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  15 de Diciembre del 2002

La Desconocida Guerra Civil de Costa de Marfil

Juan Carlos Galindo
Agencia de Información Solidaria. España, diciembre del 2002.

El 19 de septiembre de 2002, fuerzas rebeldes atacaron algunas de las principales ciudades de Costa de Marfil. Poco se sabía del movimiento de oposición hasta que un mes después los rebeldes del norte del país constituyeron el Frente Patriótico de Costa de Marfil, dirigido por el sindicalista Guillaume Soro y por Ibrahim Coulibaly. Las televisiones y los medios de comunicación occidentales se limitaron a sorprenderse de que tales acontecimientos ocurrieran "en uno de los pocos países estables de África". Sin embargo, este argumento queda muy lejos de la realidad política y social de este país del África Occidental. La corrupción y debilidad de la clase política, la ausencia de legitimidad democrática de sus gobernantes, el racismo o la extrema desigualdad social son algunos de sus problemas más acuciantes. De hecho, la rebelión iniciada en el norte del país no es sino el resultado último de una situación estructural problemática.

El problema esencial es étnico. No se desprecia tan sólo a los cientos de miles de trabajadores extranjeros africanos que se encuentran desde hace varias generaciones en Costa de Marfil (y a quienes se niega la nacionalidad), sino también a las etnias originarias del norte del país. La cuestión de "l'ivorité" (por la que sólo pueden participar en las elecciones aquellos considerados como originarios puros de Costa de Marfil) no es sólo una artimaña política urdida por Laurent Gbagbo para hacerse con el poder en las elecciones de 2000 (su máximo rival, Alassane Outtara, quedó descartado a causa de la nacionalidad de su madre, nacida en Burkina Faso). En realidad se trata de la máxima expresión del racismo de las elites del sur hacia los habitantes del norte del país. Pero el problema viene de lejos. La zona sur ha sido, gracias a sus riquezas naturales y sus grandes plantaciones de productos de exportación (café, bananas y cacao), el puntal del crecimiento del país. De allí ha surgido la elite de gobernantes que no han hecho sino privilegiar el desarrollo de esa región: desde Felix Houphouët- Boigny, padre de la independencia y primer jefe de Estado del país, hasta Henri Bédié y Laurent Gbagbo (originario de una de las mayores zonas productoras de cacao del mundo, ahora asediada por los rebeldes). La discriminación llega hasta la selección de policía y del ejército: el 80 por ciento de la promoción de la gendarmería de 2001 pertenece a los grupos étnicos de Gbagbo y su antiguo ministro de Defensa.

Sin embargo el problema étnico está lejos de ser el único en Costa de Marfil. De hecho, a pesar de sus riquezas, la dependencia del precio mundial del cacao y el café (que no deja de bajar desde finales de la década de los setenta) ha provocado un retroceso hasta ahora imparable: la esperanza de vida se sitúa por debajo de los 50 años y el futuro del país se encuentra hipotecado: más de la mitad de la población es analfabeta y a finales de los noventa era el país con el índice de deuda externa per cápita más alto del mundo. Al mismo tiempo, la inmensa riqueza forestal de Costa de Marfil desaparece por uno de los procesos de deforestación más rápidos del planeta.

Es en este contexto en el que se inician las acciones de los rebeldes del norte del país. El 17 de octubre se firmó un alto el fuego entre las dos partes que no ha sido respetado. Peor aún: en medio de la confusión reinante, un nuevo grupo rebelde hizo su aparición el 28 de noviembre. Se proclamaron partidarios de Robert Gueï (militar golpista y jefe de estado entre 1999 y 2000, asesinado en extrañas circunstancias) y dominaron rápidamente varias de las ciudades más importantes del país. En la actualidad, Costa de Marfil se encuentra dividida en dos zonas: al norte los rebeldes y al sur los leales a Gbagbo.

La presencia de tropas francesas de interposición no ha logrado evitar las masacres. En la ciudad de Monoko- Soy, en el sudeste del país, al menos 120 personas fueron asesinadas el 29 de noviembre, fecha en la que las tropas leales a Gbagbo tomaron la ciudad. No es el único caso: escuadrones de la muerte formados por mercenarios franceses y sudafricanos y tropas leales al jefe de Estado, han secuestrado y asesinado, saqueado casas y destruido poblaciones enteras y no parece que el comportamiento de los rebeldes sea mucho mejor.

El Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) ha denunciado que más de 50.000 refugiados de otros países vecinos se encuentran en las zonas de los enfrentamientos y se han empezado a producir los primeros desplazamientos internos entre la población marfileña. Por otro lado, el exceso de protagonismo de todos los jefes de estado de la zona, ansiosos por erigirse como mandatarios de paz, y la incapacidad de la comunidad de países del África Occidental por desplegar de manera eficaz sus fuerzas de interposición, empeoran la situación.

Es imprescindible una mediación internacional que pueda poner fin a la guerra, lograr la reestructuración de la sociedad, combatir la desigualdad racista y renovar la clase política. Quizás así Costa de Marfil pueda alcanzar esa estabilidad tan loada que nunca ha conocido.