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ALGUNAS REFLEXIONES

CONTEXTO, PARIDAD Y DESAFÍOS PARA LOS MOVIMIENTOS FEMINISTAS

Por: Ximena Machicao Barbery

Coordinadora General de REPEM

América Latina y el Caribe se enfrenta hoy a una sorpresiva apertura política que puede traducirse en el esperado acceso de las mujeres latinoamericanas al poder. Una mujer presidenta en Chile, Michelle Bachelet, una candidata punteando las preferencias electorales en el Perú, Lourdes Flores, mayor número de Ministras de Estado en Chile, Argentina, Brasil, Bolivia, Uruguay entre otros países. Un número considerable de mujeres en los poderes legislativos, judiciales y gobiernos municipales en espacios de poder y decisión y otras proyectándose como candidatas a la presidencia y vicepresidencia en México y Costa Rica, son los hechos más recientes, que sumados a una larga historia en la lucha por la participación y la representación política en condiciones de igualdad, dan cuenta de que algo está sucediendo, para romper con la hegemonía masculina en el manejo de las grandes decisiones políticas, aunque aún, la transformación cultural en el ejercicio del poder es una asignatura pendiente y un déficit notable de las democracias que en general viven los países de la región.

En la asimetría de las diversas relaciones que se presenta en una sociedad, en sus conflictos y sus luchas, así como en sus cristalizaciones institucionales las relaciones de poder se encuentran estrechamente ligadas a las familiares, sexuales, reproductivas; íntimamente interconectadas y desempeñando un papel de condicionante y condicionado. Foucault reconoce al poder estatal como uno de los más importantes y propone elaborar una noción global que contenga tanto al estatal como a aquellos poderes marginados y olvidados en el análisis. Por ello lo define como una característica inherente en las relaciones sociales, sean cuales sean esas relaciones en una sociedad; “ el poder no es una institución, no es una estructura ni una fuerza de la que dispondrían algunos : es el nombre que se le da a una situación estratégica compleja en una sociedad dada”.

Arendt y también Foucault en su análisis crítico visualizan las facetas positivas que pude llegar a tener el poder. “Junto a la dominación, opresión explotación y control que se vinculan a la concepción del poder más generalizada, que se expresa en “poder sobre”, se encuentra lo que puede describirse como “poder para”. Este último implica la posibilidad de lograr objetivos a través de acciones concentradas de individuos organizados. En otras palabras, la acción concertada de los actores colectivos crean medios para la acción y poder para crear alternativas. Por ello el poder no sólo tiene efectos negativos, como prohibir o restringir, sino que también tiene efectos positivos, creativos y productivos...”

Para alcanzar objetivos que intentan transformar el poder como dominio “ no es suficiente tener interés y voluntad; los actores requieren de medios para vencer las condiciones pre-existentes y las resistencias que se generan frente a los cambios. La creación, adquisición y acumulación de medios para la acción puede considerarse como creación, adquisición y acumulación de poder ( empoderamiento )....

Desde los movimientos sociales y particularmente desde los movimientos feministas se ha ido buscando un giro alternativo y una resignificación para entender el poder, sus lógicas, manifestaciones expresiones y alternativas para transformarlo en un “poder para” –en franca confrontación con el “poder sobre” los demás-, el “poder con”, el “poder desde adentro o el poder interior”, estos abordajes fueron de gran utilidad para desentrañar las relaciones tanto privadas como públicas y empezar a confrontar y debatir sobre la división sexual y social del trabajo y las consecuencias que tuvo en la vida de las mujeres la consolidación y el fortalecimiento de un sistema de valores objetivos y simbólicos excluyentes y discriminatorios que durante siglos a relegado a las mujeres de la representación política y del ejercicio real del poder.

