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Serie Oriente Medio III: Estado étnico vs. Estado-nación

Recuerdo que a comienzos de la década de los 70, cuando los primeros emisarios de la resistencia kurda lanzaron una espectacular “operación sonrisa” destinada a sensibilizar a la opinión pública occidental y a los organismos internacionales sobre la problemática de este pueblo sin tierra, algunos periodistas europeos se vieron obligados a confesar su ignorancia: “¿Los kurdos? Pero, ¿quiénes son esos kurdos?” La mejor respuesta la facilitó, en aquél entonces, un veterano diplomático persa, hombre de letras, filósofo y, ante todo, ferviente defensor de los derechos humanos. “¿Los kurdos? Es un pueblo que tiene la desgracia de vivir encima de un océano de petróleo situado en los confines de Irán, Iraq y Turquía. Un pueblo al que nadie quiere; su presencia estorba a los gobernantes…”

Durante más de treinta años, los señores de la guerra kurdos trataron de sellar alianzas con Washington y con Moscú, de subastarse los favores de los politólogos y estrategas militares, de buscar el apoyo de las grandes compañías petrolíferas. Los movimientos de guerrilla pro soviéticos y pro americanos procuraban mantener un exquisito equilibrio de fuerzas. En realidad, las tribus dispersas en el triángulo transfronterizo tenían la misma meta: la creación de un Estado – Kurdistán – capaz de aglutinar a la étnia kurda. Pero su ideal tropezaba, sistemáticamente, con el rechazo de los poderes fácticos. De hecho, una de las primeras acciones llevadas a cabo por el ejército popular iraní tras la victoria de la revolución jomeynista fue… la represión y el desmantelamiento de los núcleos nacionalistas kurdos. Pareja suerte corrieron los insurgentes de la región septentrional de Iraq, asesinados (eso sí, con armas de destrucción masiva) por el dictador Saddam Hussein. En Turquía, el Partido de los Trabajadores de Kurdistán (PKK), movimiento de corte marxista teledirigido por los servicios de inteligencia de la antigua Alemania oriental y financiado mayoritariamente por la diáspora turca, logró desencadenar una guerra civil que provocó la muerte de decenas de miles de personas. Acorralados por las unidades de élite de las Fuerzas Armadas turcas, los guerrilleros del PKK hallaron refugio en las montañas del Norte de Iraq. En 1991, después de la primera guerra contra Saddam, los rebeldes trataron de crear las primeras estructuras nacionales en el Kurdistán iraquí, bajo la complaciente mirada de los “consejeros” norteamericanos destacados a la región por la CIA y el Pentágono. Se trataba, al menos aparentemente, de un intento de desestabilización ideado para precipitar la caída del dictador iraquí. Sin embargo, el constante fortalecimiento del tejido social kurdo generó un profundo malestar en el seno de la cúpula militar de Ankara. Entre 1991 y 2001, el ejército turco lanzó varias operaciones de gran envergadura contra los kurdos. Norteamérica se limitó a “lamentar” las decisiones de su aliado, pero sin amenazar con posibles represalias. Más aún: tras el inicio del operativo bélico de 2003, cuendo el Gobierno islámico de Tayyiep Recep Erdogan se negó a compartir la estrategia de Washington, alegando que ningún buen musulmán puede aliarse con el “infiel” contra otro hermano, Norteamérica adoptó una postura muy complaciente.

Al final de la guerra de Iraq, los kurdos llegaron a la triste conclusión de que, pese a su incondicional apoyo a los enemigos de su enemigo Saddam, en el horizonte político no se vislumbraba la posibilidad de materializar su proyecto nacional. Curiosamente, Israel es el único país de la zona partidario del Estado kurdo, es decir, de una entidad nacional que podría debilitar aún más a los regímenes árabes.

Los estrategas de Washington sueñan, por su parte, con el establecimiento de un “imperio chiíta” que controlaría los recursos energéticos en la región del Golfo Pérsico. Sin embargo, ello supondría la desaparición de los Estados existentes: partición de Arabia saudita, división de Iraq, modificación del equilibrio en los emiratos del Golfo, creación de un eje Estados Unidos-Irán-Iraq.

El imperio chiíta es fruto de la imaginación de los politólogos californianos, que defienden su sueño con argumentos a la vez simplistas y maniqueístas. Para ellos, los sunitas – saudíes (igual que Osama Bin Laden), wahabitas y salafistas son los malos, mientras que los chiítas, otrora radicales, violentos y antiamericanos, pero eso sí, perseguidos por los regímenes sunitas son, forzosamente, los buenos. Pero el pensamiento binario de la Administración Bush nada tiene que ver con la realidad, con los verdaderos sentimientos de la opinión pública árabe.

Lo cierto es que la “propuesta democrática” de Washington no contempla el fortalecimiento de las estructuras nacionales de Oriente Medio. Al contrario, en este caso concreto, la regionalización es sinónimo de división. Una vieja estrategia defendida a ultranza por la diplomacia de Tel Aviv.

 

Adrián Mac Liman

Escritor y periodista, miembro del Grupo de Estudios

Mediterráneos de la Universidad de La Sorbona (París)

ccs@solidarios.org.es