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  Inmigración, Xenofobia Institucional y Racismo
Xavier Caño Tamayo
Centro de Colaboraciones Solidarias. España, Mayo del 2002.

Buques patrulleros, helicópteros, aviones con detección electrónica, radares y satélites serán las herramientas del futuro Cuerpo Europeo de Policía de Fronteras para guardar los mares que rodean la Unión Europea y preservarla del asalto de las oleadas inmigratorias de ciudadanos del Magreb, de pueblos subsaharianos, de antiguos países de la URSS, de los Balcanes, de Asia Central.

Es una propuesta de la Comisión Europea (órgano ejecutivo de la Unión Europea) para que los estados miembros controlen las fronteras y no solo España e Italia, que poseen más costas y mayor inmigración irregular; sin embargo, la Unión Europea no ha elaborado una política de inmigración conjunta.

Una de las razones esgrimidas para la creación de una policía fronteriza es la lucha contra mafias que explotan a los inmigrantes, pero parecen ignorar el hecho demostrado de que la legislación que se apoya básicamente en acción policial suele ser caldo de cultivo para el florecimiento de grupos organizados que trafican con seres humanos.

Ante el hecho migratorio, los gobiernos de los ricos estados del Norte se empeñan en ignorar lo que la Historia muestra tozudamente una y otra vez: no se le pueden poner puertas al campo ni se vacía el mar con un pozal. Es imposible frenar el flujo migratorio en un mundo tan desigual. Cuando uno piensa que la renta per cápita de España o Italia, por ejemplo, es varias veces la del Magreb o la de Albania, sabe que frágiles embarcaciones llenas de marroquíes continuarán atravesando el estrecho de Gibraltar y que buques cargados hasta los topes de albaneses, kurdos o kosovares llegarán a las costas italianas. Pero aún hay más y sirva el caso de España para ilustrar la sinrazón y la insensatez de la actuación de países del Norte ante la presión inmigratoria.

En 1967 hubo en España 677.000 nacimientos. Esa cifra ha ido descendiendo año tras año hasta 1998 en el que solo nacieron 365.000 niños y niñas. Aritmética elemental: si no hay inmigrantes para trabajar, la estabilidad económica se resentirá e incluso el sistema de pensiones se puede ir al garete. Quizás por eso los que se dedican a la demografía aseguran que durante bastantes años se van necesitar muchos inmigrantes, no solo para trabajos que los europeos autóctonos ya no quieren hacer por duros o mal pagados sino incluso trabajos cualificados profesionalmente. Necesidad de la inmigración, legislaciones cicateras y represión; esa es la realidad europea actual.

Quizás para explicar tan evidente contradicción haya que recordar, como ha escrito Christian de Brie, que desde el siglo XVI la supremacía occidental, la hegemonía económica y política de los países del Norte, se ha edificado sobre genocidios y crímenes contra pueblos del Sur. ¿O habrá que recordar las acciones coloniales en las Américas, África, Asia y Oceanía por parte de ingleses, españoles, portugueses, italianos, holandeses, belgas, franceses, alemanes y norteamericanos, hasta hace muy pocos años? Esas actuaciones generaron a finales del XIX y durante el XX una de las obscenidades ideológicas más repugnantes de la historia: la pretendida superioridad de los países del Norte (entonces se le llamó raza blanca) y su derecho a 'civilizar' a los pueblos del Sur. La conciencia de esa 'superioridad' para civilizar la Tierra aún colea, por eso el fracaso de la Conferencia Mundial de Durban contra el Racismo y la Xenofobia, convocada por la ONU en setiembre de 2001, fue un presagio de la xenofobia institucional que emerge de la mano de gobiernos incapaces de integrar la imparable inmigración. Gobiernos sucesores y herederos de aquéllos, que se beneficiaron de la doctrina de la superioridad, ni siquiera han aceptado negociar en Durban el pago de compensaciones por el saqueo de los países colonizados o por la esclavitud. Y, en la misma línea, tampoco van a abrir las fronteras del desarrollado Norte a los pobres de la Tierra.

Acaso no es coincidencia que unas horas después de las elecciones presidenciales francesas (en las que el fascista y racista Le Pen dio un buen susto llegando a la segunda vuelta) la Comisión Europea haya propuesto una policía fronteriza para el Eldorado de la Unión Europea. Quizás sea más que coincidencia que José María Aznar, presidente del Gobierno español y también de turno de la Unión Europea, haya insinuado que el ascenso de Le Pen es consecuencia de la blandura con la que se ha abordado la cuestión de la inmigración irregular. Pero lo cierto es justamente lo contrario: si los gobiernos democráticos de Europa pretenden ocupar espacio de la ultraderecha racista adoptando cierta xenofobia institucional para impedirle el crecimiento electoral, lo que hacen es abrir el camino al afianzamiento de los fascismos de camisa de seda y corbata en la Unión Europea. Que no se olvide dónde ha ido a parar la socialdemocracia en su afán por desplazarse hacia el centro para ocupar terreno de la derecha. Y quizás sea bueno ahora recordar un par de artículos de la Declaración Universal de Derechos Humanos; el 13, que proclama que toda persona tiene derecho a circular libremente y a elegir su residencia en el territorio de un Estado; y el 25, que afirma que toda persona tiene derecho a un nivel de vida adecuado que le asegure, así como a su familia, la salud y el bienestar.