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  Hace 40 años en un lugar del Plata cuyo nombre no viene al caso...

La Conspiración Cronópica

Por Miguel Grinberg

Entre 1952 y 1959, en París y en Roma, Julio Cortázar escribió una serie de relatos breves que el mundo conocería como Historias de Cronopios y de Famas. Los “famas”, claro está, o eran autores consagrados o ciudadanos con la vaca atada. Las “esperanzas” eran una multitud de amargados atados a la ilusión de picotear alguna ventaja de los primeros. Y finalmente estaban los “cronopios” (Cortázar era uno de ellos): minoría inclasificable. nacida para cosas inapreciadas, como observar el sobrevuelo de las babas del diablo sobre los autos que corren hacia ninguna parte. Poco tiempo después, algunos jóvenes poetas de Buenos Aires descubrimos nuestra raigambre cronópica. Y claro está, el Julio se sumó a nuestras complicidades proféticas.

En 1962, hace cuarenta años, fundé una red panamericana de poetas que bauticé como Movimiento Nueva Solidaridad (MNS). Secundado por el cronopio Antonio “Giorgio” Dal Masetto editaba la revista literaria Eco Contemporáneo, y éramos tan desconocidos que hasta nuestros padres solían recibirnos en casa con la pregunta: “¿Qué puedo hacer por usted?”. Mi papá tenía un taller artesanal de artículos de cuero en la Capital Federal. El papá del Tano tenía una carnicería en Salto Argentino. No les daba por la literatura. Poca cosa podían hacer por nosotros, salvo bancar nuestros sueños románticos.

Intercambiábamos los libros de nuestra biblioteca: yo le pasaba a Kerouac, él me pasaba a Pavese. Giorgio no se impresionó con mi invento del MNS y esperó pacientemente algo menos abstracto. Por suerte, éramos tiernos, pacíficos e insobornables (como todos los cronopios) y coincidíamos en campañas muy bien armadas para la seducción de señoritas sabrosas, a menudo estudiantes de filosofía y letras, o, en su defecto, jóvenes actrices. Pero para la conspiración poética debí arreglármelas solo.

Siempre creí que el universo es un poema. La Tierra es un poema. La vida es un poema. Cada niño que nace es portador de un poema. Y cada uno de nosotros tiene anidado en su ser un poema único con el cual podría establecer relaciones... si bien eso requiere refinar algunos dones naturales y a la vez desprenderse de algunas nefastas costumbres inoculadas por la cultura materialista que predomina en esta etapa de la historia humana en este planeta.

Casi todo el mundo supone que la poesía es un asunto reservado para “los poetas”, hombres o mujeres que accedieron a cierto don por milagro, por accidente o por masoquismo. Pero no es así. La poesía es un don universal, un sentido sutil que navega a través de nuestros sentidos convencionales, pero que por no depender de lo corporal nos permite transitar lo extraordinario. Titila en una órbita que con otro tipo de energías sutiles también transitan los profetas, los visionarios, los santos, los sabios y los inocentes.

En una de sus composiciones, el poeta estadounidense Allen Ginsberg –con quien yo intercambiaba correspondencia desde 1959– clamó: “Poeta es Sacerdote” (Poet is Priest). No se refería a una iglesia o a una religión. Aludía a la capacidad de CREAR, algo que no es patrimonio exclusivo de los dioses. De ahí que podamos decir: quien se lo proponga, podría existir poéticamente. No por el poder, la gloria o el dinero. Sino por el deleite de nadar sin lastres por el universo.

Mi revista Eco C. coincidió en el tiempo y el espacio con otras revistas y grupos literarios de las Américas: El Corno Emplumado (Margaret Randall y Sergio Mondragón) y Pájaro Cascabel (Thelma Nava) en México, El Pez y la Serpiente (Pablo Antonio Cuadra y Ernesto Cardenal) en Nicaragua, El Techo de la Ballena (Edmundo Aray) en Venezuela, los Tzántzicos (Ulises Estrella) en Ecuador, Los Nadaístas (Gonzalo Arango) en Colombia. El novelista Henry Miller aceptó ser presidente honorario del MNS y del mismo modo, el monje Thomas Merton fue nuestro sacerdote honorario. En febrero de 1964 tuvimos nuestra primera reunión fraternal con muchos otros en la capital de México, y fue para esa ocasión que llegó el mensaje solidario de Cortázar. Decía:

A los cronopios de la Acción Poética: Nada puede parecerme más ominoso que una reunión de cronopios poetas y artistas. La sola y siniestra idea es comparable a la mañana en que los campesinos de Bustedville, Nevada, vieron llegar un caballo sin jinete, con un mensaje atado a un estribo: las langostas habían aprendido a pensar y avanzaban estratégicamente comiéndose a los hombres en vez de las plantas de maíz. Pero también, mensaje por mensaje, acordémonos de la botella vomitada por el mar en las playas de Dubrovnik en agosto de 1865, con su inscripción bordada en un guante de mujer: “Estoy tan solo, tan lejos, tan alto”. Dados estos antecedentes, toda aglomeración de cronopios me parece digna de sospecha. ¡Cuidado con los poetas, que muerden! ¡Cuidado con los artistas, que transforman! Ya se han visto sus intenciones en el volante teñido de rosa ingenuo que han distribuido profusamente y donde anuncian: “Cerrojos caídos y puertas abiertas” (líneas 28-29). ¡Cerrojos caídos, puertas abiertas! ¿Pero qué va a ser de nosotros, doctor Gómez? ¡Ay, vaya uno a saber, señora Rodríguez!

