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  El Manual del Golpe de Estado, Aplicado Fielmente en Venezuela

Xavier Caño Tamayo
Agencia de Información Solidaria (AIS). España, octubre del 2002.

Catorce militares venezolanos (que protagonizaron el intento de golpe de estado del 11 de abril) se han declarado en desobediencia ante las cámaras de las televisiones y han pedido al pueblo y al ejército que se rebelen contra el Presidente Hugo Chávez. Tras el fracaso del intento de derrocamiento de Chávez, es una vuelta de tuerca más en la puesta en práctica de un manual del golpe de Estado en Latinoamérica aplicado desde hace medio siglo, presumiblemente creado por la CIA.

Esta rebelión militar reducida sucede a una huelga general de doce horas (sólo seguida por las clases media y alta), convocada por la llamada Coordinadora Democrática; y también a la manifestación de miles de venezolanos de esas mismas clases en Caracas días antes. El broche de oro del golpismo neoliberal lo ha puesto Carlos Ortega (proclamado secretario general de la Confederación de Trabajadores Venezolanos en un clima electoral sindical de violencia e irregularidades), miembro fundador de la autodenominada Coordinadora Democrática: "Si no nos ponemos de acuerdo (con el presidente Chávez), lamentablemente, irreversiblemente, vamos a una guerra civil".

¿En qué han de ponerse de acuerdo? Probablemente en cómo volver a la situación anterior a Chávez. Es decir, regresar a una Venezuela en la que la Iglesia Católica cobre una sustanciosa subvención estatal (el Gobierno de la nueva República Bolivariana la recortó); volver a los cuantiosos subsidios a la enseñanza privada en detrimento de la pública; derogar leyes tan molestas para los poderosos como las de tierras y de pesca porque redistribuyen la riqueza... y, sobre todo, privatizar Petróleos de Venezuela. En resumen, que la nueva República abandone sus planes de una estructura económica más justa; Chávez no ha hecho el menor intento de abandonar el sistema capitalista, como lo acusan con ferocidad grupúsculos dogmáticos marxistas.

Lo único que pretende y no ha ocultado es huir del capitalismo empobrecedor como de la peste. No quiere tratos con el FMI y abomina públicamente del neoliberalismo. Esos son los pecados que agravan el pecado mortal de oponerse a privatizar el petróleo venezolano. Y, para que no haya error, veamos quiénes componen la Coordinadora Democrática: los corruptos partidos tradicionales que condenaron al 80% de la población venezolana a la pobreza, la patronal Fedecámaras, los poderosos medios de comunicación privados, la Iglesia católica, un sector reducido del Ejército, la Confederación de Trabajadores Venezolanos (una organización corrupta que negoció con los empresarios vendiendo a sus afiliados a cambio de propinas para sus dirigentes), los altos directivos despedidos de "Petróleos de Venezuela", Gustavo Cisneros multimillonario de origen cubano (propietario de un imperio mediático en 30 países)...
No se trata de defender a Chávez ni de decir cuánto ha hecho. O dejado de hacer. Los ciudadanos venezolanos lo han elegido por abrumadora mayoría y es el presidente legítimo de la República. Algo que parecen ignorar los golpistas.

Tal como van las cosas, esta Venezuela presidida por Hugo Chávez huele a Chile en 1973. El manual del golpe de estado se empezó a aplicar en Latinoamérica en 1954, con el derrocamiento de Jacobo Arbenz en Guatemala; Arbenz había iniciado reformas que inquietaron a la poderosa United Fruits Company. La racha continuó con la República Dominicana en 1965 cuando el reformista Juan Bosch fue expulsado de la presidencia por la descarada intervención del ejército de los EEUU que entregó el poder a un gobierno ultraconservador. El golpe de Chile estalló en septiembre de 1973 y luego ha habido otros conatos, como el de Paraguay en 1999, desmontado por una amplísima movilización ciudadana.

El no escrito ni publicado manual del golpe de estado recomienda crear confusión e intoxicar a la opinión pública. En Venezuela, los poderosos medios de la pretendida Coordinadora Democrática (los cinco canales privados de televisión y nueve (sobre diez) grandes diarios) han contribuido con entusiasmo a desinformar. El golpista vicealmirante Víctor Ramírez Pérez lo expresó nítidamente: "Tuvimos un arma fundamental: los medios informativos".

Los medios informativos mintieron, acusaron sin pruebas ni indicios, calumniaron, insultaron, ocultaron, distorsionaron... llegando hasta el surrealismo. Por ejemplo, atribuyeron a Ignacio Ramonet, director de Le Monde Diplomatique unas declaraciones (publicadas en portada en El Nacional) denigrando a Hugo Chávez, declaraciones que Ramonet desmintió en cuanto se enteró. También se llegó a publicar que Chávez había llegado a un acuerdo con Hezbolá (el grupo guerrillero integrista proiraní) ¡para establecer una base de operaciones de Irán en Venezuela!

Desinformado e intoxicado el país, otra fase importante del manual del golpe de estado es la ingobernabilidad. Se contó con la inestimable ayuda de altos y medios funcionarios que boicotearon programas, sabotearon proyectos, paralizaron transferencias de fondos a municipios y frenaron la acción gubernamental. Y, finalmente, algunos muertos para aducir desorden público y justificar la intervención de fuerzas armadas desleales a la democracia. Los muertos los facilitaron unos misteriosos francotiradores apostados en tejados próximos al lugar por donde discurría una manifestación opositora a los que se acusó de ser partidarios de Chávez. Periodistas europeos, como Maurice Lemoine, enviado especial a Venezuela, demostraron con imágenes la falacia del montaje y de la acusación.

El golpe fracasó, pero los golpistas no renunciaron y el primer acto de la nueva fase fue la absolución del delito de rebelión a cuatro jefes militares golpistas por el Tribunal Supremo de Venezuela (por 11 votos contra 8). Ivan Rincón, presidente del Supremo que votó contra la ponencia de absolución, dijo que "se silenció totalmente el análisis de las pruebas, los vídeos que consignó el fiscal".

En Venezuela, una vez más queda claro que los grandes poderes económicos y sus fieles sirvientes tienen otra idea de democracia que la que aporta la historia del pensamiento político. Democracia siempre y cuando les permita obtener máximos beneficios, aún a costa de la pobreza de la mayoría; otra cosa es revolucionarismo. Y si hay que derrocar a un presidente democráticamente elegido, se le derroca.