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  17 de junio de 2002

- Medidas urgentes para combatir el maltrato a la mujer -
La Prevención en el Maltrato a la Mujer
Cristóbal Sánchez Blesa*

"Estaba delante de mí, las muletas apoyadas en el sillón, una muñeca vendada y las lágrimas paseándose por sus mejillas (…). De pronto susurró: estoy enamorada, le quiero. Era tristeza en estado puro". Con estas palabras aterradoras arranca el libro Íbamos para Reinas de la periodista española Nuria Varela. En él se narra la situación de cientos de miles de mujeres maltratadas por sus parejas en un país tan evolucionado y europeo como España. Pocos países se libran del cáncer primitivo que supone el maltrato y el abuso del hombre a la mujer, especialmente a su propia pareja.

El Informe sobre Población Mundial del año 2000 de Naciones Unidas nos dice que una de cada tres mujeres en todo el mundo ha padecido puntualmente o de manera sostenida una situación similar de maltrato. Si seguimos con el caso español, son alrededor de setenta las mujeres que mueren de manera directa cada año a manos de sus maridos o novios, según obra en las fichas policiales.

En las sociedades modernas todavía los partidos políticos, los parlamentos o los consejos de dirección de las empresas siguen acaparados por hombres. Es muy raro, incluso en países del norte de Europa, que una mujer llegue a la Jefatura del Estado. En Francia, sin ir más lejos, las mujeres en el parlamente no superan el 30%. Aún la mentalidad colectiva no asume con comodidad que una mujer tenga la suficiente madurez para gobernar algo más grande que su propia casa. Ante esto, es necesaria la construcción de nuevos sistemas de entendimiento.

A aquellos que actúan de forma salvaje hay que aplicarles la fuerza policial y los instrumentos judiciales de los Estados. El marco legal de la mayoría de los países no está preparado para frenar los abusos físicos y psicológicos a que se ven sometidas las mujeres. Una agresión de un hombre a su compañera se sigue considerando un pasaje doméstico que no debe escapar al ámbito de la intimidad familiar. Incluso si la mujer se rebela, su entorno parece mirarla con ojos de reproche pensando que "algo habrá hecho". Y si, por fin, ella quiere dejar de sufrir el abuso sistemático de la fuerza, probablemente se encontrará con una situación económica precaria. Hay que recordar que globalmente la mujer tiene mucho menos acceso a la educación que el hombre, ella se dedicará al cuidado de la casa y para eso no necesita más conocimientos que el respeto al pater familias. La consecuencia, en la mayoría de los casos es la soledad, la depresión, la frustración y la ansiedad.

Un caso dramático de agresión de género lo estamos viviendo en las últimas guerras. El amplio despliegue de medios informativos alrededor de ellas saca a la luz un arma psicológica decisiva: la violación a las mujeres del enemigo. Tenemos ejemplos recientes en los Balcanes o en Ruanda. Otro no menos estremecedor es el de la mutilación genital a más de ciento treinta millones de niñas, según la Organización Mundial de la Salud. De nuevo, son los tribunales, nacionales o internacionales, los que tendrán que tomar medidas urgentes para que ejemplos sangrantes como los anteriores no se repitan.


Sin embargo, corremos el peligro de considerar que sólo con medidas policiales y con la exigencia del respeto a los derechos humanos más elementales, los problemas de género pasarán página en la historia. Sin duda, son puntas afiladas de iceberg que nos espolean para no sacrificar las generaciones actuales de mujeres en espera de un futuro más justo.

Las mujeres de hoy necesitan medidas urgentes. Pero esas medidas no pueden opacar la verdadera base social e histórica del problema. Existe una desigualdad injusta entre géneros. Ante esta realidad hay que plantear estrategias que incluyan un trabajo educativo sostenido a largo plazo. Hay que revisar planteamientos religiosos que condicionan la ética y los comportamientos de millones de personas. Será fundamental promover formas de sostenibilidad económica de las mujeres que les proporcionen autonomía frente a compañeros indeseables. Y, sobre todo, es necesario un cambio de conciencia en el que los conceptos de hombre y mujer no sean una dicotomía, sino polos complementarios de una misma realidad humana.

Las últimas palabras de Nuria Varela en su libro bien pueden ser una declaración de principios para las personas que hayan superado esos límites castrantes: "Hombres y mujeres tenemos la obligación de crear un mundo de ciudadanos y ciudadanas equivalentes, iguales ante la ley y con los mismos derechos, incluido el derecho a soñar".

*Periodista