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  Pensamientos al azar sobre el "anti-americanismo" y sobre el bien, el mal, los huevos de pato y la cerveza caliente en China

Gary Leupp
Counterpunch, 24 de septiembre de 2002

Traducido para Rebelión por Germán Leyens

Si alguien le hubiera preguntado a Karl Marx (ya saben, el autor del Manifiesto Comunista y del Capital), por ahí por 1860, cuál era la nación más avanzada y progresista del globo, hubiera respondido sin dudar: Estados Unidos de América. Consideraba que tenía las instituciones políticas y sociales más democráticas del mundo. En 1864, Marx escribió, en nombre del Consejo Central de la Asociación Internacional de Trabajadores, con su central en Londres, una carta al Presidente de EE.UU., Abraham Lincoln. Felicitó a Lincoln, por quien sentía gran admiración, por su reciente triunfo electoral y por la victoria del Norte sobre el Sur en la Guerra Civil. "Desde el comienzo del titánico conflicto estadounidense," escribió, "los trabajadores de Europa sintieron instintivamente que la bandera de las barras y las estrellas portaba el destino de su clase." (Así promocionaba el padre del socialismo científico, el heraldo del Comunismo Internacional, las barras y las estrellas.) Desde luego, Marx había arremetido contra las infamias de la esclavitud, "la remoción de los indios," y las condiciones de la aún incipiente clase trabajadora industrial en EE.UU., pero dentro de su amplia visión de la historia mundial, las virtudes y el potencial de EE.UU. compensaban con creces sus defectos y crímenes.

La mayor parte de los estadounidenses de nuestros días manifestarían su acuerdo con el brillante judío alemán que en su época y después influenció a tantos sobre tantas cosas. Es decir, considerando la historia de EE.UU. en el siglo diecinueve, encontrarían más bien que mal aun en una sociedad cimentada en gran parte en la exterminación o el traslado forzado de la población indígena de EE.UU., en el tráfico con seres humanos de África, y en la anexión de territorio mexicano, lo que en el mundo de hoy sería considerado como algo criminal (bastante análogo al intento de anexión de Kuwait por Irak). No voy a disputar esa evaluación positiva de ese segmento de nuestro pasado (por lo menos por el momento). En días en los que una visión neo-maniquea, simplista, absolutamente estúpida del mundo está ganando preponderancia, pienso que es importante ver la historia de una manera realista, desapasionada (como lo hizo Marx), y reconocer que siempre ha habido interacciones complicadas entre el bien y el mal en la sociedad humana. (Sugeriría que debiéramos aplicar el mismo enfoque al examen de los experimentos socialistas del siglo veinte. Por un lado, las impresionantes estadísticas de crecimiento en la URSS y en la República Popular China antes de la restauración del capitalismo. Logros innegables en la educación y en la atención sanitaria que han dejado su legado positivo. [Baste con comparar las estadísticas de alfabetización, mortalidad infantil y longevidad en las antiguas repúblicas soviéticas Uzbekistán, Kazajstán, Turkmenistán y Tayikistán con las de Pakistán y Afganistán.] Mayor igualdad para las mujeres; extraordinarios logros en la ciencia y la tecnología; liderazgo en la derrota global [provisional] del fascismo en los años 40. Todo esto es bueno, en su mayor parte, pienso. Por otro lado, los gulags y las purgas y los desastres políticos. Trágico, sí, incluso malo. Aun la gente y los movimientos que intentan hacer mucho bien hacen errores y cometen crímenes. El mundo real es complejo, y no hay utopías. Es mejor acostumbrarse a esa realidad, y ajustar las propias expectativas correspondientemente.) Mirando a EE.UU. en nuestros días, uno obviamente ve -junto con mucho mal, incluyendo una atroz diferencia en los ingresos y la pobreza que ayuda a producir el mayor nivel de encarcelamiento del mundo, sobre todo por crímenes sin víctimas -muchas cosas que admirar y apreciar. Y por lo tanto el mundo, en general, ve a este país favorablemente. Incluso en el mundo islámico, según una encuesta Zogby de junio, EE.UU. es el país más admirado de todos.

