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Un mundo pobre, injusto e insolidario

¿Cómo viviría usted –si se puede llamar vivir-con menos de dos dólares al día? Esa es la situación de 1.400 millones de trabajadores, según el Informe sobre empleo en el mundo de 2003 , de la OIT (Organización Internacional del Trabajo). Imagínese el triple de la población de la Unión Europea o cinco veces el total de habitantes de EEUU viviendo con sólo dos dólares diarios. Tal miseria repercute en la familia, a la que sumar la situación de los agricultores del mundo, y el resultado final es que el 49,7% del planeta malvive en la pobreza. Incluso en los países desarrollados aumenta la pobreza que, desde 1990, creció un 25%.

Según la OIT, el objetivo de ONU de reducir la pobreza a la mitad en 2015 tiene escasas posibilidades de alcanzarse; considera que, como mucho, se conseguirá reducir el actual índice de pobreza del 49,7% al 40%. Continúan siendo demasiados pobres.

¿Qué maldición condena a la Tierra? Un sistema de codicia, maquillado con brillantes eufemismos y juegos malabares de palabras pretendidamente científicos, es el responsable. Fíjense hasta que punto hemos creado un mundo absurdo que, aunque la productividad industrial sería clave para acabar con la pobreza, según la citada OIT, la productividad puede destruir empleo. En los noventa, la producción de acero aumentó en EEUU de 75 a 102 millones de toneladas, pero los empleos en esa industria se redujeron a 74.000. La destrucción de puestos de trabajo es la pauta de los últimos veinte años junto con el empobrecimiento de los que se mantienen.

Y si nos fijamos en la agricultura, la evidencia de las causas de pobreza es obscena. Novecientos millones de personas dedicadas a la agricultura en el mundo son pobres o, para ser conceptualmente justos, han sido empobrecidas. Precios de productos agrícolas y prácticas ventajistas de comercio internacional están en el origen. Los precios de algunos productos, de los que dependen una treintena de países empobrecidos, se desploman desde los ochenta.

Nadie con sano juicio puede creer que el inaprensible mercado –pretendidamente acéfalo y anónimo- sea responsable de la desgracia de cientos de millones. El mercado tiene nombres y apellidos. El precio del café, por ejemplo, se ha desplomado un 77% entre 1997 y 2001. ¿Mala suerte? Cuatro transnacionales de EEUU o la UE ( Kraft, Nestlé, Sara Lee y Procter & Gamble ) han controlado y controlan el negocio mundial del café e imponen precios a pequeños y medianos cafetaleros de Guatemala, Camerún, Costa de Marfil, Tanzania o Vietnam.

A principios de los 80, por ejemplo, la paupérrima Haití producía casi todo el arroz que necesitaba. El FMI obligó a abrir su mercado nacional al arroz de los EEUU, fuertemente subvencionado. Hoy, miles de pequeños agricultores han empobrecido y la desnutrición en zonas rurales se ha disparado.

Mil millones de seres humanos de países pobres dependen del algodón directa o indirectamente; es el caso de Burkina Faso, Mali, costa de Perú y región Maharashtra de la India. EEUU dedica cerca de 4.000 millones de dólares a subvencionar a sus algodoneros, aunque sólo un reducido número de grandes empresas (el 10%) recibe casi el 80% de ayudas gubernamentales. También la UE subvenciona a sus algodoneros.

Podríamos continuar con el azúcar, el cacao y un largo etcétera, pero recordemos que otra causa de pobreza en el mundo agrícola es la aplicación de reglas comerciales que son una versión maquillada de la ley del más fuerte, mecanismo que recuerda los procedimientos de gángsters en Chicago años 30. Los países ricos dificultan la entrada de productos agrícolas de países pobres; con la impagable ayuda del FMI, Banco Mundial y OMC, los obligan a abrir fronteras a sus productos, en tanto subvencionan con miles de millones de dólares sus productos agrícolas, condenando a la miseria a pequeños y medianos agricultores de países empobrecidos porque no pueden competir. Y ahora que la OMC empieza a reaccionar, los países ricos pretenden continuar con sus patentes de corso y saqueo con acuerdos bilaterales de “libre comercio”: el acuerdo de EEUU, Canadá y México ha llevado a la miseria a 5 millones de cultivadores de maíz mexicanos.

Hay que acabar con los subsidios y subvenciones y enterrar las actuales barreras comerciales de ricos, imposiciones de desregulación económica y privatizaciones a ultranza y veto a la intervención del Estado. De no hacerse así, no sólo no se acabará con la pobreza sino que aumentará la desigualdad hasta extremos difíciles de imaginar.

Xavier Caño

Periodista

ccs@solidarios.org.es