La representación política y el ejercicio del poder, es un tema fundamental en la construcción del concepto de una ciudadanía plena y activa. Este tema que cobra mucha fuerza en el proceso hacia, durante y después de realizada la IV Conferencia Mundial de la Mujer (Beijing 1995) se convierte en un eje articulador muy fuerte de las propuestas de las mujeres en la región, dándole un nuevo significado y sentido político que atraviesa las distintas acciones y reflexiones tanto desde los movimientos organizados de mujeres y feministas, como desde las instancias gubernamentales y la cooperación internacional, sobre la necesidad de vincular la ciudadanía con el ejercicio del poder y cómo este se distribuye y organiza en las sociedades actuales con el fin de contribuir a la construcción de un nuevo tipo de contrato social más justo, igualitario y equitativo.

Es en este marco, sin lugar a dudas, las mujeres en estos últimos 20 años han ido conquistando, descubriendo e incorporando derechos fundamentales pero restringidos en su ejercicio. En la medida que la ciudadanía no tiene el mismo valor para los distintos sectores sociales, la complejidad del cambio en las relaciones políticas y en el ejercicio del poder, no pueden ser resueltos sólo a partir de cambios en los marcos jurídicos denominados “igualitarios”, porque si bien, como señala Gina Vargas, “los sistemas democráticos, deberían ser el terreno propicio para construir y alcanzar ciudadanías plenas, no hay una relación directa entre democracia y ciudadanía. El desarrollo y la expansión de los derechos ciudadanos puede darse por decisión de las elites dominantes (desde arriba) o por presión (desde abajo) o en combinación..”

Por lo tanto, la aspiración de ciudadanías plenas estaría en relación directa con las posibilidades que tiene un momento histórico determinado. Es decir, todos los derechos ciudadanos que gozan los más privilegiados de la sociedad y todas las garantías que los sectores con ciudadanías restringidas van conquistando, descubriendo, incorporando y ejercitando en su lucha por ampliar y ejercer esa ciudadanía, siempre serán restringidos, porque casi nunca las garantías antecedentes a los derechos descubiertos o exigidos y menos aquellos conquistados bajo precedentes y estructuras políticas patriarcales.

Si sobre está “afirmación” realizamos una evaluación general de los que en estos últimos años ha significado y representado en América Latina y el Caribe la participación política de las mujeres a través de una serie de medidas de discriminación positiva y/o acciones positivas, como la ley de cuota legislativa, que regula las leyes electorales, las reguladoras de la representación en los partidos políticos; la de los ejecutivos y demás, podremos ver que si bien apuntaron, todas ellas, a acortar la brecha entre hombres y mujeres en el campo político con mecanismos heterogéneos, sus impactos no han sido los esperados ya sea por su concepción, por sus estrategias, por la limitación que establecen las mismas leyes o simplemente por que los transgresores políticos e institucionales de las mismas son impunes frente a su incumplimiento.

En términos globales las mujeres representan más de la mitad del electorado, pero apenas el 12.7% del total de bancadas parlamentarias en el mundo ocupan las mujeres y en América Latina no alcanza al 10 %. Esto demuestra que si bien en algunos países como Argentina y Costa Rica muestran avances importantes y hoy Chile con la democracia paritaria en el Poder Ejecutivo, en otros países los avances han sido relativos o nulos, pese a las medidas de discriminación positiva, que de hecho no son medidas de carácter vinculante a la Constitución Política de los Estados, por lo tanto su aplicación se encuentra circunscrita a la voluntad de los gobiernos y partidos de turno, que con matices menos o más, aún no reconocen que la paridad en la participación y representación política de las mujeres, en un requisito sine qua non, para la transformación de la democracias y su cultura política, en la lucha contra la pobreza y la exclusión social.

