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La reestructuración de Oriente Medio I:

Trompetas de libertad, clarines de guerra

Un fantasma recorre los valles y desiertos de Oriente: es el fantasma de la democratización. De una democratización impuesta por los designios estratégico-energéticos de la Casa Blanca, de una democratización ansiada por los liberales, de una democratización que alimenta las pesadillas del establishment conservador de la mayoría de los Estados que integran el Gran Oriente Medio ideado por George W. Bush.

Conviene señalar que, desde el inicio de la crisis libanesa, que desembocó en la retirada del contingente sirio acantonado en el País de los Cedros, el presidente estadounidense abandonó su habitual tono batallador para adoptar un discurso muy parecido al de los predicadores evangelistas. Así pues, al pasar revista a los recientes acontecimientos del mundo árabe ante los alumnos de la Universidad Nacional de Defensa, el Presidente no dudó en afirmar que “las trompetas de la libertad” anuncian “el último suspiro de los regímenes autoritarios de Oriente Medio”. Estima Bush que los pueblos de la zona apuestan por la democracia y la justicia e insta a los aliados occidentales a apoyar los esfuerzos encaminados a cambiar el rumbo de la historia. Son éstas, qué duda cabe, unas conclusiones excesivamente optimistas, teniendo en cuenta la evolución real del mundo árabe-musulmán, de un conjunto de países incapaces de desembarazarse de las férreas estructuras del Estado teocrático.

Sin embargo, es cierto que algo está cambiando en el conglomerado de naciones que tienen la dicha (o desdicha) de figurar en el mapa del nuevo Oriente Medio. Desde hace más de un año, es decir, después de la publicación del proyecto sobre la creación del “Gran Oriente Medio”, la mayoría de los Estados de la zona envió emisarios a Washington para solicitar información detallada sobre los planes de la Casa Blanca y pedir consejos para la puesta en marcha de políticas nacionales de “democratización”. Algunos enviados venían con ideas muy claras; otros, con el simple deseo de descubrir qué modelo de Estado contaría con el beneplácito de Washington. En ambos casos, las consultas no superaron la fase de tanteo. Los politólogos estadounidenses se limitaron a presentar su esquema de democracia ideal, mientras que los interlocutores árabes trataron de exponer su visión de una sociedad “democratizada”, en la cual los poderes fácticos no renunciarían a su papel dominante.

Al analizar con detenimiento las propuestas estadounidenses y las variopintas respuestas facilitadas por las capitales árabes, los expertos franceses aseguraron que sería prematuro hablar de genuinos vientos de libertad. Para los analistas galos, el compromiso de los regimenes árabes, sean éstos teocráticos o laicos, se limita al simple deseo de modernizar las arcaicas estructuras heredadas de la época colonial. Ello no implica una democratización real ni una auténtica participación ciudadana en la vida pública del país. Sin embargo, se trata de los primeros síntomas del despertar de la sociedad árabe.

Es preciso señalar el hecho de que Norteamérica y sus aliados disienten en cuanto a los modelos que se pretenden introducir en la región. La estrategia estadounidense contempla la creación de Estados étnicos con estructuras sociales parecidas a las de Occidente (véase el ejemplo de Turquía). Israel, principal aliado de Washington en la zona, aboga en pro de Estados étnicos confesionales que, a la hora de la verdad, serían asimilables al Estado judío, extraña mezcla de modernidad y tradición religiosa. Por su parte, los europeos son partidarios de esquemas parecidos a los del Magreb (Túnez, Argelia, Marruecos) es decir, de los modelos diseñados en su momento por las Cancillerías del Viejo Continente.

Pero el cambio depende, ante todo, de los factores locales. En la mayoría de los países, se distinguen tres corrientes: la clase dominante, muy propensa a limitar el proceso a un simple “lavado de cara”; la hasta ahora minoritaria corriente liberal, que propugna la adopción de políticas rupturistas; y un minúsculo segmento de militantes islámicos que tratan de distanciarse de sus respectivas agrupaciones, intentando un acercamiento a los sectores laicos de la sociedad. Desgraciadamente, los escasos intentos de diálogo tropiezan con reticencias tanto por parte de los partidos islamistas, como de la incipiente sociedad civil.

Por ende, cabe recordar que los politólogos estadounidenses estiman que los resultados de esta ofensiva modernizadora serán relativamente escasos y sólo podrán percibirse a medio o largo plazo.

No hay que extrañarse, pues, si algunos, quizás los más pesimistas, se empeñan en asimilar el sonido de las “trompetas de la libertad” del presidente Bush al toque de los clarines de guerra. ¿Por qué será?

 

Adrián Mac Liman

Escritor y periodista, miembro del Grupo de Estudios

Mediterráneos de la Universidad de La Sorbona (París)

ccs@solidarios.org.es