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¿Dónde quedó el mundo nuevo prometido?

El final de la II Guerra Mundial hace ya 60 años y la conciencia de semejante catástrofe están en el origen de dos hechos fundamentales: el nacimiento de la ONU y la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Desde ese ángulo cabe analizar qué ha ocurrido después de la gran conflagración tras la victoria contra los nazis alemanes. Más allá de la retórica sobre la victoria de la libertad, como ha hecho Bush la evaluación de la derrota del III Reich, y si esa victoria dio paso al mundo nuevo prometido, debe hacerse desde la perspectiva de los Derechos Humanos, solemnemente proclamados como universales en 1946. El imperio de esos derechos indica si, tras el horror, se alcanzó ese mundo nuevo que debía surgir, derrotado el totalitarismo nazi.

Derecho a la vida, a las libertades, contra las torturas; derechos contra la detención o encarcelamiento arbitrarios, a la igualdad ante la ley, a la presunción de inocencia, a garantías judiciales y procesales en caso de sospecha de comisión de delito; derecho a participar realmente en el gobierno, al trabajo y a un salario justo, a una vivienda digna, a asistencia médica y a educación… La defensa y el cumplimiento de esos derechos marcan diferencias esenciales con el nazismo, derrotado en los campos de batalla. Los Derechos Humanos señalan el carácter esencial, real, de la democracia.

¿Qué podemos concluir 60 años después de la victoria sobre el nazismo?

La democracia, presentada siempre como meta cuando es punto de partida, vuelve a estar en estado precario. Como ha escrito el analista Eduardo Haro Tecglen, “mil fascismos andan sueltos y están representados en la Asamblea General de la ONU. La libertad es de uso muy minoritario, incluso en lo que se llamó mundo libre".

El enfrentamiento en ‘Guerra Fría' contribuyó a vaciar de contenido la democracia y, por tanto, a retrasar el mundo nuevo que debía surgir de la victoria. Tiempo después, se hunde el imperio soviético y, en tanto el mundo crece en desarrollo económico y en capacidad de crear riqueza, se imponen nuevas reglas de juego que incrementan la desigualdad y la pobreza hasta extremos obscenos. Los países democráticos vencedores, ricos y desarrollados, no dudan, por ejemplo, en sustituir al antiguo enemigo rojo por el autócrata Putin al que le importan un rábano los Derechos Humanos y la democracia que los encarna. Es más, en esa nueva Rusia, estos días de conmemoración, alguien ha tenido la osadía de reivindicar al genocida Stalin como ‘gran hijo de Rusia'. Por si fuera poco, la eclosión de un terrorismo indiscriminado, resentido y feroz, de origen islamista da pie al nacimiento de una “teología” de la seguridad que socava principios y valores indiscutibles de la democracia.

En la magna celebración del sexagésimo aniversario del final de la Segunda Guerra Mundial, la Vice-Secretaria General de la ONU, Louise Frechette, declaró que “la caída del régimen nazi trajo esperanza a un mundo barrido por años de conflicto”, y en ese contexto, citó al poeta ruso Leonid Leonor: “Hemos defendido no sólo nuestras vidas y nuestra propiedad, sino también la propia noción del ser humano”. Con los años, con el cambio de reglas de juego, alejada en el tiempo la conciencia del horror de la guerra y del holocausto, ha pesado más la defensa de la propiedad que la del ser humano.

En ese mismo marco de la celebración, el embajador de Israel, Dan Gillerman, rememorando el horror de aquellos años, sentenció que “cuando se siembran semillas de odio sólo pueden crecer el horror y la muerte”. Tal vez debería recordárselo a su jefe de gobierno, Ariel Sharon. Y el embajador ruso Andrejy Desinov sentenció que “la experiencia de la hermandad internacional en armas durante esos años de guerra es hoy particularmente relevante, cuando la civilización afronta otro desafío letal: el terrorismo”.

Retórica y más retórica, pero ni una sola palabra sobre el retroceso que significan los regímenes que violan sistemáticamente los derechos humanos de sus ciudadanos, aceptados y bien tratados por las naciones más poderosas, desarrolladas y democráticas. Ni una sola frase crítica sobre recortes de libertades y derechos en nombre de la seguridad, recortes evidentes desde EEUU hasta Francia, desde Reino Unido hasta Japón y un largo etcétera de países que agitan el viejo grito ¡qué viene el lobo! del cuento infantil para hacer de su capa un sayo y vacían, poco a poco, el sistema democrático.

 

Xavier Caño

Periodista

ccs@solidarios.org.es