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Migraciones globalizadas

Hay 191 millones de personas que viven fuera de sus países de origen según un reciente informe de la ONU. El estado de la población mundial,  analiza la evolución del fenómeno migratorio durante las últimas décadas a nivel global.  El número de emigrantes se ha duplicado en los últimos cincuenta años. El flujo migratorio,  de la manera en que se da hoy, es el resultado y a la vez podría ser una alternativa para reducir la pobreza.
La Asamblea General de Naciones Unidas celebra los días 15 y 16 de Septiembre “un diálogo de alto nivel” para examinar los efectos de la migración internacional y el desarrollo. Las facilidades de comunicación y transporte han favorecido la salida de personas hacia zonas donde las posibilidades de desarrollo personal son mucho mayores. La enorme brecha producida por la globalización ha aumentado el flujo de personas entre los diferentes países. 
Los más desarrollados son los que reciben mayor número de inmigrantes. Veintiocho países acogen al 75% de ellos. Estados Unidos es el que más recibe, algo más de 38 millones, un 20% del total. México, por el contrario, es la nación con mayor número de emigrantes del mundo. Cerca de 400.000 mexicanos cruzan cada año la frontera en busca de las oportunidades y el Bienestar que disfrutan sus vecinos del norte.
En los últimos quince años, la población mundial de emigrantes aumentó en 36 millones. Los países desarrollados acogieron a 33 millones y los países en vías de desarrollo sólo tres millones. Los que han obtenido un mayor desarrollo económico durante este periodo son también los que han recibido un mayor número de inmigrantes. Estados Unidos -15 millones-, España y Alemania –más de cuatro millones-, han sido los países que han registrado un mayor aumento.  Ante el crecimiento de la inmigración en los últimos quince años, estos países habían manejado este fenómeno como un problema local.  Construyeron vallas,  aumentaron la presión policial contra los indocumentados e incluso las vigilancias marítima y fronteriza; pero el número de inmigrantes que ponen en peligro su vida en busca de un sueño, el de tener una vida digna, no ha dejado de crecer.
El informe también advierte del aumento de emigrantes en situación irregular. En estos momentos hay cerca de 40 millones de personas que viven en la clandestinidad, sin acceso a los derechos básicos que los países de destino reconocen a sus ciudadanos. Personas que, no pocas veces, acaban relegadas al mercado negro, donde encuentran cobijo bajo las alas de las mafias y de empresarios sin escrúpulos a los que les interesan la fuerza y el bajo precio de su mano de obra.
Ante la presión de los inmigrantes sobre las fronteras del mundo desarrollado, el fenómeno migratorio empieza a plantearse desde una perspectiva global y no local.  No es en sí un problema, si no un producto del sistema global imperante. Un producto que, a su vez, contribuye al desarrollo de los países empobrecidos, a sostener la economía de las potencias mundiales, a equilibrar la balanza demográfica y a enriquecer diversas culturas por medio del mestizaje. Es cierto que también puede provocar tensiones sociales, pero, por esta razón, es aún más necesario que se adopten políticas internacionales de integración social para que el inmigrante pueda disponer de los mismos derechos básicos que disfrutan los que viven a su alrededor. Para que no se sienta marginado, sino partícipe de la sociedad en que vive.
La Asamblea de la ONU tiene ante sí la oportunidad de sentar las bases de una política común que permita optimizar los efectos positivos de las migraciones para el desarrollo y reducir al mínimo sus efectos negativos. El envío de remesas el año pasado ascendió a más de 180.000 millones de euros, mientras que las ayudas oficiales al desarrollo no superaron los 60.000 millones de dólares. Al mismo tiempo, los países desarrollados consiguen mantener su elevado nivel de Bienestar gracias a la inmigración, rejuvenecer su envejecida población y, por consiguiente, garantizar un sistema de pensiones cada vez más difícil de mantener.
Aunque estemos lejos de superar los Objetivos del Milenio, aún tenemos la oportunidad de buscar alternativas. Desde una política coordinada entre los países receptores y emisores, el flujo migratorio se presenta como una posibilidad de hacer del mundo un lugar más justo. Sólo harían falta voluntad, coordinación y compromiso. 

 

Alberto Sierra

Periodista
ccs@solidariosorg.es