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  Marruecos: la frágil convivencia entre monarquía y pobreza

Iñigo Herraiz

Centro de Colaboraciones Solidarias. España, Octubre del 2001.

A comienzos del siglo XIX la corona española envió como espía a Marruecos a Domingo Badía Leblich, alías Alí Bey, en vistas a una futura conquista del territorio norteafricano. En sus crónicas de viaje Alí Bey observó que "en la pequeña distancia de dos leguas y dos tercios, que es la más corta entre las dos orillas, se encuentra la diferencia de veinte siglos". Se refería a los menos de 15 km del Estrecho de
Gibraltar que, hoy todavía, separan algo más que dos continentes. De un lado queda la opulenta Europa; del otro, un país sumido en la pobreza, el paro y la corrupción.

Marruecos alberga una población de 29 millones de habitantes, de los cuales 12 viven por debajo del
umbral de la pobreza, y 4 sobreviven con menos de un dólar diario. Uno de cada cuatro marroquíes no tiene trabajo, más del 80% carece de atención sanitaria, y la mitad son analfabetos. En las zonas rurales, menos del 20% de los hogares tiene suministro de agua potable y electricidad. Con semejante currículum no es de extrañar que el último Índice de Desarrollo Humano, elaborado por Naciones Unidas, sitúe a Marruecos en el puesto 126 del ranking mundial, por detrás de Nicaragua, Botswana, Gabón, Honduras o Swazilandia.

Después de cuatro décadas bajo el férreo reinado de Hassan II, los marroquíes vieron aumentadas sus
esperanzas con la subida al trono de su hijo Mohamed VI, hace ahora dos años. Al contrario que su padre, que se encargó de dilapidar la fortuna de los marroquíes en fastuosas construcciones y gastos
militares, el heredero había mostrado algunas inquietudes sociales y, tras su coronación, fijó como sus objetivos prioritarios la lucha contra la pobreza y la reducción del analfabetismo. Durante el primer año de su reinado, Mohamed VI encandiló a sus súbditos con su impulso reformista. A día de hoy, sin embargo, el joven monarca parece haberse quedado sin aliento.

Mohamed VI no ha sabido responder a las expectativas que, tanto dentro como fuera del país, despertó su entronización. Su fama de "Príncipe de los pobres" se diluye a medida que avanza su reinado y comienzan a aflorar algunos de los vicios paternos. En la ciudad de Marrakech se ha hecho construir un nuevo palacio, al margen del que frecuentaba su padre, que se añadirá a la lista de más de veinte adscritos al patrimonio real. Y, tampoco parece un signo de austeridad, el que con motivo de la XXI Cumbre Francia-África se desplazara a Yaundé (Camerún) "acompañado de más de 300 personas con unos medios considerables", según señalaba Le Monde Diplomatique.

Mientras tanto, tres años consecutivos de sequía amenazan con agravar la situación. La agricultura ocupa a más de la mitad de la población activa marroquí y cada vez son más los que, ante la falta de perspectivas en el campo, optan por emigrar a la ciudad. El éxodo rural se cifra en 130.000 personas al
año, que en su mayoría pasan a engrosar la lista de los más de cuatro millones de marroquíes que viven en fabelas a lo largo y ancho del país. Sólo en Casablanca, considerada el motor económico del reino,
malviven al borde del derrumbe 280.000 personas. Los programas estatales de vivienda resultan insuficientes para atajar el problema y, antes que recortar otros gastos inútiles e invertir más dinero, las autoridades locales se han propuesto hacerlo desaparecer a su manera: una sistemática campaña de "saneamiento y limpieza" que ha conducido a la detención de 10.000 indigentes.

No hay posibilidad de mejora si no se revisan las partidas presupuestarias destinadas a determinados fines. Del presupuesto estatal para el 2001, la Casa Real, el Ministerio del Interior y el de Defensa
absorben la mayor parte, mientras que la salud y la educación sufren un retroceso respecto a años
anteriores. En un país en el que la mitad de la población tiene menos de 20 años parece obvio que los
más jóvenes sean las principales víctimas de esta grave injusticia. Sin trabajo y sin dinero, a la espera de que el futuro les depare algo mejor, miles de niños y adolescentes deambulan a diario por las ciudades marroquíes en busca de algo que llevarse a la boca. Los más afortunados conseguirán emigrar o que algún turista les deje arrastrar sus maletas hasta el hotel o permita que les guíe a través del laberinto de un zoco o una medina a cambio de unos pocos dirhams. Otros, que no correrán la misma suerte, en el fondo de una callejuela oscura engañarán su hambre esnifando pegamento.