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  Entrevista con Joan Garcés

El azote de Pinochet

Sol Alameda
Al Sur del Sur. España, marzo del 2001.

Este abogado valenciano, que fue asesor personal del presidente chileno Salvador Allende, ha conseguido que durante 27 años permaneciera viva la llama de las denuncias contra Pinochet. Con una precisión judicial milimétrica, ha sido la espoleta del proceso abierto contra el dictador.


"Hoy el teléfono está sonando sin parar". "No le van a dejar vivir...". "Pues no". "Es un buen día, ¿verdad?". "Sí lo es...". Joan Garcés sonríe, aunque es difícil adivinar si se ha emocionado al saber que en Chile un juez llamado Guzmán ha decidido procesar a Pinochet y ponerlo bajo arresto domiciliario. Este valenciano es un hombre contenido, de 55 años, que lleva bigote blanco. Mientras hablamos, juega sin parar con las pilas gastadas que yo he sacado de mi grabadora. También parece alguien que ha sabido aguantar los tirones de la vida. De lo que no cabe duda es de que él ha contribuido, quizá más que nadie, a torcer el destino de Pinochet, que, ya anciano, nunca imaginó que la historia fuera a pasarle factura. Tenía 27 años y era el asesor personal de Salvador Allende el día en que Pinochet, junto con otros, derrocó al Gobierno legítimo de Chile. Antes había estudiado Sociología Política en La Sorbona, en París, y realizado una tesis doctoral sobre aquél país que iba a marcar su vida. Viajó a Chile para recoger datos sobre la democracia más vieja de Latinoamérica y conoció a Allende. Se comprendieron bien, el líder que intentaba una vía democrática al socialismo y el joven socialista lleno de idealismo que quería ayudarle a conseguirlo. Garcés ha sido la memoria que no olvidaba, el que siempre estaba detrás. ¿Agazapado? Ese no es el adjetivo que él prefiere. En cambio, dice que siempre supo que el tiempo era su gran aliado; que sabía que con los años algo nuevo podía ocurrir; con Pinochet, con sus crímenes. Es no es que confiara en la vida, que a veces hace cosas muy raras y en un bucle lo vuelve todo del revés; no, él no confía, él analiza. Como el principal abogado de la acusación contra Pinochet, ha tardado casi 30 años en obtener una satisfacción moral y legal, pero aquí está...

-Cuando en 1996 llevó por primera vez a un juzgado una querella contra Pinochet, ¿qué pensaba que iba a lograr?

-Un día antes, el teniente fiscal del Tribunal Superior de Justicia de Valencia, en su condición de presidente de la Unión Progresista de Fiscales, presentó una denuncia ante un juzgado de guardia en Valencia. Ese mismo día, ya la hermana del sacerdote detenido-desaparecido Antonio Llidó se hizo parte como acusación particular. La querella que yo interpuse lo fue por el conjunto de los crímenes y torturas, genocidio y terrorismo, de que aparecía responsable Pinochet y un grupo de altos responsables políticos y militares.

-¿Estos hechos, uno tras otro, que inician el caso respondían a una previa coordinación?

-Yo sabía que la Unión Progresista de Fiscales iba a interponer su denuncia.

-Mucha gente vio aquello como una ingenuidad. ¿Usted veía una oportunidad de que Pinochet acabara siendo juzgado o pensaba que realizaba un acto testimonial?

-En la situación internacional, surgida después de la guerra fría (1945-1990), veía posibilidades a la iniciativa de los fiscales progresistas. Acababa de publicar un libro, en abril del 96 (Editorial Siglo XXI), Soberanos e intervenidos, estrategias globales, americanos y españoles. Ahí está el marco conceptual de este caso judicial desde el punto de vista de la actual estructura de las relaciones internacionales.

-¿Quiere decir que esperó durante 25 años a que se presentara el momento adecuado?

