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Somalia, en el punto de mira del Pentágono

Ángel Alfaro Arriola

revistapueblos.org

“Esperamos de un momento a otro el ataque de los americanos o de los etíopes. No tenemos nada que ver con Al-Itihad - dice con nerviosismo el urgas del poblado al corresponsal de Le Monde-. Los expulsamos hace muchos meses”. Le rodean varias decenas de hombres armados, de larga barba, tocados con el keffi rojo y blanco que distingue a los fundamentalistas de Somalia, un claro desmentido a sus palabras. El-Uach, a 150 kilómetros de la frontera con Etiopía, es un pueblo desolado con casas de adobe decrépitas, una pista impracticable, un pozo pisoteado por los animales, y en los campos, sin una brizna de pasto, los esqueletos de vacas diezmadas por la dura sequía que castiga al país.

Esta es, según el Pentágono, una de las tres bases de Al-Itihad al-Islamiya (Unidad del Islam), la más conocida de las milicias islamistas somalíes. Se formó a principios de los noventa y está vinculada a la red Al-Qaeda desde 1993. Ha luchado por la recuperación del Ogadén, región somalí en poder de Etiopía. Aspiran a unirla en una Somalia islámica. En respuesta a sus ataques y atentados en territorio de Etiopía, las tropas de este país penetraron en Somalia en 1997 y destruyeron varias bases de Al-Itihad. La organización ha perdido mucha fuerza en los últimos cinco años. Su inclusión en la lista del Pentágono sorprendió a muchos analistas. Posiblemente más que por su fuerza real, EEUU se ha guiado por la vinculación ya conocida con Bin Laden. Pero no se puede excluir una supervaloración interesada por parte de los servicios de inteligencia etíopes, o de algunos señores de la guerra que esperan sacar provecho de la intervención americana. La etiqueta de islamista se está utilizando en Somalia para pegársela al contrincante, sin ningún fundamento real o exagerándolo, a favor de los tiempos que corren.

Al-Itihad respalda hoy en día a un gobierno somalí muy en precario, ya que apenas si controla algunos barrios de Mogadiscio, la capital, y zonas colindantes. La denuncia del Pentágono cogió a contrapié al gobierno, que se apresuró a resituarse, negando la relación de Al-Itihad con Al-Qaeda, además “sus dirigentes ya no están aquí ¿para qué bombardear Somalia?”.

Un país desgarrado

Con una extensión similar a la de toda la Península Ibérica, Somalia tiene diez millones de habitantes y está entre los países más pobres del mundo. Se extiende sobre un ángulo recto que forma el Cuerno de Africa, en una línea de costa de 3.000 kilómetros. Sólo un 2% de sus tierras ofrece posibilidades de cultivos, el resto son pastos áridos, que soportan periódicamente largos años de sequía.

El pastoreo nómada o seminómada es, o ha sido hasta hace poco, la ocupación tradicional de la mayoría de la población. El 98% son de la misma etnia y de religión musulmana sunnita. Con los clichés que utilizamos para acercarnos a África, diríamos que es la nación ideal para formar un Estado firme y unido. Nada más lejos de la realidad: divididos en diez tribus y en múltiples clanes y subclanes, se enfrentan perpetuamente en disputas y guerras en las que las alianzas se atan y se diluyen vertiginosamente. Su seña de identidad más tangible sería la orgullosa y guerrera oposición atávica a que exista un Estado que aglutine y domine a todos los clanes. La historia colonial reforzó la tendencia centrífuga. El área de los somalíes fue integrada en cinco conjuntos: Kenia, Etiopía, Djibuti, Somalilandia Británica y Somalia Italiana.

La independencia alumbró en 1960 un país, Somalia, en el que quedaban unidas la parte británica y la italiana, sin consulta a los clanes ni el consenso de éstos. Fuera quedaba el resto, alimentando en adelante el irredentismo somalí, especialmente en el Ogadén ocupado por Etiopía. La anarquía fue inmediata. Noventa partidos de base clánica mostraron la inviabilidad del proyecto estatal. Las armas y el juego de alianzas cambiantes tomaron el relevo a un parlamentarismo impuesto.

La antigua colonia británica del Norte se separó en 1991, creando una realidad interclánica muy peculiar, que funciona como un Estado sin reconocimiento internacional, pero con buenos resultados: Somalilandia. Otra región limítrofe está en la misma línea, Puntlandia, pero sin lograr aún su estabilidad y paz duradera.

