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  Promesas y carencias del movimiento antiglobalización

Antonio Caro Almela*

Al tiempo que globalizadores y antiglobalizadores curan sus heridas -algunos, por desgracia, en el sentido más literal del término- tras la batalla de Génova, es momento de formularse preguntas como las siguientes: ¿Constituye el movimiento antiglobalización un punto de no retorno llamado a revestir con el tiempo -como opinaba recientemente el analista norteamericano Jeremy Rifkin- tanta importancia histórica como tuvieron a finales del siglo XVIII los movimientos revolucionarios a favor de la democracia política? ¿Está destinado, por el contrario, a disolverse en la medida que los gestores de la globalización y sus agentes consigan atravesarlo por la contradicción cada vez más tangible entre sus facciones pacífica y violenta? ¿O bien el movimiento antiglobalización terminará por reducirse a una mera moda, incapaz de plasmarse en una alternativa factible y coherente al "horror económico" y social que la vertiente neoliberal de la globalización representa?

Son éstas las cuestiones de fondo que se diseñan tras la efervescencia que conmovió las calles de Génova. Mientras el movimiento antiglobalizador da muestras de una lozanía y una capacidad de expansión que resultaban inimaginables hace apenas año y medio atrás, lo cierto es que la propia fuerza de su estampida provoca que el sentido de su dirección quede en un muy discreto segundo lugar. Y es este carácter de aluvión lo que origina que hacia él confluyan todas las tensiones contestatarias que habitan en una juventud como la actual, sacudida por el desempleo y la falta de expectativas y referentes sociales. Potenciando así el mencionado peligro de escisión entre sus ramas pacífica y violenta, reduciéndolo -como ya proclaman abiertamente diversos representantes del sistema, encabezados por el ultraliberal Mario Vargas Llosa- a la categoría de una de tantas algaradas juveniles.

Es precisamente este carácter juvenil del movimiento el que hay comenzar por poner en cuestión. Si bien es indudable que todos los movimientos revolucionarios de la historia han sido protagonizados por sectores básicamente jóvenes de la población, lo cierto es que reducir el movimiento antiglobalización a una acción de jóvenes implica atribuirle una dimensión minoritaria y más o menos marginal que, antes o después, terminará por enfrentarlo a los sectores más instalados de la población. Sectores éstos en los que ya han comenzado a calar con fuerza las estrategias de criminalización del movimiento promovidas por los agentes mediáticos y policiales y que van dirigidas a integrarlo en el imaginario social establecido otorgándole un lugar entre las fuerzas maléficas que atentan contra el actual "bienestar" occidental.
Este carácter básicamente juvenil del movimiento antiglobalización -que, sin embargo, no impide que en sus filas militen personas que ya han sobrepasado con holgura los sesenta años- se patentiza en muchas de sus proclamas.

Si bien una de las exponentes más lúcidas y veteranas de dicho movimiento, Susan George, ha subrayado la necesidad de "no verse atrapados por el 'se debe hacer', 'hay que hacer' y los sermones dominicales" (Informe Lugano, pág. 238), lo cierto es que muchas de las proclamas del presente movimiento antiglobalizador se asemejan a un memorial de agravios donde se incluyen todas las causas que se consideran justas para el feliz desarrollo futuro de la humanidad. Y así, en el "Llamamiento de Porto Alegre para las próximas movilizaciones", elaborado en la reunión del Foro Social Mundial celebrado en dicha ciudad brasileña en enero del presente año, se hablaba -al margen de temas puntuales como la necesidad de condonar la deuda externa de los países pobres- de cuestiones tan genéricas como el compromiso de los participantes a "luchar por los derechos de los pueblos, la libertad, la seguridad, el empleo y la educación", partiendo de reafirmar "la supremacía de los derechos humanos, ecológicos y sociales por encima de las exigencias de los capitales y de los inversionistas", y de la constatación de que la globalización neoliberal "refuerza un sistema sexista [...], desata el racismo [...], destruye el medio ambiente, la salud y las condiciones de vida del pueblo". Patentizando con ello una postura básicamente retórica, cuya mera enunciación pone de relieve la carencia de estrategias políticas que hay en su base.

Es más, existen bastantes sospechas de que los temas de fondo que afectan a la actual globalización neoliberal apenas han sido tratados, hasta el momento, en los numerosos foros y debates celebrados al efecto. Y así, si nos atenemos a las intervenciones que tuvieron por marco el citado Foro Social Mundial, es fácil constatar el carácter muchas veces declamatorio de tales intervenciones, mucho más referidas a los efectos que se derivan de la presente globalización ultraliberal que a las causas que están en su origen y a las contradicciones que la atraviesan. Concretamente, salvo alguna referencia más bien ambigua de Samir Amin, ninguna de las intervenciones que figuran en el citado volumen trajo a colación lo que probablemente constituye la razón nuclear de la actual globalización capitalista: el hecho lacerante y de incalculables consecuencias históricas en virtud del cual el valor económico (y, por consiguiente, social) ha sido erradicado del trabajo humano que le proporcionaba su sentido productivo, para ser sustituido en ese cometido por una fantasmal producción semiótica que se plasma en las marcas, las cuales han sustituido en cuanto tales a los productos. Ahora, unas manipulables expectativas de consumo ocupan el lugar que antes correspondía a las necesidades humanas.

La principal promesa del movimiento antiglobalizador reside en su propia existencia. Y esta promesa se liberará de las carencias que hoy afectan al citado movimiento conforme su actual efervescencia dé paso a un esfuerzo de reflexión dirigido a desvelar las verdaderas cuestiones que se debaten en el fondo. Desvelamiento que lo hará asumible por la inmensa mayoría afectada y, por ello, irrecuperable para el sistema.

*Profesor de Teoría de la Publicidad Universidad Complutense de Madrid