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El frente checheno

K.S. Karol
La Jornada. México, 25 de octubre.

Traducción: Alejandra Dupuy

De acuerdo con las investigaciones de la FBI, seis de 19 kamikazes autores de los atentados del 11 de septiembre habrían combatido en Chechenia. El 26 de Septiembre el portavoz de la Casa Blanca, Ari Fleischer, declaró: "No hay dudas de la presencia terrorista de Bin Laden en Chechenia". Afirmación que parece algo imprudente en momentos en que Estados Unidos busca la alianza de los países árabes para su guerra contra el terrorismo. Desde hace tiempo Chechenia es símbolo de la resistencia de un pequeño país musulmán frente el imperialismo ruso. Por eso Condoleezza Rice rectificó el tiro al precisar que el conflicto checheno tiene su propia historia y es necesario separar las legítimas aspiraciones de independencia de los chechenos de posibles vínculos con el terrorismo. Y George W. Bush hizo suya esta tesis.

La posición estadunidense es un sapo difícil de tragar para Putin. A fines de septiembre autorizó al general Kazantsev, subencargado del Cáucaso del Norte, a iniciar negociaciones con el presidente checheno Aslan Maskhadov. Este designó a un representante para los primeros contactos, cuando parecía que el único problema iba a ser dónde y cuándo comenzar. Pero los militares y los funcionarios filorusos en Chechenia no ocultan su hostilidad hacia un acuerdo. Condoleezza Rice, en una entrevista conIzvestia, insistió por ello nuevamente en la necesidad de una solución política, invitando al mismo tiempo a los chechenos a romper cualquier posible vínculo con terroristas de otros países. Más fácil de decir que de hacer.

También en Izvestia, el consejero de Putin, Sergei Yastrzembsky, afirmó que el número de mercenarios que actuaron en Chechenia -habrían sido unos 800, de los cuales no quedarían más que 200- y señaló las vías por las cuales entraron al país (Azerbaiján y Georgia). El jefe de estos hombres, el jordano Kattab, dispondría de combatientes turcos, sauditas, kuwaitíes, afganos y paquistaníes. Todos pertenecerían a la organización de los "Hermanos musulmanes" y se transmitirían noticias mediante videos, noticias e imágenes de sus propias hazañas de guerra. La disminución del número de combatientes se explica, según Yastrzembsky, con las pérdidas sufridas en combate y con una escisión que habría obligado a Kattab a expulsar del grupo a 30 combatientes. Los "Hermanos musulmanes" formarían parte de la Internacional Negra que tiene a Bin Laden entre sus dirigentes.

Yastrzembsky habla detalladamente de los mercenarios y no dice ni una palabra de la negociación. Esta omisión, por cierto no casual, aumenta la desorientación de la opinión pública rusa, que todavía no entiende muy bien la entusiasta adhesión de Putin a la cruzada antiterrorismo islámico de Estados Unidos, y especialmente los bombardeos estadunidenses sobre Afganistán. Estas bombas recuerdan aquellas que se abatieron sobre Yugoslavia hace dos años, y en Moscú no están claras las razones de una ofensiva masiva contra uno de los países más pobres del mundo. Al inicio de las operaciones, un sondeo mostraba que una gran mayoría de los ucranianos (73 por ciento), las desaprobaba; ningún sondeo fue publicado en Rusia para no poner piedras en el camino al presidente, ya que la gente es más hostil a estas acciones que en Ucrancia.

Putin decidió asimismo desmantelar la estación de escucha rusa en Cuba para demostrar a George W. Bush que la guerra fría está definitivamente terminada. ¿Espera en respuesta un cambio de la posición de Estados Unidos sobre Chechenia? Pero, ¿qué podrían hacer los estadunidenses para ayudar a los rusos a salir de la trampa caucáusica?

Repasemos brevemente la historia. Se dice que en 1991, de acuerdo con Rutzkoi, Djokhar Dudaiev -general checheno de la aviación soviética en Estonia, casado con una rusa- habría decidido formar un frente popular para las elecciones en su país de origen. A pesar de su modesta procedencia, Dudaiev tuvo un éxito fulgurante, como si los chechenos lo hubiesen estado esperando para derribar al gobierno comunista de Grozny, dando así vía libre a su resentimiento de pueblo deportado en la época de Stalin. Dudaiev tomaba así las riendas del país, mientras el ejército ruso se marchaba dejando las armas.

Pero no todos los chechenos habían vuelto a su patria cuando Kruschev puso fin a las deportaciones. Muchos habían elegido la diáspora, estableciéndose en Moscú o en otros lugares; así el checheno Ruslan Kasbulatov había sido elegido presidente del Parlamento ruso. En los mismos años, sin embargo, una "mafia chechena" inauguraba un bandidaje de nuevo tipo en la capital rusa. Entre 1991 y 1994 Chechenia se convirtió en una especie de "zona gris": se beneficiaba con las subvenciones del centro y formaba parte del sistema económico y fiscal de Rusia, pero rechazaba cualquier acción coercitiva contra los chechenos perseguidos por el poder central.