Pero de México a las Filipinas, la admiración es para nosotros, el pueblo estadounidense, y la cultura que ha creado (que incluye una orgullosa historia de lucha contra la opresión), no para el gobierno de EE.UU., o sus militares, o las corporaciones de EE.UU. que deciden de la suerte de cientos de millones. La gente en todo el mundo distingue entre el pueblo estadounidense y el gobierno de EE.UU., tanto más, probablemente, en la actualidad que en ninguna otra época en la historia reciente. Puede ocurrir que un niño palestino que quema una bandera de EE.UU. encolerizado porque un ataque de un F-16 mató a una docena de niños en Gaza tenga puesta una camiseta del Boston Celtics y tenga el último álbum de No Doubt en su tocadiscos de CD en casa.

Estaba cenando con amigos hace algunos años en Hohhut, en Mongolia Interior, en la República Popular China, cuando un anciano de etnia mongol, en un viejo uniforme del Ejército Popular de Liberación, vino a nuestra mesa a decirnos que le gustaban los estadounidenses. Dijo que cuando estaba combatiendo con Mao contra los japoneses, los estadounidenses eran amigos de China. Pero, dijo fuerte y enfáticamente, el actual gobierno de EE.UU. está podrido. (Dijo que el gobierno chino, entonces todavía dirigido por Teng Hsiao Ping, también estaba podrido.

Nadie se inmutó en el concurrido restaurante. Chinos patriotas denuncian al gobierno abiertamente estos días. No se sienten intimidados, después de Tiananmen. "¿Qué van a hacer? ¿Matarme?", se ríen. El mundo puede aprender de su coraje.) En todo caso, pensé que el punto de vista del anciano y la distinción que hacía entre el pueblo y el gobierno de EE.UU. -comúnmente expresada en China. Oigo, también, de estudiantes estadounidenses que vuelven de las universidades en Europa, China, y virtualmente de cualquiera parte, que aunque los aprecian personalmente, su gobierno (y debiera poner comillas en el "su") es ampliamente rechazado. Los estudiantes se sienten provocados, y a veces realmente chocados, por el grado de animosidad que la política de EE.UU. provoca en el mundo- pero complacidos (ya que a nadie le gusta que le den una paliza) de que no se les haga personalmente responsables por el retiro de EE.UU. del Tratado de Kyoto, o por el sabotaje del Tribunal Penal Internacional, o el endoso de la asesina política de Sharon en Cisjordania, etc. La mayor parte de la gente del planeta parece reconocer que nosotros los modestos ciudadanos normales de EE.UU. no decidimos realmente nuestra política exterior. Es algo bueno, y tal vez explique por qué el 11 de septiembre fue una horrible anomalía en lugar de ser una especie de incidente rutinario.

Esto me lleva, aunque sea por un desvío, al tópico: el adjetivo "antiamericano", y su elevación a una postulación de un sistema de pensamiento: el "antiamericanismo"- (El término "un-American" [no-americano] se encuentra menos frecuentemente estos días, tal vez porque fue tan desacreditado por los abusos de poder del Comité de Actividades No-americanas de la Cámara de Representantes de 1937 a 1969. El término y el concepto, criminalizando virtualmente no sólo a la oposición a un EE.UU. imaginario, sino a la simple no-participación en éste, o a la falta de apoyo o entusiasmo a favor de la noción de alguien sobre lo que es "americano", son realmente aún más peligrosos que "antiamericano".) ¿Qué significa ser "antiamericano," o adherir a la ideología postulada, el antiamericanismo? Me basaré en mi propia experiencia. Después de haber ayudado a organizar un seminario modestamente exitoso sobre la "Guerra contra el terrorismo" en mi universidad el año pasado, se me acercó una de mis estudiantes, que también se oponía a las medidas de la administración Bush, y que participaba en el equipo del periódico del campus. Me preguntó si podía entrevistarme sobre mis puntos de vista y actividades políticas; acepté. En esa entrevista, expresé mi opinión de que el gobierno de EE.UU. despliega a intervalos regulares su fuerza militar por todo el mundo, utilizando varios pretextos, pero en general para crear un ambiente óptimo para las operaciones de las corporaciones de EE.UU. y la acumulación de la riqueza corporativa. Lo que es verdad, por cierto, para mejor o peor. Pero la reacción de la prensa de derecha del campus no tardó. Estudiantes, a los que jamás había encontrado, informaron en el "periódico del pensamiento conservador" de Tufts, que a "Leupp no le gusta EE.UU.," etc. Ya que realmente no es el caso (hay muchas cosas sobre mi país que me gustan, así como hay montones que me hacen vomitar, lo que es probablemente el caso con los mismos estudiantes escritores y con la mayor parte de los estadounidenses), consideré una respuesta, y recordar gentilmente a los confundidos jóvenes escritores que la calumnia a veces tiene ramificaciones legales. Pero pensé que más valía ignorar el artículo, que atraer atención hacia una publicación que la mayor parte de la gente en mi campus descarta de todas maneras, porque opina que tiene una calidad al nivel de Ann Coulter, [periodista que sugirió en una publicación de derecha que la respuesta a los ataques terroristas debería ser "invadir sus países, matar a sus líderes y convertirlos al cristianismo" y que "Debemos exigir pasaportes para viajar dentro del país... en caso de que se trate de varones de piel aceitunada de aspecto sospechoso".N.d.T.] Pero me hizo pensar. ¿Por qué interpreta un estudiante universitario, o cualquiera otra persona, un reconocimiento realista del carácter imperialista de este país, y la oposición a la guerra imperialista, como un ataque contra la esencia de EE.UU.? ¿Cuál es esa esencia? Digresión. En el mismo viaje a China que mencioné antes, visité Datong y sus magnificentes emplazamientos artísticos budistas. Después de llegar por tren al anochecer contemplé la puesta del sol parado frente a la estación, comiendo huevos cocidos de pato rociados con una botella de la cerveza local (excelente, aunque tibia). El vendedor de huevos de pato se me acercó algo tímidamente y me preguntó, obviamente un extranjero, "¿Qué piensa de China?" "Tahao," respondí cortés y diplomáticamente, en mi mandarín del manual de conversación.

