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  21 de Agosto del 2002
Abu Nidal Muere Una Vez Mas

Robert Fisk La Jornada. México, agosto del 2002. Traducción: Alejandra Dupuy Murió de nuevo. Esta vez Abu Nidal se suicidó. Hace diez años había muerto de cáncer. Antes de esto, lo habían matado a balazos en Libia. Sabri al-Banna, uno de los más despiadados criminales de Medio Oriente, parece seguir rencarnándose para poder morir una vez más. Ahora fue por mano propia, de heridas de bala, en Bagdad. Para contentar a todo el mundo, supongo que es inevitable que tuviera que morir de todas las formas. Trabajó para el servicio secreto iraquí, para el servicio secreto libio y, brevemente parece, para el servicio secreto sirio.

Patrick Seale, el único escritor que intentó una biografía seria, sostuvo que también trabajó para el Mossad, el servicio secreto de Israel. Abu Nidal era la bestia antes de Osama Bin Laden.

¿Lo recuerdan? Fue la cara en el reportaje de Newsweek en el cual brillaba el coronel Oliver North, antes de la investigación estadunidense sobre el escándalo Irán-contras.

Tenemos la costumbre de despachar a nuestros más odiados enemigos antes de que mueran. The Times lo hizo con el ayatolá Jomeini cinco años antes de su muerte. Advertimos sobre el inminente deceso del coronel Kadafi -de cáncer, por supuesto- aun antes de anunciar la primera muerte de Abu Nidal. La muerte política de Arafat ha sido anunciada en 1978, 1982, 1983, 1990, 2001 y 2002. Y claro, Saddam también tuvo cáncer a menudo.

Justo como Osama Bin Laden ahora sufre insuficiencia renal... La muerte imaginaria no debe ocultar el hecho que Abu Nidal es/era/acostumbraba ser uno de los más repugnantes criminales de Medio Oriente. Era un pistolero a sueldo, un hombre que ordenó el asesinato de judíos en una sinagoga de Estambul, de palestinos moderados cercanos a Arafat (incluyendo a Abu Iyad), de pasajeros en los aeropuertos de Roma y Viena, el hombre que intentó matar al embajador israelí en Londres en 1982, acontecimiento que dio a Israel la excusa para invadir Líbano con el argumento -totalmente falso- de que Arafat había ordenado el asesinato del embajador.

Organizó ataques en 20 países durante más de tres décadas, visitó Europa del este durante los años del Pacto de Varsovia, incluso arregló el asesinato de uno de los primeros enviados palestinos a Gran Bretaña. Bebió -o bebe, ya que todavía no estamos seguros de que realmente esté muerto- copiosas cantidades de whisky, pero desdeñaba otros vicios, salvo el asesinato. Su "Fatah Consejo Revolucionario" sufrió con frecuencia revoluciones internas que dejaron a sus propios miembros bajo tierra. En Líbano, presuntos colaboradores fueron enterrados vivos; primero los alimentaban a través de un tubo y luego -cuando desde Libia llegaba la orden de ejecutarlos- disparaban una bala por el tubo.

Abu Nidal pasó parte de su juventud en Nablus, en la Cisjordania ocupada por Israel, pero presumiblemente nunca sabremos qué pensó del colapso de la "paz" de Oslo -algo que él, profundamente, habría deseado ver. En la sede de su movimiento en Beirut, ayer, no había ninguna bandera negra o corona a la vista. De hecho estaba totalmente vacía, no como cuando se veía al grupo de despiadados y crueles pistoleros que trabajaban para él, hace más de un cuarto de siglo. Su "suicidio" en Bagdad puede llegar como un regalo para una administración estadunidense que busca vincular a Saddam Hussein con el "mundo del terror". En cuanto a su muerte real, sospecho que sucedió hace mucho tiempo.

© The Independent