-Mi análisis estaba hecho antes de que naciera el caso judicial. Lo que hice fue adaptar a un caso judicial el análisis previo. Una de las conclusiones de ese libro es que el final de la guerra fría, y por tanto de la división del mundo en bloques, abría posibilidades de mayor autonomía interna a los Estados frente a las grandes potencias. Y, también, que los instrumentos de derecho internacional, creados a partir del Juicio de Nuremberg, en 1946, para sancionar los crímenes contra la humanidad, no seguían eclipsados por las prioridades militares de la guerra fría. La conjunción de ambos factores me hizo pensar que el contexto internacional ofrecía un espacio para este caso judicial. En principio, claro.

-Ahora parece fácil hablar así. Pero...

-No era el único en pensarlo. Hubo circunstancias internacionales y otras nacionales, en España, que permitían sostener que el momento era el adecuado para que se llegara a juzgar a Pinochet.

-Se había producido en Italia el fenómeno de 'Manos limpias', y luego, en España, el 'caso GAL'. ¿Tuvo eso alguna importancia?

-Sí, el caso GAL es la toma de conciencia en España de que esa clase de crímenes se pueden producir y que, de hecho, se habían producido en las altas esferas del Estado; y que hay instrumentos políticos y judiciales para juzgarlos. En torno al GAL hubo una lucha entre la voluntad de los tribunales de aplicar la ley a esos crímenes y los intereses del Ejecutivo para que no se aplicara. Esa pugna la ganaron los tribunales, con el apoyo de la sociedad. Fue una afirmación de fortaleza judicial.

-El fin de la guerra fría, el 'caso GAL', ¿sumó ambas circunstancias y dijo ya está, podemos ir contra Pinochet?

-También se contaba con la Ley Orgánica del Poder Judicial de 1985, del Parlamento español, que concede jurisdicción a la Audiencia Nacional para juzgar crímenes contrarios al derecho internacional; entre ellos, los de genocidio, terrorismo y torturas. Habíamos visto la afirmación de independencia de la Sala de lo Penal de la Audiencia Nacional, en el caso GAL, y se podía pensar que ese tribunal sería sensible para aplicar la ley en un caso de crímenes de lesa humanidad.

-¿Cómo influyó la personalidad de Garzón?

-Tengo por norma no hablar de los magistrados ante los que sigo actuando como abogado. Pero hay que reconocer el papel que han tenido los jueces de instrucción al cumplir con su deber. Y, también, el papel fundamental de la Sala de lo Penal de la Audiencia Nacional, al haber afirmado la jurisdicción.

-El fiscal de Valencia pone la primera piedra del caso y luego va usted con la denuncia...

-Con la querella... Y debo agregar otra circunstancia; existía conciencia social de que ahí había una gran crimen, impune e insepulto. Y era tan grande esa conciencia que, apenas unos días después de presentarse la querella, el mensaje de la Embajada en Madrid fue que, si era admitida a trámite, Chile rompería relaciones diplomáticas. Tal era la plena conciencia que las autoridades de Chile tenían de que el magno crimen estaba impune.

-Hay otro análisis, y no sólo de los malpensantes, que tuvo fuerza. Me refiero a los que pensaban que había pasado mucho tiempo, que más valía dejar a los muertos en paz; que remover ese asunto tan terrible solo iba a traer más dolor y conflicto a la sociedad chilena.

-Contesto con un anécdota histórica. La reunión del canciller de Alemania con el Alto Estado Mayor General del Ejército del Tercer Reich, el 25 de agosto de 1939. Uno de los generales expuso las graves consecuencias que podía tener para ellos cuando se conocieran los crímenes que se estaban planificando; estaban a 12 días de la invasión de Polonia. La respuesta de Hitler fue: ¿Quién se acuerda hoy de la masacre de los armenios? Porque Turquía aniquiló al 80% de la población armenia.

-Fíjese que hoy tenemos presentes los crímenes de los nazis, pero seguimos sin acordarnos de la masacre de los armenios.

-1945 marca una fecha a partir de la cual estos crímenes contra la Humanidad no pueden ser olvidados porque la Humanidad no quiere que se repitan. Y jurídicamente eso se traduce en la imprescriptibilidad de esos crímenes, y en el desarrollo de la jurisdicción universal para hacer posible su sanción. Terminada la guerra fría, esos principios podían volver a emerger.