Las mujeres son agentes de cambio, promotoras dinámicas de las transformaciones y actoras fundamentales y benefactoras del desarrollo, por lo que la paridad democrática puede representar una conquista histórica para que las mujeres acceden cada vez y con mayor fuerza a espacios de poder y decisión, intenta reparar un error en las prácticas políticas y conceptualmente re-significa el término de igualdad al romper con la estrategia falsa y peligrosa que conducía a las mujeres a obtener legitimidad frente al poder hegemónico masculino en el control del poder, los bienes y los recursos. “ No existe un segundo sexo. Los dos sexos ya no tienen una relación jerárquica desprovista de todo fundamento objetivo sino de equivalencia” como señala Apprill, Claudette (1997)

En América Latina y el Caribe el concepto de paridad y sus alcances para la democracia aún esta lejos de establecerse sostenidamente en los debates actuales y menos aún en las prácticas políticas ya que es un concepto que emerge como alternativa a las cuotas (que tuvieron en su momento una serie de resistencias de todo tipo) y que persigue el logro de cantidades iguales que garanticen efectivamente la igualdad para hombres y mujeres en las posiciones de poder, vinculando esta presencia paritaria como un derecho permanente, que pone en la mesa de discusión el concepto de igualdad que al decir de Sevilla Merino “ la igualdad es un concepto dinámico, o debería serlo, y ningún Estado tendría que conformarse con una cuota menor de igualdad de lo que la evolución social requiera. Su límite y punto de equilibro sería la libertad.”

En la lucha en América Latina y el Caribe por lograr mayor número de mujeres en lugares públicos-políticos de poder y decisión, el concepto de democracia paritaria y su práctica política, sin lugar a dudas, se convierte en uno de los desafíos teóricos y prácticos más importantes en el contexto actual que vive la región, donde una nueva correlación de fuerzas progresistas se esta gestando con un claro discurso político de confrontación frente al modelo de desarrollo neoliberal. Sin embargo, algunos de estos gobiernos están mostrando señales preocupantes y posiciones fundamentalistas en relación a los derechos políticos, civiles y ciudadanos de las mujeres. Las agendas de las mujeres por su fragilidad tienen mayores posibilidades de ser negociadas y abandonadas frente a los “grandes” temas nacionales en desmedro, una vez más, de las demandas más sentidas e históricas de la mitad de la población mundial, las mujeres.

A este debate y desafío se suma ya un viejo dilema de los movimientos de mujeres y/o feministas que tiene que ver con los liderazgos que se convierte en un tema central para comprender las limitaciones y los obstáculos a la hora de transformar al movimiento en actor político y lograr el protagonismo colectivo de las mujeres.

En la región y por la experiencia vivida a través de la llegada de muchas mujeres a instancias de poder y decisión, se comparte cada vez más la idea, de que las mujeres automáticamente, por ser tales, no plantean la agenda de las mujeres, no tiene un compromiso genérico y la mayoría de la veces son resistentes a la denominada “ agenda feminista radical”, como es el caso en torno al ejercicio de los derechos sexuales y reproductivos y sobre la paridad en la participación y representación política. Por lo que ser mujer, como señalan Bruera y Gonzalez, “no parece ser garantía contra las formas de ejercicio del poder como dominio, ni contra la corrupción, ni la ineficiencia o la frivolidad..”

Bocchetti, en este marco señala que “el ojo se acostumbra pronto a ver a una mujer en el lugar de un hombre cuando ella cumple las funciones previstas por un orden social pensando por hombres”.

Pese a ello, las mismas autoras reconocen que “ no es indiferente ser mujer u hombre en el terreno del liderazgo”. A las mujeres se las toma instintivamente como representantes de las mujeres y en esa condición deberán pasar por innumerables pruebas y exámenes explícitos o encubiertos, donde se les exige que demuestren una capacidad superior a la masculina, no hay derecho a dudas cuando se equivocan y están permanentemente sometidas al escarnio público al que los hombres no están, pese a que históricamente por hecho y por derecho han hecho uso y abuso nefasto y arbitrario del poder.

