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La retórica en los derechos humanos

Las definiciones modifican con el tiempo, se adaptan a los nuevos usos y cambios de la realidad y del lenguaje. Sin embargo, existen determinados paradigmas como los derechos fundamentales o los derechos humanos en los que cada cambio puede suponer un retroceso de siglos, la pérdida de logros conquistados con muchas vidas y experiencias históricas traumáticas.

En los últimos tiempos ha aumentado una corriente peligrosa que trata de instalar la retórica en los derechos humanos para adaptarlos a las necesidades e intereses de cada momento. El informe de Amnistía Internacional (AI) del 2005, publicado recientemente, denuncia éste y otros hechos preocupantes en el retroceso de los derechos y las libertades en el mundo.

El gobierno estadounidense, primer país en firmar una carta de los Derechos del Hombre, trata ahora de restringir la aplicación de los Convenios de Ginebra y de “redefinir” la tortura. Busca así justificar el uso de técnicas de interrogatorio coercitivas, la práctica de mantener “detenidos fantasma” (personas que se encuentran detenidas en régimen de incomunicación no reconocida) y la “cesión” o entrega de prisioneros a terceros países donde se sabe que se practica la tortura.

El centro de detención de Guantánamo se ha convertido en el gulag de nuestra época, consolidando la práctica de la detención arbitraria e indefinida en violación del derecho internacional. Los juicios ante comisiones militares han sido una parodia de la justicia y de las garantías procesales, como denuncia Amnistía.

Si el país que más poder tiene dentro de la ONU desafía sus reglas fundamentales de actuación, marca la pauta del comportamiento de los gobiernos a nivel mundial y provoca un proceso de mímesis, del “todo está permitido”. Detrás de Guantánamo y Abu Graib, aparecen muros de cemento en Israel, torturas en Chechenia, la “crisis” de Darfur, se abren las puertas a la aparición de nuevos Pinochet o Videla, se trasladan los principios de la “guerra contra el terror” a la “guerra contra las drogas”... En definitiva, se desdibujan los límites de lo lícito y se propicia el sentimiento de que renunciar a lo irrenunciable es positivo y necesario si se hace en pos de un objetivo de seguridad nacional o de lucha contra el terrorismo.

Las frías cifras del documento muestran un paisaje devastador. AI considera que en 79 países existen restricciones a la libertad de reunión, asociación, expresión o prensa, en 42 se encarceló a personas sin cargos ni juicio y en 28 hubo ataques indiscriminados contra civiles.

Latinoamérica tampoco se queda fuera de las denuncias de este informe. Las manifestaciones de protesta contra los delitos violentos, en especial los secuestros, se han multiplicado. Las tasas de delincuencia se han mantenido muy altas en las ciudades mexicanas y brasileñas, así como en algunas zonas de Centroamérica donde la pobreza se combinaba con la facilidad para conseguir armas y la herencia de las guerras civiles. Los gobiernos han reaccionado promulgando leyes más severas, que en ocasiones violaban las garantías constitucionales y las salvaguardias en materia de derechos humanos. Han crecido los grupos parapoliciales o paramilitares. Se han dado numerosos casos de linchamiento de presuntos delincuentes en países como Guatemala, México y Perú, donde siguió disminuyendo la confianza en las fuerzas de seguridad.

Las mujeres siguen siendo las grandes víctimas y el 70% de los casos registrados de violencia sexual, violaciones y abusos deshonestos se dan en esta región. Los activistas han sopo rtado todo tipo de dificultades y peligros: intimidaciones, restricciones para viajar, acusaciones infundadas de tener vínculos “terroristas”, detenciones arbitrarias, cargos penales falsos e incluso la muerte. La más reciente en Panamá dónde una protesta por la reforma del seguro social se saldó con d ecenas de heridos y cerca de 200 arrestos.

Si no sentimos cada uno de estos retrocesos como un desgarro en nuestra piel, acabaremos sufriendo la pérdida consentida de todas nuestras libertades. Si nos mantenemos en silencio ahora, después, cuando suframos las consecuencias de esta retórica perniciosa en nuestras carnes, no podremos decir que no nos habían avisado. Las señales están ahí, las vemos todos los años y organizaciones como Amnistía nos facilitan los hechos y los datos periódicamente. Cuando vengan a por nosotros ya no quedará nadie para protestar.

 

Fran Araújo

Periodista

ccs@solidarios.org.es