-Resumiendo: usted lo estudió, lo planeó, y espero 25 años a que se produjera el momento preciso. Entonces, dijo: ahora.

-Sí. Tenía la oportunidad de ayudar a que se hiciera justicia, es obvio que yo me sentía obligado a ayudar. Si podía… Y cuando he podido, lo he hecho.

-Eso explica que Pinochet dijera: debimos fusilar a ese Garcés en su momento.

-No lo pudo hacer. Nunca tuvo oportunidad, siempre estuve libre.

-¿Y si lo hubieran cogido preso entonces ?

-Pues ya lo dijo Pinochet...

-¿Como se mantuvo libre?

-A veces la realidad supera a la ficción, es un argumento de película. Es difícil mantener la libertad durante una insurrección militar. Nunca lo he escrito, no me gusta hablar sobre mi, pero siempre estuve libre, aunque el riesgo estaba allí.

-¿Tardó mucho en salir de Chile?

-El general Franco envió un avión especial en el cual regresé a España, unos 10 días después del Golpe.

-Un avión con otros ciudadanos españoles…

-No, con mi hermano. Las relaciones económicas y diplomáticas entre el gobierno de Allende y el de España, más allá de diferencias ideológicas manifiestas, fueron muy buenas. El Gobierno de España no se sumó nunca al boicoteo financiero de Nixon contra Chile, y respaldó la voluntad de independencia del Gobierno de Chile. El embajador de España, Enrique Pérez Hernández, hizo una gestión diplomática muy brillante para que yo regresara a Europa.

-¿Cuál era su relación con Allende?

-Era su más directo colaborador personal. Estuve en su equipo de la campaña presidencial, y el doctor Allende decía que le ayudé a ganar la elección. Tuve la posibilidad y el privilegio de contribuir a la formulación teórica y conceptual de lo que se llamó la vía democrática al socialismo. Es decir, de desarrollo de los principios de igualdad política, social y económica, de cambio social a través de la vigencia efectiva de las instituciones democráticas y de la participación social en su gestión. Aquella fue, en este sentido, una de las experiencias más avanzadas que se han dado en la historia. La Administración de Nixon-Kissinger ordenó abortarla. Y 25 años después he podido contribuir a que por medios legales y democráticos, se pueda aplicar la justicia internacional.

-¿Qué clase de satisfacción siente?

-Siempre he creído en el derecho y en la ley como instrumentos para el cambio y el progreso social, y esos principios los he aplicado tanto en la acción de gobierno como después, cuando se ha tratado de aplicar las normas, como en el caso judicial del que estamos hablando. Lo que siempre he buscado ha sido que se haga efectivo el derecho de la humanidad a ser respetada.

-Pero, dígame, ¿hoy está contento?

-Cuando detuvieron a Pinochet me preguntaron lo mismo, responderé igual; siento la misma alegría que millones de personas en todo el Mundo.

-Algunos lo verán como un tipo vengativo…

-No lo soy en absoluto. Lo que hubiera deseado es que este procedimiento en el que me ha tocado estar hubiera tenido lugar en Chile y muchos años atrás.

-La historia se ha cerrado o está a punto de cerrarse. ¿Tiene la sensación de que su vida ya está llena?

-Mire, fue un privilegio haber podido ayudar al presidente Allende a ser elegido jefe de Estado; fue un privilegio desarrollar la doctrina de la transición pacífica y democrática al socialismo; es un privilegio haber podido hacer juzgar a un criminal contra la humanidad; me satisface haberlo hecho con la ley en la mano.

-Eduardo Frei, el político chileno, dijo que si nosotros no juzgamos a Franco no era lógico que nos atreviéramos a hacerlo con Pinochet.

-Franco murió durante la guerra fría, igual que su régimen; y la transición española tuvo lugar dentro de la guerra fría. En cambio, el caso de Pinochet en España nace en 1996, con la guerra fría acabada y con una Audiencia Nacional que sí está enjuiciando en España crímenes de Estado.