Pero el dilema existe y el desafío esta puesto: ¿ como desarrollar estrategias políticas que “vinculen el liderazgo, con la subjetividad y la profesionalización” del trabajo público - político en esta gran responsabilidad de transformar al movimiento de las mujeres en un actor político protagónico? ¿Cuáles son las definiciones del tipo de sociedades que queremos construir en base a nuevos paradigmas, que contengan una noción de desarrollo integral sustentado en el respeto irrestricto de todos los derechos humanos, políticos y civiles y que reconozca el sentido y la riqueza que tienen las diferencias y la diversidad de los sujetos sociales? Las posibles respuestas a estas preguntas y a otras, podrán ser encontradas – de alguna manera- en la medida que las mujeres en ejercicio de la política real , hagan de este ejercicio un espacio público donde sea posible dirimir las contradicciones sociales y las que surgen del empoderamiento de las mujeres.

“El empoderamiento es un fin y un medio a la vez. Es un fin en tanto se busca construir sociedades más justas donde las personas puedan desarrollar plenamente sus potencialidades; y es un medio en tanto a través de él se busca promover un desarrollo justo, inclusivo y sustentable..”

Al respecto Sonia Montaño V. Señala que “el concepto de exclusión social resulta insuficiente para entender la dinámica de género de la pobreza, si no lo asociamos al concepto de empoderamiento , que ayuda a comprender mejor el proceso por cuyo intermedio mujeres y hombres ganan y hasta negocian, entre ellos y con los demás, un mayor control sobre sus vidas”. Por esta razón la pobreza va más allá de los debates a cerca de los ingresos y de los instrumentos para medirla principalmente en sus efectos. Los estudios de género sobre este tema contienen un abundante y riquísimo aporte, respecto al impacto diferenciado que tiene la pobreza sobre hombres y mujeres en la región más inequitativa del mundo como es el caso de América Latina y el Caribe.

Entender la pobreza como una situación de privación de capacidades y no simplemente de ingresos o necesidades básicas insatisfechas, es un enfoque que abre las puertas a un análisis de la pobreza de las mujeres en sus especificidades en el marco de las relaciones de género. No solo interesa saber cuántas mujeres viven en la pobreza o en la extrema pobreza o cómo influye su participación en la economía formal y más en la informal , donde su presencia es predominante en la búsqueda de mejorar sus ingresos familiares a través del desarrollo de múltiples estrategias de sobrevivencia, despojadas de todo tipo de beneficios y seguridad social, sino que es fundamental visualizar en la lucha contra la pobreza, en que medida las mujeres están siendo habilitadas para ejercer una ciudadanía que les permita participar plenamente en la construcción de una sociedad democrática revalorizada en términos de justicia, igualdad de oportunidades y equidad.

Esto nos plantea otro desafío que es el de comprender la multidimensionalidad del concepto de pobreza ya que la exclusión social por el motivo que sea y particularmente por razones de género implica la imposibilidad de participar libremente y sin ningún tipo de coerción ni violencia en el mercado, en las decisiones políticas nacionales, comunales y locales, como en aquéllas que se toman en el ámbito privado y en las diferentes formas de familias hoy existentes en la sociedad.

Estos son algunos argumentos básicos para demostrar la necesidad que existe para promover y desarrollar espacios sostenibles de debate y reflexión sobre estos temas. El contexto que hoy vive América Latina y el Caribe exige a los movimientos feministas como propuesta política, re-mirar sus prácticas, sus discursos y sus acciones. Nos encontramos frente a un momento de inflexión en relación a lo que fue la década de los 90 y los logros que se obtuvieron políticos e institucionales desde las voces y las propuestas de las mujeres. El contexto que hoy vivimos, sin lugar a dudas, presenta oportunidades pero también contiene enormes riesgos y peligros si se empiezan a consolidar tendencias, propuestas, posiciones políticas y nuevas hegemonías de poder, cuyo análisis, propuesta y prácticas políticas son asumidas como verdades absolutas autoritarias y excluyentes en un mundo global constituido y formalizado bajo parámetros unilaterales, militaristas y fundamentalistas

Montevideo, Febrero, 2006.