En vista de todo lo cual, mi indignada aportación a este nefasto primer encuentro de la A.P.I. es la siguiente: Cronopios de la tierra americana, muestren sin vacilar la hilacha. Abran las puertas como las abren los elefantes distraídos, ahoguen en ríos de carcajadas toda tentativa de discurso académico, de estatuto con artículos de I a XXX, de organización petrificadora. Háganse odiar minuciosamente por los cerrajeros, echen toneladas de azúcar en las salinas del llanto y estropeen todas las azucareras de la complacencia con el puñadito subrepticio de la sal parricida. El mundo será de los cronopios o no será, aunque me cueste decirlo porque nada me parece más desagradable que saludarlos hoy cuando me resultan profundamente sospechosos, corrosivos y agitados. Por todo lo cual aquí va un gran abrazo, como le dijo el pulpo a su inminente almuerzo. París, 1964.

Emitimos un geo-manifiesto que fue rigurosamente ignorado por los suplementos literarios de las Américas: ésa es la gran fuerza cronópica, siempre conquista unanimidades en su contra. Nunca pudimos hacer un segundo encuentro, porque íbamos a concretarlo en Rio de Janeiro y pocas semanas después un golpe militar instauró en Brasil una dictadura que duró casi veinte años. Pero igual, y a lo largo de los años Sesenta, bordamos redes e intercambiamos vaticinios. Luego vinieron otras décadas y otros cronopios. Se sumaron los impulsos del rock progresivo, las batallas del ecologismo y las introspecciones espirituales. Y llegamos al final del siglo XX con mucho por hacer y rehacer en el mundo.

Revivimos el ritual cornópico en 1990, cuando Ginsberg convocó al Instituto Naropa de Colorado (Estados Unidos) a todos los veteranos de las siembras poéticas sesentistas. Allí estuvimos con Mario Trejo, Meg Randall, Gary Snyder, Claribel Alegría, Jerome Rothenberg, Gioconda Belli, Joseph Richey, Anne Waldman, Lawrence Ferlinghetti, Ed Sanders, y muchos más. Otro auténtico congreso panamericano de poesía, que emitió un eco-manifiesto que tampoco nadie divulgó en parte alguna..

Han pasado los años. Algunos ya no circulan por las calles del tiempo con sus ojos encandilados por el arcoiris del milagro. Y el mundo posmoderno retumba en todos los continentes con su eructo ensordecedor y su olor a Apocalipsis.

De modo que, indudablemente, en la primera década de otro siglo ha llegado el momento de salir a proclamar una vez más la balada utopista de la hermandad cronópica. Como decía Ferlinghetti en su Manifiesto Populista:

“Poetas, salid de vuestros armarios,

abrid vuestras ventanas, abrid vuestras puertas,

habéis estado enclaustrados demasiado

en vuestros mundos cerrados.

Poetas, descended

a la calle del mundo una vez más

y abrid vuestras mentes & ojos

con el antiguo deleite visual.

Aclarad vuestras gargantas y decidlo:

La Poesía ha muerto, viva la poesía

con ojos terribles y fortaleza de búfalo.

La poesía cae todavía de los cielos

hacia nuestras calles aún abiertas.”

Quedaría por recordar que en 1962, también 40 años atrás, dos facciones de generales argentinos se tirotearon entre sí pintadas de azul y de colorado, y en el medio murieron algunos soldaditos conscriptos. El Presidente radical intransigente Arturo Frondizi había sido confinado en la isla Martín García y durante veinte meses (José María Guido) hubo un primer mandatario simbólico que completó el período hasta las elecciones de 1963. La clase política tradicional se organizó para que el peronismo no volviese esa vez al poder (aunque igual lo logró en 1974 con un Perón exhausto). El 31 de julio de 1963 el radical del pueblo Arturo Illia fue elegido Presidente por 2.500.000 votos, ante 1.700.000 votos en blanco (peronistas excluidos) y 1.600.000 votos a favor del ex radical Oscar Alende. Todo parecido con eventos de la realidad actual no es mera coincidencia.

En México 1964 también recibimos un mensaje del cronopio Henry Miller:

Amigos: Me alegra saber que tantos poetas y artistas de todas clases concurren a este Encuentro. No sé exactamente qué se podrá alcanzar, pero les deseo todo lo mejor. Naturalmente, los poetas de este mundo están centurias más adelantados que los políticos y los estadistas. No esperen el rápido paso de la tiniebla. Tenemos que atravesar todavía un largo túnel. Pero el final está a la vista. Y este final es: libertad. Libertad para todos, sin importar raza, casta, status, color credo. No me interesa la política, como bien saben. Pero sí me interesa la libertad. ¡Buena suerte! ¡Mejores deseos!

Las décadas se han sumado inflexiblemente en el corredor de las ilusiones. Según se mire, estaríamos en el peor o en el mejor de los mundos. En el peor, si se contabilizaran todas las infamias que ocurren simultáneamente. En el mejor, si asumiéramos que tanta catástrofe imperante nos exime de las ceremonias de destrucción y nos abre el acceso directo a la reinvención del mundo. Sin concesiones al azar, Cortázar proclamaba que el mundo será de los cronopios, o no será.