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  01 de Julio del 2002

Esas Molestas Cumbres

Alberto Piris
Centro de Colaboraciones Solidarias. España, Julio del 2002.

Bastantes ciudadanos no acaban de entender por qué, de cuando en cuando y con motivos muy diversos, los dirigentes políticos del mundo se reúnen en lo que se ha dado en llamar "conferencias en la cumbre", o simplemente "cumbres". La de la Unión Europea en Sevilla (España) ha sido, por ahora, la última de una larga lista de reuniones internacionales al más alto nivel. Como es usual en todas ellas, ésta también ha hecho recaer sobre los sufridos habitantes de la ciudad anfitriona la acostumbrada serie de molestias y limitaciones en su vida cotidiana, sin tener arte ni parte en lo que allí está ocurriendo.

¿Cómo empezó esta costumbre tan habitual ahora? La memoria histórica podría remontarse hasta el famoso Congreso de Viena, que se desarrolló durante 1814-15, tras la derrota de Napoleón y su posterior abdicación. Se trataba nada menos que de reconfigurar la Europa que había sido sacudida brutalmente, hasta sus más hondos cimientos, por las Guerras Napoleónicas. Se pretendía establecer un nuevo equilibrio de poderes y proteger a las monarquías absolutistas contra el contagio de los gérmenes revolucionarios que habían nacido en París y seguían vivos en las mentes de muchos europeos. Otros asuntos de menor cuantía, también motivo de discusión, fueron la regulación de la navegación en los ríos internacionales - entre ellos, el Danubio que les contemplaba -, el comercio de esclavos y las nuevas reglas que habrían de regir el mundo de la diplomacia, que allí lució en todo su esplendor.

Por cierto, fue al tratar de esas reglas cuando se decidió que los nuncios vaticanos fuesen los decanos de los cuerpos diplomáticos en las capitales de los países firmantes. Otro residuo de la más rancia y retrógrada tradición, herencia del antiguo régimen de alianza entre el altar y el trono.

En aquel tiempo era lógico que los que ejercían el poder - entonces absoluto en todos los países europeos, salvo Inglaterra - tuvieran necesidad de reunirse cara a cara para tomar decisiones tan relevantes. Los medios de comunicación a distancia solo permitían transmitir mensajes poco complicados con cierta rapidez a través de los telégrafos semafóricos de señales visuales, de reciente invención, o enviar mensajes y documentos a la máxima velocidad que podía desarrollar un jinete a caballo o un velero rápido. Por otra parte, en esas reuniones el protocolo y la ostentación servían también para establecer la ordenación tácita de las potencias y suscitar la admiración de los pueblos ante las fastuosas comitivas de los participantes.

De hecho, el zar ruso, el rey de Prusia y el propio emperador austríaco encabezaron un nutrido grupo de príncipes, nobles y dignatarios, que junto con una plétora de ayudantes, secretarios, pajes y criados, así como las respectivas señoras y sus damas de compañía, ocuparon materialmente Viena y disfrutaron, abierta y públicamente, de la brillante vida social de la capital danubiana. Desdeñando los aristocráticos compases de las viejas danzas que se bailaban en las cortes europeas, fueron todos cautivados por los románticos ritmos del vals, nuevo baile popular que empezó entonces a hacer furor.

Casi dos siglos después del Congreso de Viena, los medios a disposición de los gobernantes han experimentado avances revolucionarios. La videoconferencia permite a varias personas mantener una reunión a cualquier distancia. Existen cómodos medios de transmisión de documentos, imágenes, sonidos y otros datos, y está asegurada la instantaneidad de las comunicaciones verbales. Más aún, es posible hacer todo lo anterior conservando el máximo secreto.

En consecuencia, hoy resulta innecesaria la reunión física de las personas, si lo que en verdad se pretende es ponerse de acuerdo o discutir sobre cuestiones concretas. Tanto más, cuanto que en las conferencias de jefes de Estado o de Gobierno, se abordan materias ya preparadas por sus inmediatos subordinados, los equipos técnicos que han discutido previamente los aspectos sobre los que necesitan ponerse de acuerdo y tomar decisiones. Claro está que, aplicando estos criterios funcionalistas, no habría ocasión para la habitual foto de grupo, difundida enseguida por todos los medios de comunicación, ni para otras actividades de carácter electoralista, a las que tan propensos son todos los gobernantes.

Aun aceptando que, en algunas ocasiones, sea preciso que los dirigentes mundiales tomen contacto personal entre sí, no hay que ignorar el hecho de que los participantes en tales conferencias permanecen durante la mayor parte del tiempo dentro de espacios rígidamente aislados del exterior, rodeados de vallas, controles policiales y zonas prohibidas, sin que apenas lleguen a ser visibles para los habitantes de las ciudades que les acogen. No es probable que los participantes en la cumbre de Sevilla, imitando a sus antecesores en Viena, hayan salido de noche a visitar algún tablao flamenco, mezclados con el público.

No acaba de verse, por tanto, la necesidad de organizar esas reuniones en poblaciones importantes. Si, en realidad, los gobernantes mundiales quieren verse las caras de cuando en cuando, podrían hacerlo en lugares donde su presencia no desencadenase el caos urbano ni añadiera molestias supletorias a las ya inherentes a las grandes capitales. Es probable que, menos notorios, pero también menos incordiantes, acabasen ganando esos votos que, en el fondo, es lo que buscan en todas sus apariciones públicas.