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  La Utopía es hija de la Realidad y Nace para Cambiarla

El siglo XXI nos propone algunas prioridades, tal como el resguardo de la paz, la preservación del medio ambiente, el conjuramiento del hambre, la alfabetización. El orden de estas prioridades no ha podido establecerse todavía; el Protocolo de Kyoto y el Tribunal Penal Internacional son ejemplos de ello. También lo es la expedición militar sobre Irak, que EEUU emprendió desoyendo al organismo internacional.

Otro asunto prioritario es el endeudamiento de los países menos desarrollados. Endeudamiento que condiciona sus políticas internas y externas y que arriesga la paz social, al tiempo que excede su capacidad de pago y les pone en condiciones de vasallaje. Endeudamiento que ha reemplazado a los viejos ejércitos coloniales de ocupación y que captura mercados, materia prima, recursos energéticos y trabajo barato, para luego enviarlos a las metrópolis.

Para acometer estos desafíos propongo considerar esta utopía: condonar las deudas de los países de menor desarrollo relativo en la medida que excedan el 25% de su Producto Bruto Interno. Por ejemplo, si un Estado adeuda a sus acreedores financieros 100.000 millones de dólares y su PBI en el último año fue de 120.000 millones, se le condonarán 70.000 millones. Así, en lo sucesivo adeudará solamente 30.000 millones, que pagará en plazos compatibles con las necesidades de su desarrollo interno.

Antes de avanzar con esta conjetura económica conviene explicar qué es una utopía, para qué sirve, y si puede cultivar alguna amistad con la realidad.

Según el diccionario de la lengua: "Utopía (del griego, lugar que no existe). Plan, proyecto, doctrina o sistema optimista que aparece como irrealizable en el momento de su formulación". Mi propósito es presentarle al lector un proyecto optimista que, si bien aparece como irrealizable en este momento, pretende arreglar en el futuro algunas desventuras que hoy afligen a las naciones.

Queda por elucidar si la utopía puede ser útil para examinar la realidad, y si una y otra pueden operar juntas para producir cambios en la sociedad.

La utopía es hija de la realidad y nace para cambiarla. Es un motor que alimenta el afán revindicativo del hombre, es la carta que dice hacia dónde hay que enderezar la proa. La utopía, dice el poeta, es como el horizonte hacia donde dirige sus pasos el caminante, sirve para caminar.

Cuando la realidad se examina con los instrumentos que ella misma provee el cambio parece imposible, porque todo sistema (social, normativo, cósmico) tiende naturalmente a su autojustificación. En cambio, con la utopía se logra examinar el presente a la luz del cambio que desean incorporar las sociedades, se logra revisar la realidad con instrumentos ajenos a esa realidad, sorteando así la trampa que nos tiende la inercia.

Las desigualdades entre unos estados que concentran los recursos financieros y otros que carecen de ellos, arriesgan la paz mundial. Hace poco leí que la globalización del terrorismo internacional implica que nuevamente el mundo está en guerra. Pero en esta guerra el oponente no habita sólo en tierras de Oriente, sino también en aquellos lugares de Occidente donde la pobreza y la marginación han sentado sus reales. Estas sociedades son islámicas, cristianas, hinduistas, animistas; profesan todas las religiones y tienen variadas culturas. Tienen en común el agobio de unas deudas que nunca podrán pagar y que les someten a condiciones de vida intolerables. Por eso precisan de utopías que les tengan de pie.

El situar el tema de la utopía en el escenario internacional puede mostrarnos las particularidades del imperialismo post-moderno. Los viejos ejércitos de dominación fueron reemplazados por el endeudamiento inducido -cuando no coactivo- de países que proveen trabajo barato, recursos naturales y energéticos y bases para conquistar nuevos mercados.

Esta nueva estrategia de dominación precisa nuevas formas de acción. Por eso mi propuesta de forzar la condonación parcial de las deudas.

Imperialismo y deuda externa son un extremo de la ecuación que hoy condiciona la relación entre los estados. El otro extremo es el recrudecimiento de los conflictos armados, la extensión de la pobreza y la resignación de la voluntad soberana de los países pobres a manos de sus acreedores. La desigualdad entre ricos y pobres creció sin cesar y el fin de la llamada guerra fría marcó el comienzo de muchos conflictos armados, al tiempo que inauguró el terrorismo global.

La utopía que ofrecí a la consideración del lector es, como lo quiere nuestro catálogo léxico, un proyecto optimista que hoy aparece como irrealizable y que pretende explicar una de las causas de la violencia y la marginalidad en el mundo. También es una herramienta que sirve para examinar teóricamente la realidad, sin perecer ante el paleosistema ni acudir a las fórmulas del materialismo dialéctico.

Eduardo Dermardirossian
Escritor argentino
ccs@solidarios.org.es