El resto del territorio persiste en una situación de caos y guerra permanentes, a pesar de los distintos acuerdos de paz y del actual gobierno de transición, al que se oponen la mayoría de los señores de la guerra. Somalia, un Estado sin ninguna posibilidad de control, reúne todas las condiciones para que se instalen a su gusto actividades financieras, comerciales y armadas de distinta índole, incluidos los campos de entrenamiento para Al-Qaeda, el nacimiento de Al-Itihad con su proyecto de república islámica, el banco Barakka, con su red de Internet y telecomunicaciones, la acción cultural y benefactora de ONGs islámicas: la “galaxia Bin Laden”, según el Pentágono.

En la actualidad el país ha visto añadirse dos nuevas vueltas de tuerca a la miseria: la grave sequía en el Sur deja a 500.000 personas sin reservas de alimentos y el abandono por parte de las ONGs tras el 11-S. Además el bloqueo impuesto por EEUU a la banca Al-Barakka cierra la única tabla de salvación para millones de somalíes: por medio de su sistema de transferencias, llegaban desde la diáspora unos 500 millones de dólares al año.

Los americanos vuelven a Mogadiscio

Aparecieron rutilantemente, con grandes luminarias y cámaras en directo, sobre las playas cercanas a Mogadiscio. Era la operación “Restaurar la Esperanza”, diciembre del 92. Una breve historia de fracasos, desencuentros y muertes propias y ajenas los llevó a una vergonzante evacuación acelerada en octubre del 93. Nada se había logrado y una espina quedó clavada en su orgullo imperial y prepotente.

Ahora se están moviendo más cautelosamente, manejando complicidades, presiones y diplomacias secretas. De momento contienen las posibles acciones armadas contra Al-Itihad. Han puesto fuera de la ley, como vimos, a la red financiero-empresarial de Al-Barakka, presunta tapadera de fondos para acciones armadas, campos de entrenamiento de guerrilleros para Al-Qaeda, infraestructura política y de imagen.

Barcos de guerra alemanes y británicos patrullan a lo largo de la costa para cortar la salida o la entrada a miembros y dirigentes de Al-Qaeda y evitar la llegada de armas. Se han infiltrado en el territorio agentes de inteligencia, además de aumentar los vuelos espías. En Kenia y Etiopía expertos militares y de la CIA trabajan con sus colegas. Por uno y otro medio se trata de situar al enemigo, evaluar su fuerza, planificar acciones e ir tejiendo una especie de Alianza del Norte a lo somalí que, eventualmente, hiciese el trabajo sucio sobre el terreno.

Pero todo se hace con sigilo y cuidando también la imagen. “Los americanos cierran Al-Barakka, pero no nos dan ninguna alternativa”- decían algunos a media voz. Se cortaba la llegada de los fondos imprescindibles para su subsistencia, enviados por sus parientes que trabajan en el extranjero. Hace unos días han comenzado a abrirse oficinas de otros bancos. Y también aparecen centros telefónicos y de Internet, se aseguran servicios y se implanta un sistema “más seguro” que permita controlar conversaciones y mensajes.

Estamos en un compás de espera, al que la población asiste con una mezcla de temor y esperanza.

¿Pueden producirse bombardeos arrasadores como los de Afganistán? No parece probable, al menos con la misma extensión e intensidad. Pero no se pueden descartar acciones puntuales en las que se cargue la mano en medios de destrucción, con una clara finalidad ejemplificadora, “para que vean lo que les puede pasar...” La gente está muy cansada de tantos años de guerra total entre clanes. En la región fronteriza con Etiopía no les importaría una paz, aunque ésta venga en los camiones del ejército invasor. Y ciertamente Etiopía es, dentro del África Oriental, la más interesada en conseguir la “subcontrata” de un posible plan de acción armada para “pacificar la zona”, y de paso eliminar focos guerrilleros de liberación del Ogadén.

Un consejero del gobierno etíope declaraba recientemente: “Los islamistas ligados al terrorismo internacional están por todas partes en Somalia. Es necesaria una operación terrestre para purgar este mal y tomar el control del país. Nosotros podríamos encargarnos de esto con un apoyo logístico americano y contando con la ayuda de nuestros aliados somalíes, por supuesto”.

Kenia vería con buenos ojos una operación de saneamiento de su zona fronteriza con Somalia que acabase con el contrabando masivo de bienes de consumo y armas. A cambio conseguiría apartar la atención sobre las violaciones de los derechos humanos que acompañan desde años al gobierno de Arap Moi. En el 2002 habrá elecciones presidenciales. En casos anteriores la ya precaria situación de una democracia más formal que real sufrió duros ataques a la libertad de prensa o el acoso a los grupos de oposición. La situación puede repetirse o agravarse, ya ha sucedido el año pasado con la actuación de la policía. Su palmarés como tiradores de elite es admirable, con amplia ventaja sobre mafias y similares: su marca del 60% de los muertos por disparo en el período comprendido entre1997-2000 ha sido superada en el año 2001, el 90% de los 232 asesinados lo fueron por acciones policiales. No hay peligro de que los incluyan en la lista de terroristas, ellos están con el “Supremo Jefe”, en la “cruzada” contra el mal.