-Usted estaba en el palacio de la Moneda, cuando fue bombardeado. Supongo que ese recuerdo lo ha mantenido vivo mucho tiempo.

-A lo largo de este caso judicial, siempre he hecho abstracción de mis sentimientos personales, y digamos que el conocimiento de la historia y de la realidad contemporánea me ha ayudado, evidentemente, a situar el caso ante los tribunales, pero he procurado hacerlo con un absoluto distanciamiento subjetivo y personal respecto a los autores de los crímenes.

-¿Le ha costado?

-El distanciamiento psicológico no es difícil. Lo difícil es ser insensible al dolor de las víctimas. Cuando vinieron a testificar ante el juez, reproducen el dolor intenso que sufrieron décadas atrás. Eso es conmovedor.

-Pero, ¿y sus sentimientos personales?

-Cuando uno ha sido testigo de un gran crimen, aunque sea testigo involuntario, como lo fui yo en 1973, no puede olvidar nunca.

-¿Se puede hacer alguna comparación entre su trabajo y el de Wiesenthal?

-El caso del señor Wiesenthal tiene su equivalente en las organizaciones de familiares de las víctimas que durante casi 27 años han acumulado demandas judiciales, pidiendo justicia ante los tribunales de su país; reuniendo documentación que pudiera servir para el momento en que los tribunales se abrieran a esas peticiones de justicia. Y el equivalente del Centro Wiesenthal, sería la Vicaría de la Solidaridad, creada por el cardenal arzobispo de Santiago, Monseñor Silva Henríquez, en 1973 para dar protección a los perseguidos, y que cuenta con las fuentes documentales más ricas sobre las atrocidades cometidas por el régimen militar.

-Y su papel, ¿cuál es?

-Para mí, éste es un caso judicial como otro cualquiera, que tiene un equipo de abogados que lo dirigen técnicamente.

-Ha dejado aparcado el corazón...

-Está aparcado el corazón... Lo que está muy presente son las convicciones, que son cosa de la mente.

-¿Qué convicciones?

-Vamos a pensar en el sujeto de este derecho, que es la humanidad.

-¿Conoció a Pinochet?

-Yo conocía a los Comandantes en jefe, pero él no lo era; a él no lo conocí. Pero la cuestión de mi vínculo con el presidente Allende ha estado siempre ausente de mi trabajo como jurista. La dimensión de política interior de Chile la excluí de este caso judicial. Deliberadamente. De modo que el caso ha seguido su curso en España y en Londres, en lo que de mi ha dependido, desconectado de la dinámica interna de Chile, de la de ayer y de la de hoy.

-Eso es casi imposible.

-Hemos querido que solo fuera un caso judicial. Por eso no hemos tenido presentes las variantes extrajudiciales, que lo han hecho complicado y complejo. Muy difícil. Porque tenía dimensiones de política internacional, de geopolítica, de relaciones diplomáticas, etcétera. Pero éstas dimensiones que hemos observado, hemos procurado que no influyeran en nuestro trabajo jurídico.

-¿Y cómo olvidarse de las presiones ?

-Bueno, se dan, por supuesto, no tienen mayor importancia. Basta con no aceptarlas. Por ejemplo, siempre procuramos la no instrumentalización política de este caso judicial. Por nadie.

-¿Lo han conseguido?

-El protagonismo se lo dimos, deliberadamente, a quienes lo merecen: a las víctimas.

-¿No cree que el verdadero protagonista ha acabado siendo el juez Garzón?

