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  Los corsarios en Internet

Alberto Piris*

En los últimos meses, este complejo sistema que es Internet, se ha visto sometido a varios asaltos de piratas que han dañado seriamente a algunos de sus más importantes navíos. Un adolescente canadiense dejó inutilizable durante varios días el acceso a la principal librería del mercado electrónico mundial (la norteamericana Amazon) y unos jóvenes filipinos difundieron un virus que saturó y puso temporalmente fuera de servicio a numerosos centros servidores de Internet.

Ninguno de esos ataques ocurrió porque quienes los ejecutaran fueran brillantes expertos en las artes de la computación. Cualquier aficionado pudo haberlo hecho. Saturar mediante llamadas una central telefónica no es difícil y existen aparatos que marcan de modo continuo y automático, si uno lo desea, un número dado. Algo parecido a eso es lo que ocurrió. Los protagonistas de esas aventuras consiguieron agitar estrepitosamente a los medios de comunicación y alcanzaron esos minutos de gloria que, según se dice, todos desean. Nada pudo hacerlos más populares aunque su gloria haya sido efímera y pocos días después casi nadie los recuerde.

Si esta moda se extiende, podemos prepararnos porque se repetirán casos similares. Es menos arriesgado lograr la fama con un virus que ametrallando indiscriminadamente a los compañeros de clase. Al menos mientras que una legislación apropiada no haya sido desarrollada y se aplique a la vez en todos los países, cosa que por el momento no parece fácil.

Mi primera computadora era un Amstrad, poco más que un simple procesador de textos. Permitía escribir documentos muy refinadamente, imprimirlos y conservarlos en discos. Facilitaba enormemente el trabajo que antes se hacía mecanográficamente. Pero era inimaginable pensar que podría ser utilizado para enviar mensajes a cualquier parte del mundo o leer los diarios asiáticos. O incluso escuchar una emisora de Texas o ver un vídeo de la BBC.

La computadora, al principio instrumento personal, en un momento dado se abrió al mundo a través de Internet. Entonces se iniciaron los problemas que ahora nos amenazan. Casi nada en las computadoras personales se había concebido pensando en su protección, porque a nadie se le iba a ocurrir estropear su propio instrumento de trabajo.

Pero a finales de los años ochenta empezaron a convertirse en un elemento de conexión a distancia y a partir de ahí sus posibilidades como medio de comunicación desbordaron con mucho a sus primitivas capacidades para escribir, calcular, trabajar con gráficos, con sonidos y otras aplicaciones.

La creciente complejidad de los sistemas operativos y de los programas de aplicaciones hizo que se diera prioridad a la facilidad de empleo sobre el conocimiento de sus interioridades. Escribiendo a máquina, uno podía arreglar una tecla que se enganchaba con la contigua o reparar un carrete de cinta que se atascaba. Trabajando con computadora, ya no es posible intentar solucionar los fallos operativos, salvo los muy elementales ya previstos.

Los mismos antivirus sólo pueden proteger contra virus conocidos; o contra virus desconocidos pero cuya forma de actuar se conoce en líneas generales. Cualquier programa acreditado puede detectar más de 50.000 virus distintos, pero basta con crear uno nuevo y extraño para que inicialmente se pueda desencadenar el caos. Una computadora de cuyo funcionamiento interno el usuario desconoce casi todo, es terreno abonado para los virus. Eso es lo que acaba de ocurrir.

Con todo lo anterior tenemos los datos suficientes para prever que en el futuro inmediato los ataques corsarios contra los navegantes en Internet serán cosa habitual. Pero es evidente que la vulnerabilidad no será la misma en todas partes. La moderna civilización de vanguardia, representada por EE UU en esta cuestión, ha llegado a confiar a Internet grandes parcelas de su vida diaria. Desde la reposición de los productos de la nevera hasta la reserva de billetes de avión, pasando por muchos servicios públicos y privados que antes se gestionaban por otros conductos.

El problema planteado es ahora doble. Por un lado, los fabricantes de sistemas operativos y de programas de computación habrán de cambiar su mentalidad. Las computadoras ya no son instrumentos domésticos aislados del exterior, sino que están unidas a un cable telefónico y, a través de él, al mundo exterior. Su seguridad pasa a tener máxima prioridad. Por otro lado, unas sociedades que se han hecho tan dependientes de los servicios de Internet han de saber que ello les ha creado nuevas vulnerabilidades.
El mapamundi indicativo del nivel de vida puede también ser el que represente el índice de riesgos ante un ataque de los modernos corsarios internáuticos. Si un terrorista internacional desea sembrar el pánico en las capitales del mundo desarrollado ya no necesita amenazar con un arma nuclear alojada en un maletín y abandonada en una estación de metro. Le basta crear un nuevo virus y desorganizar durante unos días todo el sistema de comunicaciones por Internet para dificultar bastante la vida a esta sociedad alegre y confiada.
*General de Artillería en la Reserva y Analista del Centro de Investigación para la Paz

Fuente: Centro de Colaboraciones solidarias