Para poner fin a la insubordinación, Boris Yeltsin pensó entonces en seguir el consejo de un halcón inconsciente (su ministro de Defensa, general Pavel Graciov), según quien bastaba "un batallón de paracaidistas para apoderarse de Grozny en un par de horas". En realidad, las tropas rusas tuvieron que combatir más de un mes para tomar la ciudad, luego de haber arrasado el terreno. Y sin embargo la "victoria" de Grozny no significó el fin de la guerra. El ejército ruso ya no era aquel de los soviéticos en Afganistán. Mal pagados, poco disciplinados, los soldados rusos se dejaron arrastrar a una guerra de conquista absurda y cruel, sin estar en condiciones de controlar aquel país montañoso. En cuanto a la población civil, de poco más de un millón de habitantes, tuvo 80 mil muertos. Ante la proximidad de las elecciones presidenciales de 1996, Yeltsin debía pues poner fin a aquella expedición. Sin embargo, en abril de ese año, el general Dudayev, mientras era contactado telefónicamente para negociar con Moscú, era asesinado con un misil guiado por esa señal. El FSB (ex KGB) consideró como un éxito la eliminación del único interlocutor posible que tenía Rusia.

Una vez relecto presidente, Yeltsin encargó al general Lebed la tarea de poner fin a esa guerra insensata. Lebed no tardó mucho en lograr un acuerdo con Aslan Maskhadov, también él un ex general soviético. Así se firmó la "paz de Khasav-yurt", que fijaba en cinco años el plazo para decidir el estatus jurídico de Chechenia. Tras este acuerdo, y entre ovaciones y fiestas populares, las tropas rusas se retiraron y los chechenos eligieron presidente a Maskhadov. Era diciembre de 1996. Pero en este punto emergió otro drama: repleta de hombres armados y carente de actividades productivas, Chechenia se transformó,
según la fórmula de la BBC, en "el centro mundial de los secuestros". Todas las organizaciones humanitarias abandonaron precipitadamente el país. Maskhadov intentó poner alto a esta situación incorporando a los comandantes de ala dura a su gobierno -Shamil Basaiev fue por algún tiempo vicepresidente del consejo- y decretando como ley la saria, en violación a los acuerdos de Khasav-yurt. Es el momento en el cual Arabia Saudita apunta con el proselitismo wahabita y Chechenia es vulnerable a esa ofensiva.

En el verano de 1999, en vísperas de las elecciones presidenciales rusas, la situación se precipita: el general Genadi Shpigun, representante oficial de Rusia, es secuestrado en el avión en que regresaba a Moscú. En agosto, los wahabitas de Basaiev y de Kattab intentan invadir Dagestán para proclamar la "república islámica del Cáucaso". Tres explosiones en Moscú y en Volgodonsk provocan 200 muertos. El candidato designado para la sucesión de Yeltsin, Vladimir Putin, reacciona: "perseguiré a los terroristas chechenos hasta el excusado". Exasperado, el país lo elige presidente. El ejército ruso contrata militares,
voluntarios bien retribuidos que se suponen menos inclinados al saqueo. En el plano militar se logran algunos puntos, pero la vida civil no se normaliza. A los atentados de los chechenos, los rusos responden con las zacistki (limpiezas), tan brutales como ineficaces. Ante la falta de testimonios de prensa independiente, pueden dar una idea de lo que sucede por las migajas de información que pasa la tv rusa.

Algún ejemplo: una manifestación de mujeres que protesta contra un convoy militar tras el asesinato de un niño de diez años. Sobre un campo de fútbol improvisado, un equipo se alinea para el campeonato de Chechenia, pero el partido es suspendido, habiendo sido secuestrado el equipo adversario, en medio de la desolación del entrenador. Según la revista Argumenty i facty, en Chechenia no quedan más de 500 mil habitantes, habiendose refugiado los restantes 650 mil en Rusia o en repúblicas vecinas. El actual presidente filorruso, Iman Kadyrov, acaba de regresar de un viaje por los países árabes -Egipto, Irak, Jordania y Siria- donde solicitó ayuda para la reconstrucción del país. ¿Rusia no tendría acaso los medios para poner en pie a la minúscula Chechenia, o el dinero que le destina se pierde en el camino?

Las interrogantes no faltan. En Moscú se dice que ahora los jóvenes chechenos están formando grupos de mstiteri (vengadores), que ya han realizado atentados, tanto contra los rusos como contra los wahabitas. A Aslan Maskhadov no le faltaría, pues, una base social para una Chechenia laica: por ejemplo, sorprende que las mujeres chechenas no lleven el velo o se muevan como las europeas. Maskhadov puede aspirar a una Chechenia fuertemente autónoma en el marco de la Federación Rusa, no aspirar a la independencia, porque la comunidad internacional no acepta modificar las fronteras. Pero si los rusos retirasen el grueso de la fuerza de ocupación, regresaría una cierta normalidad y disminuiría el odio recíproco. Por ello es necesario negociar, y es aquí donde se demostrará si Putin ha aprendido o no la lección.


(*) Artículo publicado el 23 de octubre por Il

Manifesto.