Ir a Página de Inicio
 
  EL DELITO DE SER MUJER
Ángel Gonzalo*

Es una realidad denunciada por las organizaciones sociales que las mujeres padecen discriminaciones en todos los países del mundo. La violencia de género tiene datos alarmantes. Entre 85 y 115 millones de niñas y mujeres han padecido alguna forma de mutilación de sus órganos genitales y una de cada tres ha sido maltratada por su pareja.

Amnistía Internacional equiparó en su último informe los malos tratos recibidos en el hogar con la tortura. En EEUU cada 15 segundos una mujer es agredida y 700.000 son violadas cada año. En España se han presentado más de 23.000 denuncias por malos tratos en lo que va de año. Y eso que los expertos consideran que las denuncias se producen en última instancia, después de varios abusos, y que representan alrededor del 10 o el 15% de los casos reales de malos tratos.

Lo cierto es que viendo estas cifras, uno parece viajar en el tiempo hasta los años más oscuros de la Edad Media. Es estremecedora la situación de las mujeres bangladeshíes a quienes se les desfigura el rostro con ácido o el de las paquistaníes que son obligadas a casarse por imposiciones familiares o el de las afganas condenadas, por los tristemente famosos talibanes, a ir cubiertas de los pies a la cabeza con un burqa.

En todos los rincones del planeta hay casos de mujeres aterrorizadas que callan las agresiones, que sufren en silencio, que no denuncian a sus agresores por miedo a las represalias de sus maridos, de sus familias o a la incomprensión de la sociedad. Hasta hace poco, en Occidente, ni siquiera los médicos tenían el soporte legal necesario para seguir los casos de malos tratos y se limitaban a tratar las lesiones y dar asistencia psiquiátrica a las víctimas.

Un mundo en el que el 20% de las mujeres sufre malos tratos físicos o agresiones sexuales no puede ser un mundo justo. Y menos cuando muchos de estos casos, una vez denunciados, no encuentran en la justicia la respuesta adecuada. El objetivo de las leyes democráticas y solidarias debe ser proteger a las víctimas y juzgar a los agresores. Esta obviedad se olvida en demasiados casos. Las sanciones a los agresores se consideran en muchas ocasiones como "leves" y , con cierta frecuencia, se culpa a la mujer, en temas sexuales, de haber incitado al hombre.

Según los psicólogos, una vez que una mujer se atreve a denunciar a su agresor y se encuentra con que se pone en duda su testimonio, puede quedar marcada para toda la vida, no llegando a superar nunca su trauma. Incluso puede darse en ellas lo que se conoce como "síndrome de la mujer maltratada" por el que asume las agresiones como un castigo merecido, cree que las soluciones le son ajenas y, en algunos casos, llega a justificarlas. A veces genera en la víctima adicciones, sobre todo hacia el alcohol. Y también el mismo alcoholismo por parte del agresor es la causa principal de la violencia. Igual o mayor que los celos o la mentalidad agresiva y dominante por parte del varón. Algo propio de sociedades primitivas.

Por ello, es exigible desde todos los ángulos sociales que se tomen medidas para prevenir los malos tratos domésticos, que no se deje sin investigar ninguna denuncia, que se procese a los autores mediante juicios justos y que se garantice que sus condenas se ajustan al delito cometido, proporcionando a las víctimas compensaciones adecuadas. Aunque, a veces, no exista compensación posible para tanto horror.

*Periodista