-Bueno, estoy hablando abstracto. Obviamente, la aplicación de normas, la hacen hombres, con nombres y apellidos. Y en el desarrollo de este caso, determinadas personas han ocupado una posición, en España o en Londres; en Francia o en Bélgica; en Estados Unidos; en el propio Chile. Y en el caso de España, destaco siempre la Sala de lo Penal de la Audiencia Nacional, porque es suya la doctrina que ha sido aplicada, y que después ha sido reiterada por los jueces de otros países, y en particular por los tribunales ingleses. Me estoy refiriendo al auto del pleno de la Audiencia Nacional del 5 de noviembre de 1998 que estableció la jurisdicción española. Esos principios reaparecen en el auto del 25 de noviembre de la Cámara de los Lores y están presentes en las sentencias del Tribunal Internacional para la ex Yugoslavia; es decir, la doctrina de la Audiencia Nacional ha tenido una gran proyección internacional. Y los jueces de instrucción, han tenido la clarividencia de acoger las demandas y querellas, e instruirlas. Fueron instruidas, en el caso de Pinochet, entre julio del 96 y octubre del 98 por García Castellón. Y a partir de ese octubre, por el juez Garzón.

-Oyéndole hablar, a veces parece, por su distanciamiento, que en el fondo, lo importante es usar a Pinochet para realizar otro objetivo: la justicia internacional…

-No es correcto, él es el gran criminal, en torno del cual, los tribunales de justicia de distintos Estados pueden demostrar que las normas de derecho internacional pueden ser aplicadas a crímenes de esta naturaleza. Y que eso sucederá, cualquiera que sea el nombre y la identidad del criminal, su nacionalidad, su ideología o su rango.

-Esa es la más importante consecuencia del 'caso Pinochet'. Pero hay más…

-Se trata de condenar unos crímenes cometidos contra un pueblo que pertenece a la comunidad hispánica. Yo veo una posibilidad de ir creando la conciencia de lo que llamo un espacio judicial democrático entre los pueblos hispanoamericanos. Tenemos un espacio judicial democrático en Europa, España es un país que está a caballo entre el mundo europeo y el hispanoamericano, y en normas que son de aplicación universal, como estas, creo que el ejemplo de la Audiencia Nacional de España, debería ser proyectado al futuro... Podría ser una contribución a la consolidación y desarrollo de la democracia, y los valores humanos de los que tan necesitados estamos toda la comunidad hispánica.

-El caso de México, concediendo la extradición a España de un argentino, detenido a petición de la Audiencia Nacional, por delito de genocidio, ¿va en esa línea?

-Es muy importante que México haya concedido esa extradición. Méjico es un país de América Latina cuyo sentimiento de independencia nacional es notorio..., pero ha reconocido la legitimidad de la jurisdicción española y concede la extradición. Es un paso en la dirección que estoy apuntando. Y mis mejores deseos son que, lo más pronto posible, el caso Pinochet no sea sino una referencia del pasado, al que hayan sucedido otros muchos casos.

-¿Tiene algún sentimiento hacia Pinochet?

-Ninguno, más allá de considerarlo un criminal en términos estrictamente técnico-jurídicos.

-En el caso, se ha producido una especie de acuerdo tácito para que continuara... a pesar de que las presiones políticas.

-La Audiencia Nacional de España y el resto de los tribunales que participan en el caso Pinochet han actuado en función jurisdiccional, sin someterse a las instrucciones políticas de sus respectivos Gobiernos. Uno de los aspectos más estimulantes ha sido que los tribunales de estos Estados se negaran a aceptar una estratagema política, como era utilizar los supuestos informes médicos secretos, como excusa para burlar a la justicia. Y si la extradición, ya concedida a España, no llegó a efecto, fue sólo porque el Gabinete británico usó sus facultades discrecionales en un procedimiento de extradición pasiva, y hurtó a los tribunales británicos la decisión de traer a Pinochet a España.

-¿Estuvieron de acuerdo los políticos ingleses y chilenos desde el principio, secretamente ?

-En mi análisis, el Gobierno británico actuó con estricto respeto a la independencia de sus tribunales. Y la decisión última que tomó la realizó, digamos, porque tenía esa facultad discrecional: la ley de extradición pasiva. Pero no desacató las decisión de sus tribunales.

-Pero sí puso en marcha esa estratagema médica que decía...

-Estimo que si accedió a ello fue debido a las grandes presiones que sobre el Gobierno británico ejerció el Gobierno de España.

-¿Más que el de Chile?

-Sí. Tuvieron más eficacia las presiones del Gobierno de España para derrotar a la Audiencia Nacional e impedir que se ejecutaran las resoluciones judiciales.

