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El mundo se escribe con Ďa'

 

La mitad de la población mundial es discriminada por razón de género. Nacer mujer implica ser un ciudadano de segunda. Dos tercios de los analfabetos del planeta son mujeres y niñas, medio millón de mujeres mueren cada año durante el embarazo y el parto, dos tercios de los menores no escolarizados son niñas, hay más mujeres infectadas de sida, aportan dos terceras partes de las horas de trabajo, pero sólo reciben un tercio de los ingresos y el 70% de las mujeres viven en condiciones de pobreza. Cifras que ponen de manifiesto que aún estamos lejos de conseguir la igualdad entre géneros. Las mujeres siguen sufriendo hoy graves atropellos a sus derechos.

Desde la Conferencia de la Mujer celebrada en Beijing hace diez años, poco o nada se ha avanzado. Como en otras ocasiones, los compromisos adquiridos por los 189 países firmantes para promover la participación de las mujeres, para apoyar el acceso de las mujeres a trabajos bien remunerados, para asegurar la escolarización primaria de las niñas o para legislar contra la violencia doméstica han quedado en principios de intenciones y buenas voluntades.

La violencia contra las mujeres, por la que más de 60 millones de mujeres y niñas mueren cada año, es uno de los aspectos más graves que produce la desigualdad entre géneros. La violencia doméstica nada tiene que ver con la raza o la condición social. Mujeres de todo el mundo son maltratadas por sus parejas o familiares hombres. Así, la violencia doméstica causa hoy más casos de invalidez que la malaria, los accidentes de tráfico o las guerras. Sólo en Estados Unidos, una mujer es maltratada cada nueve segundos.

La desigualdad entre hombres y mujeres, además, implica un alto coste. No sólo social sino también económico. Estudios de la ONU revelan que si a las mujeres se les ofrece el mismo apoyo que a los hombres, éstas incrementan un 20% el rendimiento de las tierras de cultivo o que si en Latinoamérica se eliminasen las desigualdades en el mercado laboral, el Producto Interior Bruto (PIB) aumentaría un 5%.

La educación es una de las claves para superar las diferencias. La vida de una mujer que tiene acceso a educación nada tiene que ver con la de aquellas que son privadas de este derecho universal. Una niña que estudia se casará más tarde, tendrá menos hijos, dará mejor atención y alimentación a su familia y participará de manera más activa en su comunidad. La educación de las niñas rompe con el círculo vicioso de la pobreza. La formación y la independencia económica de las mujeres son dos factores fundamentales para conseguir el desarrollo de la comunidad en la que vive.

Los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM) suponen hoy la esperanza y el compromiso de que otro mundo es posible. En ellos, también quedan recogidos aspectos fundamentales para acabar con las desigualdades por razón de sexo: educación universal, mejora de la salud maternoinfatil, erradicación de la pobreza... Los ODM son una alternativa que los ciudadanos del mundo no podemos dejar pasar. La sociedad civil organizada tiene que exigir a los gobiernos y organismos internacionales medidas y leyes que lleven a la consecución de estos retos en el año 2050.

Aún hoy, en el siglo XXI, son muchos los que opinan que la mujer debe dedicarse a su rol de madre y de sus labores domésticas. Las niñas quedan dentro del ámbito privado y su papel público desaparece. Con él, el acceso a la educación, a la salud y al reclamo de sus derechos. El cambio, en este sentido, pasa por una educación basada en valores de igualdad para eliminar los prejuicios y estereotipos relativos al género. Cualquier medida o legislación que no vaya acompañada de una educación que luche contra las diferencias de género, no servirá para cambiar las estructuras sociales. Se han dejado pasar demasiadas oportunidades y hoy el mundo se escribe con Ďa'.

 

 

Ana Muñoz

Periodista