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África, la otra cara de la prosperidad de Occidente

Esther Navío
Centro de Colaboraciones Solidarias. España, septiembre del 2001.

La liberalización del comercio y de las exportaciones en los años noventa ha aumentado la influencia del comercio internacional en la actividad económica africana. Sin embargo, sus condiciones comerciales se han deteriorado debido a la caída de los precios de las materias primas que exporta, y a las serias barreras que existen para acceder a los mercados del Norte: altos aranceles, impuestos anti-dumping (a veces arbitrarios), restricciones por supuestas razones sanitarias, subsidios para productos agrícolas de países desarrollados, prácticas anticompetitivas de las transnacionales... De haberse mantenido las condiciones de comercio de que gozaba África en los años ochenta, se estima que los ingresos anuales serían un 50% superior a los actuales, el crecimiento anual se habría visto incrementado en un 1,4% y las exportaciones serían el doble de las actuales. Estas son algunas de las conclusiones más relevantes del informe "El desarrollo económico en África: balance, perspectivas y elección de políticas económicas", elaborado por la UNCTAD (Organización de las Naciones Unidas para Comercio y Desarrollo) y presentado el pasado 11 de septiembre en Ginebra, el mismo día en que sucedieron los brutales atentados en EEUU. Por este motivo, el informe ha pasado prácticamente desapercibido para los medios de comunicación.

Sin embargo, la importancia de sus conclusiones obligan a la reflexión. En la década de los 70, el crecimiento medio del Producto Interior Bruto (PIB) en África fue del 4,2%. En los 90, se quedó en el 2,3%, muy por debajo del 6% anual estimado por la ONU para acabar con la pobreza en el continente. Sólo Uganda y Mozambique lograron ese objetivo. El informe señala que el ideal del 6% es ahora insuficiente, al tiempo que fija la previsión de crecimiento para la próxima década en un 3%, casi una traducción exacta del crecimiento demográfico. Dos décadas de crecimiento por debajo de lo esperado ha empobrecido la región, no sólo porque el ingreso per cápita ha descendido un 10%, sino también porque la distribución de ingreso se ha hecho más desigual. El 20% más pobre del África subsahariana vio cómo sus ingresos se reducían un 2% cada año, mientras que para el resto de la población esta caída era del 1%. El incremento de las desigualdades parece haber aumentado la pobreza incluso en países con crecimiento positivo del ingreso per cápita. Y pese al ligero crecimiento agrícola, 26 millones de africanos se enfrentan a serias carencias alimentarias.

El informe cita tres factores clave en el crecimiento económico del continente: la inversión y el ahorro, la financiación externa y la deuda, y el comercio internacional. La inversión y el ahorro, que deben proporcionar la acumulación de capital necesaria para sostener el crecimiento, también presentan niveles inferiores a los alcanzados en los setenta. Respecto de la financiación externa, el informe cifra en 10.000 millones de dólares anuales la inyección necesaria para situar al continente en el camino del crecimiento. Algo difícil de alcanzar si consideramos que la ayuda de los países ricos disminuye cada año y que, además, esta menguante cantidad se aleja del África Subsahariana (ha pasado de recibir el 37% del total de la ayuda en 1990, al 27 % a finales de la década) para canalizarse hacia países del Este de Europa y Asia Central.

Los indicadores de la deuda externa tampoco presagian un cambio favorable. La iniciativa de ayudar a los países pobres altamente endeudados es insuficiente: de los 33 países africanos que se encuentran en esa situación, sólo Uganda se ha beneficiado de la medida. Se espera que otros dos puedan hacerlo, pero aunque todos se acogiesen a ella y se aplicase de forma rápida, la cantidad obtenida sería menos de la mitad de la financiación externa necesaria para conseguir la tasa de crecimiento adecuada. A la luz de los datos presentados por la UNCTAD es imposible seguir atribuyendo los logros económicos de los países industrializados a las bondades de las políticas desrreguladoras y librecambistas, en vez de al progresivo empobrecimiento de los países del Sur.