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Una cruzada inútil y sospechosa

 

En días pasados han coincidido dos noticias del mismo temario. El Departamento de Estado de EEUU ha publicado su informe anual sobre lucha contra las drogas y en Argentina ha estallado un escándalo que salpica a jefes militares por unas maletas con cocaína enviadas a Madrid.

El informe estadounidense se congratula por la reducción de zonas de cultivo para la elaboración posterior de cocaína y heroína en América Latina y considera que la lucha contra las drogas es un éxito porque, además de esa reducción, descendió el número de consumidores de cocaína en el país. Diversos analistas han coincidido en que el informe rezuma triunfalismo. Si ha descendido el consumo de cocaína ha sido porque ha aumentado el de otras drogas más de moda, ha aclarado Alain Saint Pierre, miembro de un grupo de presión para la reforma de leyes sobre algunas drogas. El informe del Departamento de Estado asegura que se han eliminado miles de hectáreas de cultivo de coca en Colombia, pero Sanho Tree, del Institute for Policy Studies , indica que “por más que el Gobierno hable de éxito, el cultivo de coca continúa ocupando doscientas mil hectáreas en la región andina”. Por si no fuera suficiente, en Afganistán, tres años después de la derrota del gobierno talibán, la superficie de cultivo de amapolas, de las que se obtiene la heroína, alcanza 206.000 hectáreas; antes de 2003 sólo había 1.800.

La otra noticia referida indica que la Guardia Civil española descubrió en el aeropuerto de Barajas de Madrid cuatro maletas con 60 kilos de cocaína. Esas maletas llevaban la etiqueta ‘Embajada Argentina en España' y el hecho ha supuesto la fulminante destitución del jefe de la Fuerza Aérea de Argentina y de diez generales más. Según el juez argentino que investiga el caso, podría tratarse de un auténtico puente aéreo de maletas de cocaína de Buenos Aires a Europa, que podría implicar a miembros de la Fuerza Aérea, responsable de la seguridad de los aeropuertos argentinos.

Un viejo dicho español asegura que no se le pueden poner puertas al campo. Ése es el caso de la pretendida lucha contra las drogas. Olvidando por un momento los cuantiosos intereses generados en el campo de los zares antidroga y de los profesionales de la lucha contra éstas (en forma de enormes presupuestos, altos salarios, prebendas, privilegios y poder) y olvidando también que esta lucha ha permitido recortar derechos y libertades con impunidad o militarizar regiones enteras, la pretensión de acabar con la producción y comercio ilícitos de droga está condenada al más estrepitoso de los fracasos. Como muestran los tozudos hechos. Y eso incluso dejando de lado que mientras existan realidades opacas y oscuras como los paraísos fiscales o persistan principios inmutables como el secreto bancario, el narcotráfico gozará de excelente salud económica y sus grandes responsables podrán integrarse en la vida legal con plena honorabilidad y total impunidad.

Las inmensas plusvalías que la ilegalidad y la persecución proporcionan a las drogas tientan a militares, como en Argentina, y corrompen Estados como Afganistán. Unas plusvalías fáciles que corrompieron hace tiempo a las llamadas Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, como también a sus enemigos, los paramilitares colombianos. E incluso pudrieron servicios secretos especializados en la lucha contra los estupefacientes.

Lo más sensato que se ha hecho en la lucha contra las drogas en los últimos años, a la prolongada espera de que se derogue en todo el mundo la más absurda, ineficaz y criminal prohibición que vieron los siglos, es la política de reducción de daños, desarrollada en Suiza, Holanda, Reino Unido, Australia y España. Esa política reconoce el consumo de drogas como realidad ineludible y procura reducir las consecuencias personales perjudiciales de los consumidores de drogas que no pueden o no quieren renunciar a ellas. Esa reducción de daños se busca con reparto gratuito de jeringuillas y sustitución de dispensación de metadona por suministro de heroína en condiciones sanitarias óptimas. De momento, se ha conseguido reducir o eliminar muertes por sobredosis y la difusión de los virus del sida y de la hepatitis C, así como el fatal descenso hacia la exclusión social de drogadictos y su criminalización.

Pero, conociendo cómo es y cómo funciona nuestro sistema político-económico, uno se pregunta si interesa de verdad acabar con las drogas. ¿O tal vez, de no existir, se inventaría la prohibición de determinadas sustancias con aires de salvífica cruzada?

 

Xavier Caño
Periodista
ccs@solidarios.org.es