"¡Muy buena! Su cara se llenó de desdén. "Buhao (nada de bueno)," insistió. Comprendí lo que quería decir, desde luego. No sé mucho chino hablado o escrito, pero he estudiado japonés, y muchas palabras escritas japoneses se derivan del chino. Así que escribí en el aire, con mi dedo, la palabra japonesa seifu, que quiere decir "gobierno," y expresé mi acuerdo con que el gobierno chino era buhao. El vendedor de huevos de pato se quedó deleitado con ese comentario tan racional, y pasó a pedirme mi opinión sobre distintas personalidades de los gobiernos chinos de aquel entonces y más recientes. Estuvimos totalmente de acuerdo en nuestro veredicto de buhao sobre Teng Hsiao Ping, unos meses antes de su muerte, y se juntó una muchedumbre interesada (como sucede en China cuando ocurren conversaciones políticas) y vimos que teníamos, en general, una visión común de la historia reciente de China.

Así que volviendo al tópico del anti-[escoja el país]-ismo: ¿era "anti-chino" ese joven en Datong? Me imagino que ama el maravilloso paisaje del norte de la provincia de Shangxi; que ama sus huevos de pato y la tibia cerveza local; tal vez ama la poesía de Du Fu, probablemente aprecia la música de Cui Jian (uno de los mejores músicos de rock del mundo, y un ejemplo del bien que la cultura de EE.UU. puede hacer en el mundo)- Es decir, probablemente ama su medio ambiente, ama su país, se lleva bien con sus vecinos. Sólo odia al gobierno, lo que parece eminentemente razonable, ya que, en realidad, es bastante malo.
Y así esta serpenteante reflexión me conduce al heroico Samuel Clemens. ¿Qué figura más intrínsecamente estadounidense que el autor de "Las aventuras de Mark Twain", "Las aventuras de Huckleberry Finn", "Un yanqui en la Corte del Rey Arturo", "La Tragedia de Pudd'nhead Wilson" (Cabeza de calabaza), etc.; esa imponente personalidad de las letras estadounidenses que conocía tan íntimamente el interior del país, sus acentos, sus ritmos, su alma? Samuel Clemens (conocido como Mark Twain, 1835-1910) pasó la última década de su vida atacando al gobierno de EE.UU. por su ocupación de las Filipinas y las otras colonias que adquirió después de la Guerra Hispano-Estadounidense de 1898. Fue uno de los máximos dirigentes de la Liga Antiimperialista, una organización de estadounidenses apasionadamente opuestos a la política exterior de EE.UU., desde 1900. A todo estudiante al que se le asigna una de sus obras, debiera enseñársele esto, aunque sea sólo como una información biográfica básica: Mark Twain odiaba al imperialismo, incluyendo al imperialismo estadounidense. Y no sentía nada fuera de desprecio hacia las estúpidas formas de patriotismo de reacción visceral.