Tampoco faltan, dentro de Somalia, ofertas de colaboración con EEUU. Muchos señores de la guerra quieren participar en el festival armado. Esperan conseguir ventajas ulteriores en el reparto de poder y de dólares. Paradójicamente los americanos encontrarían en su propio bando a su enemigo mortal desde 1993, Mohamed Farah Aidid, la “bestia negra” que les hizo tragar una retirada vergonzante y un fracaso militar que dejó sobre las calles de Mogadiscio veinte cadáveres de soldados americanos, arrastrados y vilipendiados por una multitud exultante. Aidid está en guerra contra el gobierno de transición porque no se le eligió para presidirlo. Y como a dicho gobierno le apoyaba Al-Itihad, resulta que él también está en el frente antiterrorista. Curiosa carambola que ilustra perfectamente el vertiginoso cambio de bandos y alianzas en Somalia.

También Somalilandia y Puntlandia, los dos territorios separados, apoyarían gustosamente las acciones militares de EEUU, a cambio de un reconocimiento internacional y del apoyo económico consiguiente.

¿Un futuro para Somalia?

Es muy probable que se trate de dar una solución definitiva al problema de Somalia. EEUU no lo considera propiamente país enemigo, como en el caso de Afganistán, sino país amenaza, dada su falta absoluta de control sobre su territorio y sus habitantes que permite la implantación de movimientos extremistas islámicos. Sin embargo hay cierta semejanza entre los dos países: la fragmentación tradicional de actores sociales que apoyan sus diferencias en las armas. En este caso esta línea se remonta a muy antiguo y será muy complicado, si no imposible, imaginar un plan que recabe el consenso de los múltiples clanes, con su maraña de alianzas y sus agravios comparativos. Puede que se cubran las apariencias, porque se puede poner encima de la mesa un suculento montón de dinero. Pero no parece probable que un acuerdo así vaya a durar, si es que se llega a él.

De momento ya ha tenido lugar una reunión en Kartum: los siete gobiernos del África Oriental llaman a una conferencia de reconciliación nacional, para marzo en Kenia, poniendo como base inicial la inviolabilidad de la unidad territorial de Somalia. Ya de entrada excluye las soluciones secesionistas de Somalilandia y Puntlandia. Veremos qué sucede, porque Somalilandia está siendo una experiencia interesante como estructura política basada en los clanes y cuenta ya, desde 1991, con una importante trayectoria constitucional, de funcionamiento del gobierno e instituciones, y todo ello en paz. De todas formas parece que entramos en una época que algunos califican ya como una “segunda guerra fría”. La política americana no ha mimado a África precisamente, y ahora el alejamiento va a ser mayor, lo cual puede ser bueno para una mayor presencia europea. Bush maneja un criterio básico: prioridad absoluta a la lucha contra el terrorismo islámico. En esta cruzada, adobada con la defensa de los intereses económicos, tienen muy poca cabida la ayuda al desarrollo de los países africanos, la democratización de sus políticas o la defensa de los derechos humanos, “acciones” completamente devaluadas en el actual mercado. La política africana de Bush se encamina a un reforzamiento del apoyo a las potencias regionales.

Dentro de este discurso, las relaciones económicas y militares con Nigeria, Sudáfrica y Kenia, percibidas como estados amigos, deberían necesariamente ser reforzadas. Pero la realidad puede ser cosa distinta que la retórica y también aquí podemos encontrarnos con un desenganche de EEUU.

Esto será aún más claro en el apoyo a los países emergentes africanos, dada la ambigüedad o la incomodidad que plantean algunos de ellos, por su problemática interna, política o económica. Tampoco cabe una especial atención a las grandes tragedias humanas: “Son cosas inevitables ¿qué podemos hacer sino aceptarlas?”.

Los intereses de la seguridad nacional de EEUU son absolutamente prioritarios y sus dirigentes van a mirar a África a través de este prisma, aceptando de nuevo sin ascos a presidentes corruptos o manipuladores de una democracia falsa, pero fieles perros guardianes de su país o su región. La fórmula que resume la política africana de la administración Bush es “se acabó la retórica, viva la geopolítica”, que puede ser reemplazada por una variante aún más negativa: “ya se acabó la democracia, viva el antiterrorismo”.

Ángel Alfaro Arriola es miembro de IPES Internacional. Este artículo fue publicado en el nº 1 de la edición impresa de la revista Pueblos , marzo de 2002, pp. 48-50



Fuente: www.rebelion.org