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  14 de Agosto del 2003

Los Recibos Atrasados
Fran Araújo *

A estas alturas, ya no deberíamos hablar de condonación de la deuda externa. No se trata de perdonar el pago de los intereses o reducir la cuantía del dinero a devolver. La deuda ya se ha pagado con creces.

El PNUD estima que en la década de los 80 los tipos de interés para los países pobres fueron cuatro veces más altos que para los países ricos. Los países endeudados han pagado cuatro veces más de lo que les correspondía según las condiciones iniciales.

En la actualidad, la deuda externa alcanza los 137.000 millones de dólares. Cerca de 2.700 millones más que en diciembre de 2002. No ha dejado de crecer desde su origen.

Los países empobrecidos se introducen así en un espiral en la que las deudas y la pobreza no les permiten emerger a la superficie. Exportan sus materias primas a precios risibles e importan productos manufacturados, muchas veces encubiertos como ayuda al desarrollo como sucede con los créditos FAD (Fondo de Ayuda al Desarrollo), que benefician más a las empresas exportadoras que a los países receptores. Por cada dólar que el Norte envía al Sur en concepto de ayuda recibe tres como cobro de intereses de la deuda externa del Tercer Mundo

Esto resulta aún más desconcertante si tenemos en cuenta que la comunidad internacional se ha comprometido a llevar a cabo unos objetivos de desarrollo antes del 2015. Entre ellos destacan: reducir la pobreza mundial, alcanzar una educación primaria universal y reducir la mortalidad infantil en dos terceras partes. Por el contrario, dos tercios de los 43 países más pobres gastan más en el servicio de la deuda que en los servicios sociales básicos. Invierten más en librarse del lastre pasado que en construir un futuro próspero.

Otro argumento que cada vez cobra más peso para demostrar que la deuda ya está saldada es el de la Deuda Ecológica. La Deuda Ecológica se origina por el uso desproporcionado de los recursos naturales del Sur por las empresas del Norte. En ella se cuantifica lo que se ha dejado de pagar en materias primas y conocimientos sobre semillas. Sin olvidar el uso de las cuotas de emisión de CO2 permitidas. Si se hiciese un reparto equitativo, los países enriquecidos deberían invertir cerca de noventa mil millones de dólares en reducir su emisión a un límite sostenible. Es decir, contaminan en el lugar de los países del Sur y se ahorran enormes cantidades de dinero en reducir sus emisiones.

No se puede olvidar tampoco la responsabilidad de los gobernantes del Sur por la evasión de capitales destinados al desarrollo de su país y la distribución desigual de la ayuda internacional. El lingüista Noam Chomsky defiende que no son los países los que se endeudan, sino sus dirigentes, respaldados casi siempre por las grandes potencias. Si tenemos en cuenta que gran parte del dinero prestado no ha ido a parar a su destino, son los gobernantes los que tienen la responsabilidad de devolver el dinero. Se estima que la deuda se saldaría con creces si se repatriase el dinero evadido en paraísos fiscales e inversiones en el extranjero.

Estos países llamados empobrecidos son inmensamente ricos. Una política internacional adecuada y justa y una ayuda real al desarrollo los convertían en economías emergentes. Sólo es necesaria la voluntad real del cambio y aparcar la búsqueda del beneficio a toda costa, para gozar de una economía más equitativa y sostenible.

En un mundo globalizado en el que la crisis argentina afecta al mercado mundial y la caída de la bolsa en Japón arrastra a Occidente, hace falta desarrollar una responsabilidad planetaria. Todos somos responsables de todos. Esto supone la toma de conciencia y la aceptación de una corresponsabilidad en la deuda internacional, tanto de las causas como de las soluciones. La deuda ya está saldada.

Los países del Norte tendrían que romper los recibos atrasados y renegociar el contrato en condiciones de igualdad. No se trata de ayudar al desarrollo, sino de sacar el pie de encima para que llegue de manera natural.

* Periodista