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  30 de Noviembre del 2002

Etiopía se Muere de Hambre

Jacobo Quintanilla
Agencia de Información Solidaria (AIS). España, noviembre del 2002.

Etiopía vuelve una vez más a estar entre las emergencias de la ONU. Seis millones de personas pueden morir de hambre en los próximos meses a consecuencia de la sequía que asola el país desde hace dos años. De ellos, cerca de 1,4 millones son niños menores de cinco años. Sin embargo, todos los datos apuntan a que podrían ser entre 10 y 14 los millones de personas que podrían morir el próximo año si los organismos internacionales y los países más ricos no actúan de inmediato.

Esta vez la sequía es la causa principal de la hambruna. Pero no debemos obviar que existen otros motivos. La precaria situación económica y social (más de la mitad de la población vive con menos de un dólar al día) contribuye enormemente a la propagación de hambrunas, a lo que hay que sumar una recién finalizada guerra fronteriza con Eritrea y una ayuda internacional escasa y coyuntural que no soluciona los problemas crónicos y estructurales. Además, en un país principalmente agrícola, donde el 85% de la población se dedica a la agricultura y su Producto Interior Bruto (PIB) es un 50% agrícola, la carencia crónica de infraestructuras en las zonas rurales ha contribuido a incrementar la catástrofe.

Efectivamente, la terrible sequía que los dos últimos años viene azotando Etiopía ha echado a perder todas las cosechas del país, ha diezmado una quinta parte del ganado y ha devastado las áreas de pastoreo y las reservas de agua. A pesar de estos datos, es difícil de comprender cómo el país africano con la población ganadera más grande de África y la décima del mundo puede morirse de hambre.

Contra las inclemencias climáticas poco se puede hacer. En cambio, sí podemos prevenir riesgos y minimizar consecuencias ante una situación que sabemos viene repitiéndose desde hace décadas.

En 1984 la hambruna sembró más de un millón de muertos en todo el país. Esta vez la situación es si cabe peor. En aquella ocasión el número de personas afectadas por la hambruna era entre un 30 y un 50% de las que están amenazadas ahora. "Así que si aquello fue una pesadilla, esto será un cuadro demasiado pavoroso para contemplarlo", ha señalado Meles Zenawi, primer ministro etíope.

Etiopía tiene la incidencia más alta del mundo de desnutrición. La cantidad de kilocalorías por habitante y día en Etiopía es las más baja del mundo (1585). El mínimo normal exigido por la Organización Mundial de la Salud (OMS) es de 2650 kilocalorías y el mínimo de subsistencia para no morir de hambre es de 1650. Además, tiene uno de los porcentajes más bajos del mundo en educación primaria y el sida afecta a un 30% de la población adulta, hecho que condiciona también la producción de alimentos. Por si fuera poco, las carencias sanitarias, una atención médica inadecuada o inexistente y la contaminación del agua han provocado que en algunas comunidades se estén produciendo epidemias como la malaria que están llevando a la población a una situación aún más crítica.

A pesar de una leve mejoría en la economía del país en los últimos años, aún son evidentes las secuelas de una guerra absurda con Eritrea que ha devastado miles de hectáreas, ha desplazado de sus hogares a 350 mil etíopes y ha dejado ciertas zonas del país sembradas de minas. Todo esto supone un lastre demasiado pesado para reflotar un país de más de 62 millones de habitantes que según los índices de desarrollo humano del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) se encuentra, con 110 dólares de renta anual por habitante, en el puesto 171 de 174 entre los países más pobres, menos desarrollados y más desfavorecidos del planeta.

En el presente año, el Programa Mundial de Alimentos (PMA) ha recibido 300 mil toneladas de alimentos por un valor de 130 millones de dólares para alimentar aproximadamente a 3 millones de personas al mes en Etiopía. Unas ayudas insuficientes ya que las necesidades reales de alimentos para 2003 son de entre 1,5 y 2 millones de toneladas.

Las necesidades de ayuda serán pues muy importantes en los próximos meses, aunque aún lo serán más los programas de desarrollo sostenible a medio y largo plazo que eviten la dependencia de una ayuda alimentaria internacional que sostiene a Etiopía desde hace más de 20 años. Ayuda que a menudo se convierte en yugo opresor de sus maltrechas economías al tratarse muchas veces no de ayudas humanitarias gratuitas, si no de una variante más de una insostenible deuda externa. De nada sirvió que se reunieran en Nairobi (Kenia), a principios de julio del año pasado, los representantes de los gobiernos de los Estados de la zona, de los organismos de la ONU y de distintas ONG para lograr la seguridad alimentaria a largo plazo. Nada se ha avanzado.

Una vez más el espectro del hambre vuelve a recorrer el Cuerno de África, donde más del 40% de los 160 millones de personas de la región padecen una inseguridad crónica de alimentos.