Pero dejémoslo hablar por sí mismo. En 1908, habiendo sido declarado "traidor" (si no "anti- americano") por su abierta oposición a la expansión del imperio de EE.UU., Clemens escribió distinguiendo entre el patriotismo "republicano" (tal como lo describo en los ejemplos chinos) y el patriotismo "monárquico".
"El evangelio del republicanismo monárquico es que 'el Rey no puede equivocarse.' Lo hemos adoptado con todo su servilismo, sin un cambio importante en el texto, '¡Con razón o sin ella, mi país por encima de todo!' Nos desembarazamos del bien más valioso que poseíamos -el derecho del individuo a oponerse tanto a la bandera como al país cuando él (sólo él) cree que se equivocan. Nos hemos desembarazado de ese derecho; y con él de todo lo que es realmente respetable en esa palabra grotesca y risible: patriotismo." ¡Ajá!, ése es Mark Twain, un estadounidense verdaderamente excelente, que dijo las cosas tal como eran, y son.
Volvamos a Marx, (otra excelente persona). Marx declaró que los trabajadores del mundo en su época no tenían (aún) un país pero, como lo mencioné anteriormente, pensaba que la bandera de las barras y las estrellas apoyaría el destino de la clase trabajadora del globo.

(Desde luego las barras y las estrellas tenían un significado diferente en los años 60 del siglo XIX, basta con ver la escena culminante de la película "Gloria" y se sabrá lo que quiero decir.) Bueno, soy un ciudadano del país en el que Marx vio tanta promesa; nacido y crecido aquí. No puedo ser anti-, anti-yo mismo, anti-mi cultura. No tendría sentido.

Me siento orgulloso de Thomas Jefferson, Benjamin Franklin, Tom Paine (especialmente de Tom Paine). Y de tantos otros. Estoy tan orgulloso de formar parte de la misma cultura que Walt Whitman, Gershwin, Steinbeck, Woody Guthrie, Paul Robeson, Leonard Bernstein, Bob Dylan, etc. Sólo hago una lista al azar. No quiero dejar afuera a Rage Against the Machine- esos excelentes jóvenes estadounidenses. Edison y Ford, también; brillantes inventores, no importa su actitud política. Estoy orgulloso de que el 1º de mayo haya tenido su origen aquí; orgulloso del movimiento sindical estadounidense antes de que fuera recuperado por el sistema, del movimiento por los derechos cívicos, del Movimiento por la Liberación de los Negros (y sí, orgulloso del heroico Huey Newton y de los Panthers).

Orgulloso del rock and roll, orgulloso de que el movimiento mundial por los derechos de los gays vea a Stonewall como su inicio, y que el movimiento de las mujeres de EE.UU. haya tenido resonancia entre las feministas de todo el mundo.

Así que, seguro, estoy orgulloso de mis raíces estadounidenses. Me gustaría tanto que mi pueblo estadounidense y la bandera estadounidense (cualquiera que escojamos, ya que la actual ha despertado semejantes asociaciones en el mundo que tal vez sea irrecuperable) sostuvieran, en un sentido positivo, el destino de los trabajadores del mundo como lo predijo Marx.

Imagínense la alegría mundial que estallaría, si el planeta se despertara un día con un alucinante cambio en este país, a un régimen que renunciara a la agresión y a la arrogancia y que buscara, en su lugar, el progreso de la evolución de la agenda de Poder para el Pueblo -que comenzó con la revolución que estalló en 1776.

¿"Anti-americanismo?" Un concepto insulso, tendencioso, orwelliano. No es realmente un "ismo", sino un epíteto y un instrumento de satanización. Debiéramos expurgarlo de nuestros vocabularios, como los civilizados de entre nosotros han expurgado algunas otras palabras.

Por contraste, por cierto, "anti-guerra," "antifascismo" y antiimperialismo" retienen su relevancia e integridad que vienen de largo, entre la buena gente decente del planeta, incluyendo una masa crítica de yanquis que tal vez algún día portarán una bandera que exprese verdaderamente las aspiraciones del pueblo del mundo.

Gary Leupp es profesor adjunto, Departamento de Historia, de la Universidad Tufts y es coordinador del Programa de Estudios Asiáticos.

www.rebelion.org