pero los cambios también se están dando desde dentro. Las mujeres gitanas se han convertido en el motor de progreso de su pueblo. Las estructuras familiares están dejando de ser tan rígidas, las mujeres tienen educación e, incluso, llegan a la Universidad (un 2% de los gitanos se matricula en estudios superiores), los índices de natalidad se están reduciendo y el grado de integración en los países en los que viven es cada vez mayor. Los gitanos quieren ser los protagonistas de sus cambios. Las imposiciones llevan al rechazo y a conductas violentas. Sólo hace falta mirar a Iraq .

 

Ana Muñoz

 Periodista

ccs@solidarios.org.es