-Al final, Pinochet va a ser juzgado en Chile. Y es curioso, porque cuantos pedían esa posibilidad para librar a Pinochet de la justicia han tenido lo que querían, pero de otro modo. La onda expansiva que el caso ha producido, ha hecho posible que sea juzgado allí. ¿Le gusta que se haga justicia en su propio país, donde cometió sus crímenes?

-El caso se desarrolló en España a partir de 1996 porque las victimas de Chile tenían las puertas de su tribunales cerradas, y vinieron a la Audiencia Nacional. Otra de las dimensiones de este caso es el efecto que ha tenido sobre los tribunales chilenos la demostración de independencia de los tribunales de justicia europeos. Ha desvelado el oprobio que significaba que sus propios ciudadanos tuvieran que buscar justicia en tribunales de otros países.

-¿Pero le gusta que Pinochet sea juzgado en Chile?

-Siempre dije que debió ser juzgado en Chile, y que lleva un atraso de 27 años.

-Sinceramente, ¿creía que se iba a poder llegar tan lejos?

-Cuando uno empieza un caso judicial tiene un proyecto, pero nunca sabe cuál va a ser su desenlace. Este caso era un poco más complejo, pero todos pueden quedarse en nada. Eso, todos los abogados lo asumen. Y le diré: ha costado llegar hasta donde hemos llegado.

-Volviendo a su análisis, cíteme otro efecto derivado del 'caso Pinochet'.

-Los casos judiciales sobre crímenes de esta naturaleza desarrollan la conciencia cívica de los pueblos. En el sentido de que, si esos crímenes se cometen, no puedan quedar impunes, y de que la gente no quiere que se repitan. Francia juzgó en 1945 al mariscal Petain, jefe del Estado francés, cuando tenía 85 años, y murió en la cárcel a los 95. Francia tiene hoy en la cárcel a una persona de 90 años, Maurice Papon, acusado en 1997 de crímenes cometidas en los cuarenta. Su juicio sirvió para recordar a la sociedad francesa la memoria de éstos crímenes; es una forma de fortalecer los valores democráticos. La justicia ayuda al desarrollo de los valores democráticos, y el caso Pinochet ha sido visto así.

-¿Cuándo le pareció que el caso corría más peligro de detenerse?

-Ha habido muchos… Uno muy malo fue dos años y medio después de iniciada la instrucción en al Audiencia Nacional con el informe favorable de la Fiscalía, cuando en el mes de abril del 98 el fiscal Fungairiño dio un giro de 180 grados y exigió el archivo de la causa sacándose de la manga falta de jurisdicción.

-Tal vez Fungairiño estaba obedeciendo al fiscal general. Y éste al Gobierno… ¿O tal vez piensa que hubo razones personales del fiscal de la Audiencia?

-Se podrían dar razones personales, y de otro tipo. Yo retengo una entre otras, y es que un sector de la fiscalía española y de la judicatura se resiste a admitir que en España se reciba la jurisprudencia internacional y las normas de persecución de los crímenes contra la humanidad. La doctrina del Tribunal de Nuremberg se aplicó en todos los países que fueron liberados de Alemania en el año 45, pero aquí se ha aplicado, por primera vez, en 1998, en el caso Pinochet. Hay quienes en la magistratura y la fiscalía no quieren darse cuenta de que necesitamos adaptarnos a la Europa que derrotó al fascismo.

-La hija de Salvador Allende, ha dicho que sería inhumano encarcelar a Pinochet por la edad que tiene. ¿Está de acuerdo?

-Yo pienso que la ley tiene que aplicarse. Y en Chile, si una persona es condenada y juzgada, debe ir a la cárcel. En Chile y en cualquier otro lugar. Y máxime en un caso como éste, en que la acusación es de crímenes contra la humanidad. Aunque hasta que no haya una sentencia, toda persona es presuntamente inocente... Y el proceso aún está abierto… Las fuerzas se mueven…

-¿Todavía no está seguro?

(Fuente: La Insignia.Org.)