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Iraq, Afganistán y la cruzada contra las drogas

La ONU ha expresado recientemente su preocupación porque Iraq se ha convertido en un país de tránsito de heroína desde Afganistán hacia Europa, también ha advertido de que Afganistán va camino de convertirse en un narco-estado. En el otro extremo del mundo, Colombia es un caso clásico de Estado socavado por la violencia que comporta el narcotráfico y la capacidad de corrupción del mismo. México le sigue de cerca con más de 130 organizaciones criminales en activo y más de tres muertes violentas diarias.

La cruzada contra las llamadas drogas es el paradigma de la estupidez y el fracaso de las naciones ricas, que son las que la han promovido y la mantienen contra viento y marea.

En Iraq, la situación bélica es propicia para convertir al país en camino seguro para la heroína. Un país ocupado, en guerra civil soterrada, con un 37% de sus habitantes en paro y la cuarta parte de los niños con desnutrición, es fácil que caiga en la narco-industria.

En Afganistán, que tampoco conoce la paz y donde los “señores de la guerra” hacen del Estado un chiste, el negocio de la droga es floreciente y, según la ONU, facilita el 87% del opio del mundo. Involucra a un millón setecientas mil personas y supone la mitad del producto interior.

Según la Oficina de Naciones Unidas para Control de Drogas, el consumo de éstas aumenta. En 1999, esa oficina estudió el consumo de drogas entre 1995 y 1998 y se repitió entre 2000 y 2001: el consumo drogas había aumentado un 11%. En el primer período estudiado había en el mundo 180 millones de personas que consumieron alguna droga, pero en el posterior el número aumentó a 200 millones.

La cruzada contra las drogas, puesta en marcha en EEUU tras el estrepitoso fracaso de la Ley Seca, es una anciana setentona, si atendemos a la fecha en la que se prohibieron heroína y cocaína. Hasta entonces, esas sustancias habían sido utilizadas por médicos y hospitales con finalidad terapéutica o paliativa. Las voces ‘heroína' y ‘cocaína' del prestigioso Diccionario Enciclopédico Espasa-Calpe de 1923 se deshacen en elogios sobre las virtudes sanitarias de ambas sustancias, que son ciertas, pero no se conocían los efectos secundarios ni la capacidad de adicción. La prohibición de las drogas fue un berrinche de los puritanos que no pudieron evitar la derogación de la Ley Seca en EEUU.

Sir Keith Morris, embajador británico en Colombia desde 1990 a 1994, está convencido de que la lucha contra las drogas, planteada como cruzada, no ganará nunca. Morris sostiene desde hace años que la legalización de las drogas permitiría controlar y hacer más seguro el consumo y liberaría presupuestos para tratamiento de toxicómanos, a la vez que dejaría sin las fabulosas plusvalías del narcotráfico a las organizaciones criminales del mundo.

La Oficina para las Drogas de la ONU, sin embargo, no se da por aludida y continúa con sus posturas cuasi religiosas en su estéril lucha contra las drogas hasta el punto de que uno de sus epidemiólogos, Stefano Berterame, ha sido capaz de afirmar que “a veces se han separado las drogas en duras y blandas, pero eso es un concepto engañoso”. Menudo epidemiólogo que desconoce la diferencia de los efectos secundarios indeseables de unas y otras drogas.

El embajador Keith Morris afirmó que “la demanda [de drogas] no ha bajado y no va a bajar” y las propias cifras de la ONU lo testifican año tras año. La cuestión no es si las drogas causan más o menos daños secundarios a los que las toman con la intención de sentirse mejor. ¿Cuántas sustancias legales nos causan males y no las prohibimos? La cuestión es que la ilegalidad de las drogas mantiene viva y pujante lo que el sociólogo Manuel Castells denominó la “Economía Criminal Global” y, como dijo hace unos años Keith Morris, la única solución es legalizar las drogas y dedicar parte del enorme presupuesto que hoy se dedica a combatir el narcotráfico a información y educación, que son el único camino.

 

Xavier Caño

Periodista

ccs@solidarios.org.